Es cierto que a menudo me pongo bastante cansino con los significados de las palabras y el mal uso que hacemos de ellas. Pero a pesar de que la RAE no me incentiva de ninguna manera y siento que le grito a las piedras, me veo en la obligación moral de relatar las situaciones según las vivo.
En otro articulo creo que ya cité una maravillosa frase de Rosa María Calaf en la que decía que la gente piensa que está informada cuando realmente está entretenida. Y así, la mayoría de quienes ven esos programas en los que unos personajes se gritan de un lado a otro de la mesa, creen que asisten a un debate. Y están convencidos de que los contertulios son profesionales con criterio, aportando sesudos puntos de vista tan válidos como los del más insigne erudito.
Es fácil pensar que son auténticos debates, viendo la vehemencia con la que expresan sus opiniones que resuenan como dogmas y esos gestos prepotentes al fulminar con la mirada a quienes se oponen a sus arengas.
Pero esas pantomimas vacías están muy lejos de ser debates y se quedan en una serie desacompasada de alaridos estridentes. Parece que los decibelios le ganaron la partida a la retórica y cuando los berridos no consiguen acallar las voces disidentes, interrumpen, ofenden. Y atacan a la paciencia de los ingenuos que pensaron que habían acudido a enfrentar opiniones.
Dialogar para comprender
Ahora que las nuevas generaciones recurren a YouTube para informarse, no estaría nada mal que entre reel y reel, dedicasen unos minutos a viajar en el tiempo y buscar alguno de los debates de un programa de televisión de finales del siglo XX que se llamaba “La clave”. Tras la emisión de una película que argumentaba el tema a debatir, se pasaba a un plató donde el enigmático José Luis Balbín, cigarrillo en mano, que más tarde cambiaría por su famosa pipa, mediaba entre auténticos expertos de distintas materias, extrayendo el saber de cada uno y enmarcando el resultado siempre desde la mediación y el respeto.
La diferencia entre un auténtico diálogo y un intercambio de intenciones verbales radica en algo tan sencillo como “dialogar para comprender, no para convencer”. Una actitud que solo podemos disfrutar en los debates y que en contraposición, brilla por su ausencia en las mal llamadas “tertulias” que rellenan tantos minutos cargados de bilis en cualquier cadena de televisión.
En un auténtico debate, se supone que todos los dialogantes son expertos en la materia. Por lo tanto no deberían presentarse con la intención de enseñar al oponente. Sino más bien con la tolerancia suficiente como para entender distintos puntos de vista. Más aún cuando son todos conocedores del dilema que se trata, pero cada uno apoya una propuesta antagónica.
Este sencillo hecho de ponerse en una predisposición de aprendizaje, ya de por sí resulta más atractivo que el de la conquista del territorio ajeno. La postura de imponer lo propio sin considerar las bondades ajenas es una actitud de miras muy cortas. Cuando lo más coherente debiera ser la búsqueda del aprendizaje mutuo con el objetivo del enriquecimiento entre ambas partes.
Cuando los contendientes de ambos lados mantienen una postura impositiva generalmente ambos pierden. El que se siente perdedor se frustra por no haber impuesto su criterio y se niega los nuevos datos porque le suponen un fracaso ante su erudición. Pero el que se ve ganador tampoco se beneficia en realidad. Ya que al imponer su punto de vista el único crecimiento intelectual será el de su ego y tan sólo podrá verse avanzando hacia el peligroso camino de la arrogancia.
En cambio, un debate real sólo se puede concebir desde la actitud de compartir conocimientos y el ansia de querer ser receptor de la ilustración que no tenemos. Desde ese punto de vista, cuando nuestro oponente demuestra tener razón recibimos la mayor de las ofrenda. Ya que nos acaba de abrir una puerta que hasta el momento desconocíamos.
Tener razón está tremendamente sobrevalorado
Si al cabo de una discusión el criterio propio se mantiene, en realidad no habré tenido ningún aprendizaje. E incluso pudiera correr el riesgo de caer en la soberbia pensando que mis ideas son infalibles.
En cambio si tras esa misma discusión resultase que mi oponente me muestra una respuesta distinta a la que por mi parte defendía. Me estará regalando un nuevo camino avanzando en el saber, donde podré encontrar nuevas experiencias.
Los debates son la fuente del pensamiento crítico y el lugar en donde se forjan las ideas fundamentales del ser humano. Son la prueba concluyente de que sólo en comunidad podemos superarnos ante cualquier adversidad. Y el baremo que tasa los criterios de liderazgo en un grupo social.
Por eso, me encanta entregarme a debates pasionales en los que cada uno aporta lo mejor de su criterio manteniendo el ritmo. Espaciando las explicaciones. Dando aire para que cada reflexión tenga su tiempo y apartando las prisas en favor de los argumentos. Disfruto cuando mi adversario se preocupa por buscar el término oportuno que exprese exactamente la idea que quiere transmitir. O cuando descubre que una metáfora se ajusta como un guante y más cómodamente que esa palabra supuestamente correcta. Y nada mejor que las hipérboles grandiosas que se alejan de la realidad para acercarse a las emociones.
Que bonito es no tener razón y descubrir que el mundo está lleno de cosas que no entendemos. La aventura del conocimiento siempre mantiene puertas por abrir.
