ESO NUNCA VA A PASAR

Quienes vivimos en un país occidental, de los que con arrogancia consideramos “primer mundo”, mantenemos determinadas verdades inamovibles. El mundo cambia, la economía pasa por momentos complicados pero, por mal que vengan los vientos, sabemos con certeza que algunas cosas nunca van a pasar.

Por ejemplo, no concebimos que un día el Gobierno de turno decida que los ciudadanos en edad de retiro laboral, tras haber cotizado toda su vida, no vayan a cobrar pensión de jubilación. Desde la lógica que nos lanza nuestro cerebro programado para ahorrar energía y proclive a creer una mentira cómoda y sencilla antes que enfrentar una realidad molesta y compleja, es algo inconcebible.

Sabemos que la situación macroeconómica nos lleva a determinadas restricciones y ajustes por el bien de la sociedad. Pero hay pilares inalterables, columnas básicas de nuestro estado de bienestar que jamás serán derrumbadas. Las cosas están mal pero de nuevo pensamos “eso nunca va a pasar”. Aunque lamento decirte que no será así. Que de nuevo pasará lo que no esperas.

Una sociedad adormecida

Nos venderán la película de una reforma por fuerza mayor. Y que con ese nuevo ajuste seremos unos privilegiados por no tener que depender de un obsoleto sistema de pensiones. Seremos los pioneros de un nuevo modelo más productivo, ecorresiliente, paritario e infinitamente más fiable. Una retahíla de monsergas argumentadas en humo y contextos vacuos, que dentro de una narrativa esplendorosa nos posicionará como valedores de la garantía humana. Un relato viciado por la necesidad de creer y la comodidad del modelo de vida que hemos asumido en nuestra insulsa sociedad.

Habrá quejas esporádicas apagadas por campañas de comunicación, artículos de alarma de periodistas divergentes, versiones antagónicas de personalidades de las redes sociales. Y todo tipo de ruido mediático que sólo contribuirá a fomentar la duda y la confusión de una sociedad sin educación ni pensamiento crítico. Pero la legislación seguirá su curso, se marcará una fecha de no retorno y tendremos todo tipo de eventos y noticias paralelas que desvíen nuestra atención.

Es posible que este escenario no suceda y que la economía se recupere de la situación crítica que vivimos. Sí, es posible, pero cualquier análisis mínimamente realista plantea un panorama claro: la quiebra del sistema de pensiones tal y como lo conocemos es irremediable. Y la única duda es saber cuánto tiempo nos queda.

Pero esto no debería sorprendernos, ya que los datos nos muestran un destino ineludible y ya hemos pasado por cientos de casos similares. Verdades pétreas que considerábamos inalterables y de pronto dejaron de existir.

Cualquier entidad bancaria no debería cobrarme por depositar en ella mi dinero. Deberían atenderme de la mejor forma ya que es la base de su modelo de negocio. Pero hoy ya apenas queda personal bancario que nos atienda, los cajeros con sus limitadas opciones son nuestro enlace con la entidad. Y en la app de nuestro banco hace tiempo que sólo nos permiten conversar con un chatbot programado para eludir preguntas incómodas y tratar de mantener al cliente.

Los servicios que contratamos deberían cuidarnos y tratarnos debidamente. Pero cada año nos aumentan los costes, empeoran el servicio y utilizan todo tipo de estratagemas para impedir que los abandonemos. El concepto de autoservicio se traslada de un sector a otro, sin bajar costes ni obtener nada a cambio, realizando nosotros el trabajo que antes llevaba a cabo personal especializado en gasolineras, restaurantes, supermercados…

Las instituciones gubernamentales nos obligan a trámites engorrosos en plataformas obsoletas, saturadas de certificados digitales y con apariencia de haber sido diseñadas para potenciar el desánimo de los contribuyentes.

Las citas médicas que antes se pedían de forma presencial o por teléfono. Ahora requieren de apps o webs con un funcionamiento críptico que excluye a quien no se desenvuelva bien con la tecnología. Un sistema de listas de espera que parece contemplar la situación mientras en el impás van falleciendo los enfermos.

Las empresas de transporte nos obligan a comprar en línea, facturar nuestros vuelos o adquirir tarjetas de pago potencialmente obligatorias, reduciendo hasta límites ilegales el pago en efectivo. Las agencias de viajes físicas ya casi no existen, trasladando toda la gestión y el riesgo al viajero. Las aerolíneas normalizan cobrar por cada servicio que antes era parte del billete: maleta, asiento, embarque prioritario, impresión de tarjeta.

Todo pasa por la tecnología

El argumentario es casi siempre idéntico: comodidad, disponibilidad 24 horas o modernización. Pero el resultado real acaba produciendo reducción de plantilla, traslado del trabajo y del riesgo al usuario. Y creación de una brecha que excluye a personas mayores, con discapacidad o sin recursos tecnológicos. La paradoja es que muchos de estos cambios generan además una dependencia tecnológica que, cuando falla, deja al usuario completamente desamparado. Algo que no ocurría en modelos anteriores.

Para colmo, todos estos automatismos nos obligan a ceder nuestra información personal a bases de datos sin sistemas de seguridad fiables, dejando nuestra privacidad en manos de cualquier desalmado que quiera sacarle réditos.

Si estás leyendo esto y eres tan joven como para no entender lo que hemos perdido, coméntalo con el “boomer” más cercano y déjate sorprender de la calidad de vida que hemos ido perdiendo mientras nos han convencido de que todos estos cambios han sido por nuestro bienestar y mejora social.

Si como yo, eres de los que has sufrido esta degradación, tengamos al menos el placer de ser la última línea de resistencia y desde la lucha personal tratar de frenar esos procesos en la medida de nuestras posibilidades.

Tal vez sea poco aporte, pero no dejemos morir los derechos adquiridos en manos de estos nuevos gestores que se comportan como aves de rapiña.

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