SE TIENE QUE MORIR MUCHA GENTE

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Hay series que entretienen, otras que acompañan y luego están las que te dejan pensando durante días porque no consigues poner en palabras todo lo que te ha hecho sentir. Eso me ha pasado con Se tiene que morir mucha gente, la nueva serie de Victoria Martín estrenada el jueves pasado en Movistar. Me la puse sin demasiadas expectativas y terminé atrapada con una historia que mezcla humor, duelo, amistad, ansiedad y agotamiento generacional con una naturalidad desmedida. 

Lo primero que pensé al terminar los seis capítulos, porque lo confieso, los vi del tirón, fue que por fin existe una serie que entiende cómo nos sentimos muchos adultos y jóvenes y que, muchas veces, no sabemos verbalizar. Porque detrás de esas conversaciones absurdas y de unos personajes emocionalmente rotos, existe una constante sensación de cansancio vital. Ese cansancio silencioso de una sociedad que utiliza la ironía para afrontar emociones que no sabe gestionar. 

El humor como mecanismo de supervivencia 

Una de las cosas que más me ha gustado de la serie es cómo utiliza el humor. Es un humor negro, incómodo, a veces cruel. Pero es eso lo que la hace única. Porque se parece mucho al humor real que utilizamos cuando no sabemos gestionar lo que sentimos. 

La serie entiende esa necesidad de convertir cualquier tragedia en una broma antes de que nos afecte demasiado. Antes de que nos destroce nuestra estabilidad emocional. Y es ahí donde conecta con quienes han crecido entre memes, precariedad emocional y esa sensación constante de incertidumbre. Y es que reírse, en muchas ocasiones, se convierte en una estrategia de supervivencia. 

Victoria Martín ha sabido escribir de manera sublime diálogos que parecen escuchados en cualquier grupo de amigos. Existe algo cotidiano en cómo los personajes hablan de la muerte, del miedo, de la precariedad laboral, las frustraciones del día a día o la diferencia de edad en las relaciones. 

La ansiedad de los treinta

Aunque a mí los treinta me quedan ya un poco lejos, en muchas situaciones que se describen en la serie me he sentido muy identificada. La serie toca muchos temas, pero hay uno que atraviesa toda la serie, y es el de la ansiedad de hacerse adulto y sentir que nadie sabe realmente lo que está haciendo. 

Tener éxito, encontrar estabilidad, cuidar la salud mental, mantener amistades, trabajar en algo que no destruya emocionalmente y aparentar, dentro de lo que se pueda, normalidad. A mí esto a veces me parece imposible, sobre todo en el mundo frenético que vivimos. Y claro, el resultado es una generación mentalmente agotada. 

Y lo que más me ha gustado es que la serie no intenta resolver esa ansiedad con mensajes motivacionales. Con la serie no se aprenden grandes lecciones de vida. Los personajes sobreviven como pueden. Yo creo que como todas las personas. 

El miedo a construir vínculos duraderos 

Otro tema muy presente en la serie es la dificultad actual para construir relaciones estables. No solo románticas, sino también de amistad, compromisos laborales o incluso proyectos de vida. Las protagonistas viven con la sensación de que nada es del todo estable y de que cualquier cosa puede cambiar o terminar sin previo aviso. Tal cual como ocurre en la vida. 

Y es que yo creo que nos cuesta comprometernos porque hemos crecido viendo cómo casi todo se vuelve inestable. Trabajos precarios, relaciones rápidas, ciudades que nos obligan a empezar de cero. Las protagonistas quieren conectar con los demás, pero al mismo tiempo tienen miedo de depender emocionalmente de alguien. Y muchas veces no lo consiguen.

Hablar de muerte sin grandes elocuencias

El propio título, Se tiene que morir mucha gente, ya marca el tono de la serie. La muerte está presente, pero no desde el drama solemne tradicional. Y, aunque no es una serie sobre la muerte, la utiliza de fondo y como excusa para hablar de otras cosas: miedo, ansiedad, cambios vitales y cierres de etapa. 

Además, no solo se queda en la idea de la muerte literal. También está la idea de muertes simbólicas, como relaciones que se terminan, expectativas que se rompen o versiones de uno mismo que van desapareciendo con el tiempo.

Una serie que no intenta gustarle a todo el mundo

También agradezco muchísimo que la serie no parezca obsesionada con ser complaciente con el público. Tiene personalidad. Tiene momentos incómodos. Tiene personajes difíciles. Y esto, en una época donde muchas producciones parecen estar diseñadas para el algoritmo, se siente revitalizante. 

La mirada de Victoria Martín es muy reconocible. Hay cinismo, sí, pero también mucha sensibilidad debajo de esa ironía. La serie no se ríe de los personajes desde la superioridad. Se ríe con ellos, y muchas veces desde el desastre emocional compartido. 

Por eso creo que esta serie conecta tanto. Porque enseña personas agotadas intentando entenderse a sí mismas mientras todo alrededor parece avanzar demasiado rápido. 

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