LEY TRANS O LA ANIQUILACIÓN DE LA MUJER

El Proyecto de Ley Trans abanderado por la Ministra Irene Montero y aprobado por el Congreso el pasado 22 de diciembre con 188 votos a favor y 150 en contra presagia un escenario catastrófico a futuro francamente difícil de calibrar para las mujeres biológicamente nacidas mujeres. El tiempo dará o quitará razones, pero el texto de la Ley en cuanto a la autodeterminación de género anticipa un panorama de lo más sombrío.

Establece el artículo 38.1 de la Ley Trans que “Toda persona de nacionalidad española mayor de dieciséis años podrá solicitar por sí misma ante el Registro Civil la rectificación de la mención registral relativa al sexo”. Los siguientes apartados regulan cómo podrían solicitarlo también las personas entre 12 y 16 años. El artículo 39 regula los requisitos para poder hacerlo. Básicamente ninguno. La mera voluntad. Sin necesidad de dar explicaciones. Nací biológicamente hombre pero me siento o quiero ser mujer. Lo solicito en el Registro Civil, lo ratifico tres meses después, et voilà. Deseo concedido. Ya soy mujer a todos los efectos legales y con todo lo que eso significa. Aunque tenga la genética de un hombre. Aunque me cuelgue un pene y dos testículos entre las piernas.

La política se ha convertido de un tiempo a esta parte en algo ya tan sectario y tan radicalizado que las gentes de posicionamiento ideológico a la izquierda tragan con cualquier cosa por demencial que resulte simplemente porque provenga de la izquierda. Y exactamente igual ocurre a la derecha. Nadie parece ya cuestionarse nada. Si lo dice “mi partido”, a muerte con ello. Aunque se trate de una colosal aberración. Ya lo hemos vivido con la Ley del Solo Sí es Sí y las excarcelaciones/rebajas de condenas a violadores y pederastas.

Por supuesto que nadie debe ser discriminado por su orientación sexual, por su sentimiento de identidad, por como decida vestirse, significarse, vivir su vida, su sexualidad, etc. Faltaría más. Todo ser humano debiera ser respetado por los demás siempre y sean cuales sean sus circunstancias. Reitero: siempre y sean cuales sean sus circunstancias. Pero si legislamos que cualquier hombre sea potencialmente una mujer únicamente a expensas de su voluntad, estaremos aniquilando a la mujer. Yo puedo sentirme astronauta pero eso no me convierte en astronauta. Puedo sentirme cirujano cardiovascular, pero eso no me convierte en cirujano cardiovascular. Y si cualquiera, solo con expresar su deseo y su voluntad de serlo, sin ningún requisito, tuviera que ser tenido por astronauta o cirujano cardiovascular, estaríamos aniquilando a los verdaderos astronautas y cirujanos cardiovasculares. 

“Los hombres nos matan. La violencia tiene genero: el masculino. Hay que crear espacios seguros para las mujeres”. Ése lleva siendo el discurso del feminismo institucional desde hace ya casi dos décadas. Ese mismo feminismo institucional que ahora legisla la posibilidad de que “los hombres que matan a las mujeres” puedan escapar de su condición de “hombres” con su sola voluntad, manteniendo su condición de violentos por supuesto, y recibiendo acceso libre a todos esos espacios creados para seguridad de las mujeres.

Carta blanca para que los lobos manifiesten sentirse ovejas, el perro pastor se eche a un lado y se les abran de par en par las puertas del redil. Todo por respeto a su auto determinada identidad de género. Tremendo festín se van a pegar los lobos. Pero no importa cuánto de demencial tenga la norma. La abandera un “Gobierno progresista y feminista”. Y los que se identifican en tales etiquetas la apoyan ciegamente y votan sí y solo sí es sí, aunque aniquile a la mujer.

Mejor ni hablamos de que los niños entre 12 y 16 años puedan decidir alegremente cambiar de sexo, mientras esta misma legislación española no les concede capacidad para consentir válidamente una relación sexual, que de producirse será en cualquier caso un hecho delictivo. A una chica de quince años el ordenamiento español no le otorga suficiente madurez para echar un polvo con quien le apetezca, pero sí para convertirse en hombre. Con dos cojones… O sin ellos.


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