¿DÓNDE ESTÁ EL DERECHO A LA INTIMIDAD?

Imagínense que acuden a la consulta de su doctor y sin percibir intención alguna del facultativo de propasarse en la revisión o en la cita, se desnudan, le muestran su cuerpo y se prestan inocentemente a cualquier exploración. Pónganse en situación de que viven en un pequeño pueblo. Y al poco de la consulta, son conocedores que su doctor, aquel que profesionalmente desarrolló su consulta médica y les exploró, les vio en ropa interior o desnudos. Les estuvo grabando con la cámara del móvil camuflada en el bolsillo de su camisa. Esa impresión que suponen hechos de este tipo es la que han debido de sentir varias mujeres en los pueblos sevillanos de Badolatosa, Morón de la Frontera, Estepa y en Sevilla capital. Lugares todos ellos en los que el médico ahora detenido, pasaba consulta. 

Sin ningún lugar a dudas se violó el derecho a la intimidad de más de un centenar de pacientes. Estas personas, además de sufrir la vergüenza de haber sido grabadas a escondidas por el médico mientras por ejemplo, les auscultaba, ahora tienen que sufrir acoso para sentirse obligadas a retirar las denuncias interpuestas. Grave es sufrir esa violación pero preocupante también, la protección del lado oscuro y el golpeo reiterado a las propias víctimas. ¿O no?

Piensen un momento: ¿alguna vez han notado que alguien les mira más de lo normal? ¿Que sienten pasos detrás suyo mientras caminan por una calle iluminada? ¿Han sentido ese miedo que miles de mujeres perciben al caminar solas? Imaginen ahora que esa confianza que a veces no se tiene en plena calle, sí se manifiesta en la consulta del doctor. Pero llegado el tiempo, ese médico que nos trataba de curar una dolencia, ha violado lo más íntimo que tiene uno. 


Intimidad al descubierto…

Imaginen ahora que se encuentran en las fiestas de su pueblo. Que les entran ganas de orinar y, en la más remota y oscura esquina de cualquier calle, sufragan sus necesidades. Estas personas descubren al poco tiempo que han sido grabadas. Y su momento íntimo se encuentra subido a varias webs de pornografía. Esa desnudez al bajarse el pantalón para orinar en plena calle se encuentra públicamente difundida por Internet. La sensación de ahogo, angustia y vergüenza puede llegar a ser de tal dimensión que se requiera incluso la ayuda de un profesional que lime ese temor, incluso a pasear de nuevo por la calle. 

En el caso del médico que grababa a sus pacientes, no cabe la consideración de que su libertad acaba donde empieza la de los pacientes. Porque lo que pasa en consulta debería quedarse en consulta. Grabar la desnudez, la intimidad y las partes pudendas de nadie a escondidas y sin consentimiento, debería estar penado con algo más de lo que actualmente está, porque es un agravio. Porque el daño que causa es similar al de un puñetazo en el ojo a bocajarro. Y porque entre otras cosas, limita la confianza que a partir de ahora un paciente puede llegar a tener con su médico de cabecera o especialista. Ya no es cuestión de lo mal que está la Sanidad en España, sino de la de depravados con los que podemos llegar a encontrarnos por la calle sin saberlo. 

En el caso de las grabaciones en la vía pública, y de la subida de esos documentos a la red, pues más de lo mismo. Cabe preguntase: ¿dónde empieza la libertad de quienes graban y dónde la de quienes son grabados orinando? En ningún lado. Porque cierto que no se debería orinar en la calle pero mucho menos, cámara en mano, robar ese momento de intimidad. No cabe libertad para esos cámaras aficionados que creen tener entre sus manos un tesoro audiovisual de tamaño descomunal. Porque como creen muchas tribus indígenas, no solo una fotografía puede robar el alma del fotografiado, sino que en estas situaciones, las personas que aparecen en esas imágenes, ven cómo se les arranca la intimidad a tiras para después ser expuestos en la red sin consentimiento alguno.

¿En qué nivel de depravación nos encontramos? ¿Por qué se acosa a quienes denuncian haberse sentido violentadas? ¿Hacen falta límites? Sí, hacen falta límites y vergüenza. No la de las víctimas, sino la de los violadores de intimidad. Porque aquello de empatizar con los demás parece que ni siquiera lo contemplan. 


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