No suelo escribir sobre asuntos personales, pero la idiocia de nuestros gobernantes me ha llevado a ello. No solía celebrar el día del padre, pero las sandeces de las “Morritos team”, como llaman las suyas a Irene Montero e Ione Belarra, y el famoso audio de una de sus  correligionarias, maestra que invitaba a no celebrar el día del padre, sino el “día de una persona especial, por ejemplo el primo Jaime” me hicieron ayer celebrar el día del padre, como padre que soy. Y quiero homenajear a mi padre, Jaime Miralles.

Soy el décimo hijo de Jaime Miralles y Julia Sangro. Un padre y una madre ejemplares que formaron una familia numerosa. No una familia de apoyo a la crianza como quieren las morritos que las denominemos ahora. Jaime y Julia nos transmitieron una educación firme en valores. Con una cuaterna innegociable: vida, amor, verdad y libertad. Jaime hizo la guerra con tan solo 16 años. Vio morir en el frente a sus tres hermanos. Julia, también una de las pequeñas de una familia numerosa, padeció las penalidades de la guerra siendo una niña. Ambos, mi padre y mi madre, nos educaron en el amor. Y ambos no cesaron nunca de pregonar la necesidad de reconciliación en unas generaciones condicionadas por el enfrentamiento civil en España.

Mi padre padeció persecución de la dictadura. Estuvo un año deportado en Fuerteventura y fue encarcelado ya en 1972. Impresiona mucho tener que ir a ver a tu padre a prisión con 14 años sabiendo que le han encarcelado por discrepar de un régimen dictatorial y defender la legalidad. Ambos sacaron adelante a sus diez hijos con esfuerzo, dignidad y honradez. Y pelearon porque España fuera un país democrático. Julia muchas veces sola, valiente, corajuda, enorme. Y nos enseñaron a los diez hermanos a no ceder ante las adversidades. A no tragar con ruedas de molino, a ser decentes y honrados. A pelear cada día, a defender nuestros principios costara lo que costara. También a buscar la verdad cayera quien cayera, aunque cayéramos nosotros mismos. Y a levantarnos más fuertes tras cada caída.

Siento un enorme orgullo de mi padre, y qué decir de mi madre. He tratado de transmitir a mis hijos esos mismos principios. Y he tenido la suerte de que mis hijos tuvieran una madre ejemplar también, de la que han aprendido mucho más que de mí, seguro. Las madres dan la vida. Las madres y los padres son el pilar de la sociedad. 

Ayer celebré con mi hijo el día del padre, y sentí orgullo. Mi hija estaba fuera pero estaba también presente, como su madre. Sentí orgullo porque viendo y escuchando a mi hijo percibí que ya han recibido mis hijos la única herencia trascendente que van a recibir. Sí, una educación basada en el amor a la vida, sagrada, la libertad, el amor, el respeto a los demás y la búsqueda de las verdades. Y no ser obedientes porque sí, y rebelarse ante las injusticias. No aceptar nunca ser un número y no desfilar al paso, mejor salirse de la fila y ser uno mismo, cueste lo que cueste.

Celebren el día del padre, y el día de la madre. Olviden esas sandeces de “el día de las personas especiales, por ejemplo del primo Jaime”, y celebren el día del padre y de la madre cada día de la vida, celebrando la vida, dando gracias, amando  y perdonando. Y si son familia numerosa más todavía. Respeten a los padres como lo que son, hacedores de vida, de amor, de principios innegociables. Doy las gracias públicamente a mi padre, un hombre bueno, recto, honrado, firme en la defensa de sus convicciones, que nunca aceptó un atajo o una prebenda.

Y a mi madre, una madre coraje de verdad, buena, recta, honrada, firme en la defensa de sus convicciones. Los dos simpáticos, divertidos. Nos dieron todo lo importante, por eso no nos dejaron dinero. Porque no lo tenían. Bastante sufrieron para poder alimentarnos y vestirnos. Lo que nunca faltó en casa fueron principios, honradez y amor. Ya siempre celebraré el día del padre y el día de la madre. No con regalos sino con homenajes a mis padres y a mis hijos y a la madre de mis hijos. Cada día.


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