EL MUNDO Y EL CRISTAL CON EL QUE MIRAMOS

Cada individuo tiene una percepción diferente de las cosas. Lo que uno ve, siente, observa o vive, es percibido de una manera distinta a como lo ve, lo siente, lo observa y lo vive la persona que tiene al lado. Y por mucho que ambos convivan en el mismo sitio, interactúen o sean observadores de la misma escena, lo que uno y otro obtendrán de ello serán sensaciones a veces hasta dispares. Esto es así porque cada uno somos de una manera y tenemos una forma distinta de tomarnos la vida. Ni siquiera dos gemelos idénticos o dos siameses podrían sentir o vivir lo mismo porque son seres independientes. Entonces no queda otra que empezar a entender cómo funcionan nuestras emociones y cómo éstas nos pueden ayudar a ver el mundo de color más claro o más oscuro.

Lo primero que debemos tener en cuenta es que tanto el buen humor como el mal humor se contagian. Podemos ser un aura de luz que pasea por doquier dejando estelas de simpatía, empatía, buen hacer y sonrisas. O por el contrario podemos optar por ver siempre el vaso medio vacío alegando que somos previsores y objetivos. Tanto si optamos por ver todo de forma positiva como si preferimos ser más negativos, lo que hagamos, cómo nos comportemos, lo que expresemos… tendrá un efecto sobre quien nos está viendo o escuchando. Mucho más sobre quien convive con nosotros o comparte un trocito de nuestro tiempo.

Puede que nuestras hormonas hayan decidido ir por libre y lanzarnos al estrés crónico que afecta hoy día a miles de personas en nuestra sociedad. O bien, estar “hasta arriba” de dopamina porque la hacemos crecer a la mínima. Y con ello exportamos felicidad, alegría y buen humor hacia el exterior. Pensemos que tanto en un caso como en el otro, ambas situaciones nos harán percibir el mundo de una manera o de otra. Y tal como lo percibimos, lo exportaremos a los demás. Tanto nosotros como nuestras acciones son un espejo para el resto. 

Nada tiene esto que ver con el karma. O sí según se mire. Porque como dice el refranero popular: “todo lo que se siembra, se recoge”. Así que este dicho es válido tanto para nuestras acciones como para nuestras sensaciones y emociones. Según nos sintamos, haremos sentir a quienes tenemos al lado. Tal cual nos comportemos, se comportarán los demás con nosotros o quizá acabarán siendo un reflejo de ese comportamiento. Pero nos llegará en mayor o menor cantidad.


Veamos el mundo desde un lado positivo

Según Wikipedia la fenomenología es el estudio filosófico del mundo según se manifiesta directamente en la consciencia. Una definición más simplista dice que la fenomenología es el estudio de las estructuras de la conciencia humana. Así esta corriente filosófica se para a observar las vivencias que tenemos y trata de aclarar el sentido que envuelve a los seres humanos a lo largo de su vida. Es definitiva: somos la experiencia que acumulamos. 

Tal vez por ello muchas personas cuando acaban de curarse de enfermedades graves, saben que la vida es solo una y hay que vivirla intensamente porque no hacerlo es desperdiciarla. También es válido para todos aquellos que sobrepasan la sesentena y dicen que hace muchos años perdieron la vergüenza a decir lo que piensan o a comportarse como les da la gana. 

Lo curioso es que se tenga que agotar el reloj biológico para darnos cuenta de que en realidad, tal como vemos el mundo es como nos llegarán todas las sensaciones, se despertarán más o menos nuestras emociones o viviremos en él. Según veamos el vaso siempre lleno o medio vacío, lo que nos ocurra tendrá esa percepción de estar casi sin terminar o desbordarse por lo positivo del asunto. 

¿Qué decimos nosotros? Que la teoría es más fácil que la práctica. Vivimos practicando el acierto y error una y otra vez, sin descanso. Aunque a veces nos sintamos agotados y creamos que no podemos más. De eso se trata cada día. Lo opcional es vivirlo con calma, energía, afán por seguir aprendiendo de ese acierto-error y no conformarnos con lo primero que nos llega. O sí, si esto nos hace realmente felices. 


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