SEGURIDAD A COSTA DE NUESTRA LIBERTAD

¿Estamos dispuestos a renunciar a la libertad por estar más seguros? No responda ni sí ni no, ni todo lo contrario. Solo piénselo durante un pequeño instante. Creerá que la palabra libertad resuena y saldrá ganadora entre esta elección dialéctica. Sin embargo en nuestro día a día vivimos constantemente debatiéndonos entre ambos conceptos, entre estas dos maneras de vivir, porque lo que se nos impone en aras de la seguridad poco o nada tiene que ver con lo que todo ser humano busca y quiere alcanzar: vivir en libertad. 

Pero ya no solo por ser propiamente un ansia humana, una necesidad, sino porque se encuentra regulado de hecho en la Ley, en el artículo 6 de la Carta Fundamental de la Unión Europea que trata el derecho a la libertad y a la seguridad. En él se dice: “toda persona tiene derecho a la Libertad y a la Seguridad. Nadie puede ser privado de su libertad, salvo en los casos siguientes y con arreglo al procedimiento establecido por la Ley”. Es decir, salvo en los casos en los que esa privación tenga que ver con la pena en virtud de alguna sentencia judicial, por haber sido detenido previamente, por internamiento de un menor o por detención preventiva. 

Sin embargo hagamos un pequeño parón en el epígrafe del citado artículo porque en él se contempla que esa privación de libertad puede producirse: “si se trata del internamiento conforme a derecho, de una persona susceptible de propagar una enfermedad contagiosa, de un enajenado, de un alcohólico, de un toxicómano o de un vagabundo”.  

¿Hemos perdido nuestra libertad?

¿Se cumple aquello por lo que se aboga en esta Carta Fundamental de la UE? ¿Se está cumpliendo desde hace un año? La pandemia ha trastocado todo. Hasta nuestra manera de entender las leyes, de adaptarnos y tratar de comprender por qué quienes mandan y gobiernan, nos reducen cotas de libertad en aras a darnos seguridad. 

Tenemos libertad de elegir si quedarnos en casa o salir a dar un paseo cuando nos plazca. Tenemos libertad, siempre que no coincida con nuestro horario laboral. Somos libres para hacer turismo por la Sierra de Ayllón (situada entre las provincias de Guadalajara, Segovia y Madrid) porque queremos conocer lugares nuevos en los que respirar aire puro y ver nuevos paisajes. Somos libres, siempre que no esté cerrada perimetralmente la comunidad de Castilla y León y confinada la zona para prevenir de nuevos contagios por coronavirus. Somos libres de vestir como queremos, leer lo que nos apetece, comer lo que nos gusta, pero esa libertad muchas veces está reñida con la seguridad, porque otros deciden por nosotros qué es lo que se debe hacer y lo que no. 

Decía hace unos meses el filósofo Fernando Savater que “renunciar a la libertad por una supuesta seguridad es la tentación más alarmante”. Pero esas líneas de alarma ya las hemos traspasado hace tiempo. Y damos por bueno lo que quizá hace unos años habría supuesto otro tipo de comportamiento por nuestra parte; o de cuestionamiento, porque algo que no podrán quitarnos nunca es la libertad de pensar ni la capacidad de mover conceptos en nuestra cabeza, aunque no se compartan. 

Intereses colectivos enfrentados a los individuales

Decidir en comunidad es difícil. Esto no lo duda nadie. Y mirar hacia arriba y opinar sobre cómo haríamos nosotros las cosas, es más sencillo aún. Basta con lanzar una versión de cómo vemos desde abajo los hechos y ya está todo solucionado. Pero también es cierto que cuando se habla de libertad frente a seguridad resuena de fondo que quizá, sobre lo que se está debatiendo, es si los intereses de unos pocos están afectando de lleno sobre la libertad colectiva. 

Evidentemente los intereses de esos pocos nos afectan, porque el resto del mundo somos esa colectividad sobre la que recaen todas las decisiones. Somos quienes debemos acatar si no queremos caer en la desobediencia. Los intereses colectivos se enfrentan a los individuales. Y con todo se acaba poniendo límite, casi sin darnos cuenta, a los derechos fundamentales. Aquellos que sientan las bases para que se respete la libertad, se prometa la seguridad y ni la una ni la otra se coarten entre sí. 

Pensemos. Recapacitemos y sobre todo, cuestionémonos todo. La libertad de pensar es nuestra. Cada uno por nuestro lado, todos juntos o a la vez. Y mientras con esa libertad nuestra no infrinjamos ningún derecho individual del otro, nadie nos la podrá frenar. Pero hagámoslo porque como decía Arthur Schpenhauer: “Lo que más odia el rebaño es aquel que piensa de modo distinto; no es tanto la opinión en sí, sino la osadía de querer pensar por sí mismo, algo que ellos no saben hacer“.


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