LOS NIÑOS DE COLMENAR

Los informativos son desde hace tiempo infinitas crónicas de sucesos, y se pasa de uno a otro sin más. Tiendo a leer las noticias, y alguna me impresiona y no puedo salir de ella por el horror. Por ejemplo, la de los 8 niños de Colmenar Viejo maltratados durante años por sus padres. La madre, a su vez, víctima de maltrato de su marido. Pienso en esos ocho niños e imagino como harían para sobrevivir al horror.

Y pienso en cómo los vecinos no denunciaron mucho antes, porque se va sabiendo que, lógicamente, escuchaban y veían cosas que no se pueden pasar por alto bajo ningún concepto. Se me cae alguna lágrima al imaginar a esos niños encerrados en esa cárcel del horror. En ese patio donde permanecían horas a pleno sol o a plena lluvia, a pleno frío o a pleno calor. Quizá para ellos el patio era una liberación, porque los golpes se producían dentro.

Soy el pequeño de diez hermanos y me crié rodeado de amor. He criado a dos hijos maravillosos que tienen una madre ejemplar y siempre les transmitimos amor. Me espanta imaginar a esos ocho niños sin recibir una caricia, un gesto de amor, solo indiferencia y palos. Testigos además de que esa madre que también les maltrataba era víctima a su vez del padre.


Unos niños maltratados que recordarán siempre el horror de su infancia

Mal alimentados, mal aseados, mal nutridos, mal criados, dedicados supongo a tratar de aprender a esquivar los golpes y los castigos. Supongo que unos serían más débiles que otros. Y estoy seguro de que en medio del horror alguno ejercería de protector, trataría de transmitir esperanza donde no cabía. Quizá hasta planearon alguna estrategia para escapar del drama, pero no pudieron ejecutarla. E imagino al padre, médico de emergencias en el Gregorio Marañón, y no logo entender cómo se puede compatibilizar sin más el ejercicio de una profesión que consiste en ayudar al prójimo con la práctica de la tortura a tus propios hijos. No me cabe en la cabeza.

Ahora pienso si esos niños son capaces de conciliar el sueño en el centro de acogida al que han sido trasladados. No sé si tendrán algún familiar que pueda hacerse cargo de ellos, ojalá, porque la idea de ser hijos del Estado nunca es buena y conocemos casos de centros en los que el trato tampoco es ejemplar. 

Pero en lo que más pienso es en que dentro de unos años esos niños seguirán existiendo, crecerán, serán adultos, y entonces nadie de los que hoy se horroriza de lo que les ha sucedido les recordará siquiera. Quizá alguno encuentre una familia de acogida o alguno sea adoptado. Lo único que deseo con todo mi corazón es que todos ellos sean capaces de vivir rodeados de un amor que no han tenido, sean capaces de amar tras el horror en que han crecido, puedan articular una sonrisa sincera, puedan encontrar la felicidad que sus padres no les han dado, porque el daño que han recibido nos es fácil de curar.

Los niños son, o debieran ser, sagrados. No cabe más maldad que hacer daño a un niño, y no digamos si es o son tus hijos. Coincido con quien dijo que “el mundo no está en peligro por las malas personas, sino por aquellas que permiten la maldad”. Y sí, es terrible que los buenos no hagan nada cuando saben o intuyen que a su lado alguien hace el mal, cuando saben o intuyen que al otro lado de la verja un abismo se abre bajo los pies de ocho inocentes.


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