SE AGRAVA LA SALUD MENTAL DE LOS MENORES

Hablamos mucho de menores, de abusos, de prostitución infantil, de la desprotección a la infancia. Pero poco hablamos de sus emociones y de su salud mental. Ya hemos visto que la pandemia ha hecho mella en la salud mental de los adultos y en el crecimiento de las enfermedades mentales en los últimos tiempos. Pero se comienza a oír que los efectos de los confinamientos o del cambio estricto de hábitos que ha traído el coronavirus, se agrava en la salud mental de los más pequeños. La voz de alarma la empiezan a poner sobre la mesa tanto los profesionales de la psicología o la psiquiatría, como los pediatras. 

Aumentan los suicidios y las autolesiones entre los más pequeños de nuestra sociedad. ¿A qué es debido? Parece que la salud mental de los menores se deteriora. Los niños no consiguen gestionar sus emociones, lo que sienten… y entran en un agujero oscuro del que es difícil salir. Puede que el aislamiento social, la incertidumbre sobre el futuro, el duelo por los familiares perdidos, el miedo a contraer la enfermedad o las consecuencias socioeconómicas que la pandemia ha tenido en las familias, influya en los sentimientos y en la mente de los adolescentes.

También los problemas en el colegio, compañeros de clase, las redes sociales… pueden desestabilizar las emociones de los pequeños. Los trastornos mentales afectan hoy al 4% de niños y adolescentes de entre 4 y 14 años, mientras que en 2017 afectaban solo al 1,1%. Estos trastornos incluyen además de la depresión o la ansiedad, reacciones excesivas de irritabilidad o frustración. Los trastornos del comportamiento también han aumentado en la misma franja de edad del 2,5% al 6,9%. Estos últimos presentan síntomas como el déficit de atención o la hiperactividad.

Según recoge EFE Salud, los menores empiezan a presentar patologías que en situaciones normales no solemos asociar a los pequeños. En un comunicado los pediatras han avisado del «aumento de algunas secuelas psicológicas como el incremento de la idea suicida (+244,1 %), ansiedad (+280,6 %) y baja autoestima (+212,3 %) durante el confinamiento”. Otras asociaciones cuyo objetivo es la atención a los menores, reiteran estas afirmaciones. Indican que han aumentado las llamadas de niños y adolescentes a los teléfonos que se les suele proporcionar para pedir ayuda. Un gran paso que muchos adultos a veces se niegan a dar, llenos de prejuicios o dudas sobre lo que les ocurre en torno a sus emociones. 

Los expertos insisten en la necesidad de impulsar un Plan Nacional que recoja entre sus objetivos la protección de la infancia en este sentido. Un plan que prevenga el suicidio en los más pequeños. Y sobre todo, que incluya a todos los profesionales que trabajan cada día en la atención a los menores. Nos referimos a los pediatras, educadores, servicios sociosanitarios, etc. Que además les proporcione las herramientas necesarias para la prevención del suicidio en menores para que sepan detectar las señales de alarma y que, sin necesidad de tener conocimientos avanzados en psiquiatría, sepan cómo atajar la situación de la mejor manera posible. 


El futuro de los menores está en nuestras manos

Estas informaciones tan alarmantes muestran cómo cada día aumentan los suicidios y las conductas autolesivas en los menores. Nos hacen temer en un futuro nada halagüeño en torno a la salud mental y emocional de los adultos del mañana. Porque los de hoy está claro que ni han recibido ni conocen lo suficiente, cómo manejar sus emociones. ¿La razón? Tomaremos prestada la frase de las abuelas que afirmaba rotundamente en todo momento que “los tiempos cambian”. En este caso afortunadamente están cambiando para bien. Pues es extraño encontrar programas curriculares y educativos que incluyeran hace unos años o unas décadas contenidos relacionados con la salud emocional y mucho menos con el reconocimiento de las emociones. Hoy los hay. Y desde las etapas de infantil se trabaja con los niños la importancia de saber reconocer qué sentimos o qué nos pasa cuando sentimos.

¿Sabemos lo que les ocurre a los niños? Ellos tienen confusión, dudas. Muchas dudas y miedo. La gestión de las emociones es difícil en los adultos, así que nos podemos imaginar esa incertidumbre en la mente de los adolescentes. Muchas veces son incapaces de saber qué les ocurre, por qué sienten esas emociones y sobre todo cómo poder rebajar la intensidad de esas emociones. Desconocimiento, impotencia y sensación de vació en su interior.

Así según la petición que ahora lanzan los pediatras para ese futuro Plan Nacional para la prevención del suicidio, se hace hincapié en que desde los centros escolares se implanten planes de formación para profesores, orientadores y equipos directivos, con el objetivo de que reconozcan cuándo hay riesgo de que un menor presente orientaciones suicidas o de autolesión. Se pide que puedan detectar factores de riesgo y establezcan medidas de atención y seguimiento de este tipo de conductas.

A la vez que se les impulsa para que conozcan las principales estrategias para que una conducta empeore o se dé un posible efecto de imitación en los menores que comparten aula o patio. La salud mental no debe ser un lujo solo al alcance de quienes tienen tiempo o dinero, no es algo opcional. Una buena salud mental es clave para que todos los menores tengan la oportunidad de desplegar todas sus potencialidades como personas.

Sobre todo se enfatiza en la necesidad de comunicación porque ésta abre las puertas a la expresión y facilita mucho las cosas cuando un menor tiene un problema, no solo en el aula sino también en casa. Por eso en ese Plan Nacional también se insta a que desde las familias se mejoren la formas de comunicarse con los niños y adolescentes. Porque siempre es preferible atajar un problema o compartir una preocupación que lanzar al pequeño a que la solución la busque en Internet o en las redes sociales. Y mucho menos en su círculo de amistades más cercanas. Puede que el problema se agrave o que no encuentre la solución deseada y comience entonces para él un largo periplo que tristemente puede llevarle a un callejón sin salida del que no va a saber o poder escapar. 


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