PERSONAS CON PROPÓSITOS Y BUENOS DESEOS

Terminar un año y arrancar otro nuevo es como plantarse en el 1 de septiembre y creer que empieza un nuevo curso para todo. Porque generalmente no es que seamos solo animales de costumbres, es que además, solemos ser personas de propósitos. Nos ponemos por delante montones de objetivos a corto, medio o largo plazo que en ocasiones ni siquiera tenemos intención de cumplir. Pero nos sentimos bien haciéndolo porque creemos que ya el firme convencimiento de que quizá cumplamos alguno, ya nos exime de tener que poner todo de nuestra parte para realmente ponernos manos a la obra con todo ello.

Las navidades suelen ser época de reconciliación con nosotros mismos y con los que nos rodean. Queremos ser mejores personas y tratamos de empatizar más con los que creemos que sufren más que nosotros. Porque la Navidad es época de reencuentros o época de renovación. Igual que el final de año, que incluso llega a marcar un antes y un después en nuestra forma de ver la vida. 

¿Aprender inglés? Querer aprender un nuevo idioma o perfeccionarlo no nos convierte en bilingües solo por el mero hecho de plantearlo. Tampoco nos tonifica querer apuntarnos al gimnasio o, ahora que hay COVID, hacer ejercicio cómo y donde se pueda. ¿Comer mejor? Planteárnoslo ya es un buen primer paso, pero hacerlo y ejecutarlo de manera continuada probablemente nos haga sentir más saludables y sin duda mejorará nuestra salud. 

Pero ¿qué ocurre con nuestro carácter? Seguramente nos haría más sencillas las relaciones con los demás, empatizar con todo el mundo o por lo menos no creernos el centro del universo. Ni cuando formamos parte de un grupo, ni tan siquiera cuando estamos solos. Ser amables, dejarnos querer y ayudar. O partiendo del bonito sentido que da la palabra «viceversa», querer y ayudar a los demás. Darnos al otro y entregarle una parte de nuestras energías y nuestro tiempo, también hará florecer la mejor persona que llevamos en nuestro interior


Propósitos internos que nos harán crecer

¿Más propósitos? ¿Qué tal aparcar el temor a hablar en público? ¿O el de perder la vergüenza para intervenir en una conversación de más de dos personas? Romper esas barreras sin sentido que nos solemos poner nosotros mismos, también nos permitirá ser un poco más grandes de lo que sin duda ya somos porque conformamos una parte más del puzzle que es el universo. Solo tenemos que tomar conciencia de que nuestros actos, nuestras palabras, nuestros pensamientos y la buena o mala «onda» que irradiamos, afecta al desarrollo de todo lo demás. Individualmente somos particulares efectos mariposa para el resto. 

Leer, escuchar música, tocar un instrumento, reír, sonreír más a menudo (aunque tenga que seguir siendo con la mirada), dar las gracias y sentirnos agradecidos son también puntos a nuestro favor si lo que queremos es crearnos una lista de propósitos de calidad. O no hacer nada en cualquier momento. Dedicarnos un tiempo a nosotros mismos cada día. Querernos para querer a los demás. Respirar hondo y saber que todo el oxígeno que nos entra es un chute de energía para continuar caminando. No solo haremos funcionar nuestros pulmones y demás órganos implicados en el proceso, sino que además, nos ayudará a relativizar si hay algo que nos preocupa especialmente. Como la técnica de contar hasta 10 pero teniendo presente que si lo hacemos respirando será mejor. 

En definitiva: querer ser mejores personas debería estar en la lista de propósitos de cualquier año. Más allá de querer estar más delgados por estética, de adquirir más o menos habilidades con los idiomas o remodelar la casa en la que vivimos. Porque vivir a veces lo infravaloramos. Hasta el punto de que nos dejamos llevar por estereotipos, modas y superficialidades, que nos obligan a olvidarnos de que estamos aquí para algo y ese algo no es otra cosa que disfrutar, aprender, crecer y llenar nuestra maleta vital de bonitas experiencias que un día serán recuerdos. Y tú ¿quieres intentarlo?


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