NUEVAS NOMENCLATURAS

Hace un tiempo leí una entrevista a la escritora danesa Olga Raven y entre las muchas reflexiones interesantes que aportaba, mientras la redactora trataba constantemente de interpretar dramas heteropatriarcales donde no los hay, reparaba en la denominación “recursos humanos”. Y en lo inapropiado de dicho apelativo, ya que ubicaba a las personas trabajadoras de una empresa como otro más de los recursos junto a los recursos materiales, financieros o energéticos.

No recuerdo si el enfoque de la escritora coincidía con el mío. Pero a mi me parece otra evidencia clara de como a base de pequeñas y sutiles manipulaciones, los estamentos de poder acaban sometiendo a la voluntad humana. Y yo no me considero conspiranoico, ni creo en planes globales de dominación, pero… ¿Hasta dónde hemos llegado en la falta de empatía, para llamar “recursos humanos” a las relaciones con las personas en el trabajo?

He de añadir, que me encuentro lanzando un proyecto empresarial, que espero pronto se convierta en una realidad. Y por supuesto trataré en la medida de mis opciones, no contribuir a esta debacle nomenclativa.

El departamento de personal

Con la tendencia propia de alguien que a menudo se ve anacrónico, a pesar de que me dedico a labores de tecnología punta. Me gustaba más el término “departamento de personal”. Al menos entonces nos ubicaban desde un departamento cuya definición evidenciaba que trataba con personas, no nos etiquetaban como otro de los bienes a optimizar. O como una materia prima en el proceso de fabricación de un producto final. Normalizar la cosificación de los seres humanos es un paso de vital importancia para el sometimiento a reglas estúpidas que nos alejan de la libertad.

Por ejemplo, ¿quién decide que actualmente para ser un ciudadano modélico hay que entregar a una empresa ocho horas de cada día? Entiendo que en 1817, a Robert Owen le parecía perfecta la norma: “Eight hours labour, Eight hours recreation, Eight hours rest”, ya que eran habituales las jornadas de doce o más horas, pero han pasado más de dos siglos de progreso, avance tecnológico y lo que me parece más importante, la capacidad de entender que uno no se debe definir por su trabajo sino por valores más elevados y comportamientos de mayor calado hacia la sociedad en la que convive.

Sí, es cierto que buena parte de la población descansa los sábados y domingos, pero también hay quienes trabajan bastante más de las cuarenta horas semanales que se asumen como el tiempo coherente que debemos entregar a una causa laboral. Desde la ignorancia, me parece que sería más humano, definir cometidos en lugar de horarios y retribuir a cada persona por haber cumplido sus metas.

Aunque parece que no es la norma, y que a determinados seres les gusta ver a la plantilla desfilando en formación desde sus alineados escritorios. Pero la adecuación lingüística se muestra en muchas otras nuevas nomenclaturas que se ajustan mejor a las apariencias que rigen nuestra vacía sociedad.

El lenguaje abstracto

Según el escritor y lingüista George Orwell, cuanto más poder tiene una organización, más tiende a usar lenguaje abstracto o excesivamente técnico para hablar de realidades humanas concretas. Algo absolutamente vigente. Por ejemplo, es preferible comunicar a los empleados que se aplicará un ajuste de plantilla o una reestructuración antes que anunciarles una serie de despidos. Y cuando esa misma empresa debe contratar a alguien, al margen de sus aportaciones reales, se trata de una labor de gestión de talento.

En las noticias no dejamos de ver cómo determinados países lanzan sus intervenciones militar, porque decir que son ataques armados dentro del marco de operaciones de guerra resulta menos políticamente correcto.

No vayas a confundirte si crees que en la calle, en las carreteras o en los edificios nos están vigilando. Es sólo una imperceptible monitorización con el único objetivo de salvaguardar la seguridad ciudadana. Si en algún momento se ven obligados a recopilar, almacenar y gestionar los datos, sucede únicamente por la optimización de los servicios y siempre a favor de la sociedad.

Los clientes de toda la vida ahora somos usuarios, ya que como clientes tenemos la capacidad de reclamar un mal servicio, pero como usuarios habitualmente se nos sitúa en el entorno de una relación comercial menor. Si sufrimos una adversidad en relación a nuestra salud, a pesar de que nos consideremos enfermos, no es así, ya que somos pacientes. Aunque esta es una gran realidad porque hay que cargarse de mucha paciencia para adecuarse al sistema sanitario español.

Nuevas afecciones, nuevas palabras

Y por favor, no digas de nadie que tiene una minusvalía, ya que es una persona con discapacidad o incluso con habilidades especiales, algo así como un X-Men. Los viejos son personas adultas o de edad avanzada. Ya no tiramos la basura, debido a que finalmente gestionamos los residuos. Y hemos acabado con la pobreza, porque ahora sólo hay exclusión social.

Lo peor de todos estos cambios es que se acaban maquillando como bienes para la sociedad con denominaciones menos crueles para que sean más llevaderas. Pero lamento decir que la vida no es como las películas infantiles. En la vida, la crueldad convive con la compasión y la belleza sólo puede reconocerse porque si desviamos la mirada nos resulta fácil encontrar el horror.

Por ello, debemos agradecer que siga siendo así. El día en que no tengamos problemas por los que luchar, caídas de las que levantarnos o errores que corregir, habremos perdido la capacidad de diferenciar el camino correcto del erróneo.
No dejes que las palabras edulcoradas empañen sus auténticos significados.

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