Hace unas semanas Anthropic, la empresa propietaria del famoso asistente de IA “Claude”, y que se identifica como “una corporación de utilidad pública dedicada a asegurar los beneficios y mitigar los riesgos de la IA”, había avisado a la sociedad de su intención de ocultar temporalmente su último modelo de inteligencia artificial llamado “Mythos”, por considerarlo demasiado peligroso.
Y por supuesto, como es imposible que un CEO de una gran compañía de tecnología pueda mentir ni tampoco exagerar sus logros para provocar revuelo y movimiento en la bolsa, los medios de comunicación se llevaron las manos a la cabeza temerosos del advenimiento de la temida Skynet dispuesta a aniquilar a la raza humana en pos de un bien supremo. Ya estoy viendo a Schwarzenegger buscando implacable a Sarah Connor.
¿De verdad estamos tan apesebrados que no concebimos la idea de que una noticia pueda ser falsa o haya sido exagerada de forma intencional?
Mediocridad de las élites millonarias
No entiendo en qué nos basamos para creer que las grandes corporaciones que manejan miles de millones sólo pueden emitir comunicados veraces y contrastados. Supongo que es la misma simpleza que nos lleva a creer a nuestros políticos sin cuestionar la autenticidad de sus datos. A pesar de que todos llegaron a sus puestos lanzando miles de promesas que jamás cumplieron. Y ahí están, disfrazados de servidores públicos que trabajan enconadamente por una sociedad más justa, dejándose la vida defendiendo los derechos de los ciudadanos.
Sólo hace falta ver los resultados de sus hechos para comprender que son pura mediocridad. Y que lo único brillante en sus personas son las joyas que exhiben de forma impúdica. Una panda de mediocres y mentirosos.
Los inventos de cierta prensa
Para evitar un ataque de ira, prefiero poner algún ejemplo externo: ¿De verdad alguien en su sano juicio se creyó aquella historia de Bin Laden…? Resulta que lo atrapan y después de matarlo lo echan al mar para evitar que se convirtiese en un mártir. Por favor…, donde quiera que se encuentre estará tratando de contener las carcajadas ante semejante novela barata.
Nuestra prensa diaria está llena de ejemplos que se acomodan en la cándida población, conviviendo junto a las más descaradas muestras de impudicia de nuestros gobernantes. Este descaro a menudo me hacen pensar que sólo nos quedan dos posibles derivas a nuestro modelo de vida occidental. La primera es la locura reflejada en aquella apocalíptica y poco conocida película llamada “Idiocracy”. Donde se nos mostraba un futuro en el que habíamos cedido todo nuestro intelecto, delegando la capacidad de raciocinio y subsistiendo entregados a la inercia de lo marcado por unos jerarcas estúpidos y convenientes.
La segunda opción nos obligaría a entender que el mundo ha cambiado en su escala de valores. Y sólo con un detallado esfuerzo por recuperar la relevancia de una educación de calidad, podríamos entender lo que está pasando y tomando así medidas para revertirlo.
La mediocridad de la élite gobernante
El problema es que la segunda opción se hace bastante complicada sin un cambio drástico en los modelos de gobierno. Tenemos complejas estructuras gubernamentales ocupadas en su inmensa mayoría por lo peor de nuestra sociedad. Inútiles que se defienden de la mejor manera que pueden para perpetuarse en el poder e intentar llevarse todo lo que abarquen hasta que sean descubiertos. Y se reemplacen por el siguiente en la lista.
Y ahí reside el problema. Esta panda de ineptos jamás votará a favor de leyes que les hagan perder sus mullidas poltronas, cediéndolas a individuos más preparados. Que al poco de llegar entenderían que el inicio del cambio debe pasar por eliminar todos los gastos superfluos que genera esta bazofia de personajes.
Así pues, todo hace pensar que la dinámica no cambiará y seguiremos siendo una masa manejable, abocada a sufrir un modelo apocalíptico. Apostar por la vía resiliente y regeneradora implicaría fomentar el pensamiento crítico. Y por consiguiente, prescindir o eliminar de la ecuación a buena parte de la burocracia que tanto mal nos hace.
Cubrir un puesto de trabajo en cualquier profesión debería centrarse en la búsqueda de la excelencia, seleccionando el perfil que mejor capacitación y experiencia pueda aportar en su cometido. En cambio, para ser un cargo político sólo hace falta que la gente te vote. Y por motivos que desconozco, contar preferiblemente con un perfil mediocre. Si los que nos gobiernan, no son los mejores de todos nosotros, ¿qué podemos esperar?
Estamos perdiendo el sentido de la excelencia y cuando los procesos vulgares y descuidados se convierten en la norma, el futuro está condenado a su ruina. Sin excelencia Apple nunca hubiera llegado a reformular las comunicaciones; si Rolls Royce no hubiera concebido motores tan eficientes, nunca se hubieran convertido en los más prestigiosos para la aviación; si Patek Philippe no tratase la producción de sus relojes como elementos singulares de ingeniería al máximo nivel, nunca hubieran mantenido su imagen que los presenta como un referente en la relojería de calidad.
Pero en nuestra sociedad de consumo rápido y desatendido, a la mayoría de usuarios les es suficiente con el “más o menos bien”, o el “a mí me vale”. Términos que denotan una “tirada de toalla”, una renuncia a valorar la calidad y asumir la mediocridad como un resultado válido.
La excelencia no es un atributo en el precio. Es una decisión sobre qué tipo de producto se quiere mostrar, qué mensaje se quiere transmitir y que empresa se decide construir. La excelencia no debería cuestionarse cuando estamos tratando asuntos de importancia. En las gestiones públicas como la salud, la educación, o la seguridad ciudadana no podemos consentir otro nivel de entrega que la excelencia, porque si en los pilares de nuestra sociedad cedemos ante la mediocridad, el resultado será nefasto e irreversible.
