DE MARLASKA A FALCONE, 28 AÑOS DESPUÉS DE SU ASESINATO

Falcone

El pasado 23 de mayo se cumplieron 28 años del asesinato del juez Giovanni Falcone en Palermo (Sicilia). Falcone fue pionero en la lucha del Estado italiano contra la Mafia y se convirtió en modelo para algunos jueces españoles que, aunque le trataron algo, no le conocieron, porque el no quería ser estrella, solo quería que se hiciera justicia y confortar a las víctimas. Garzón fue el primero que se creyó Falcone, y por ese camino circuló también Marlaska, para acabar de ministro.

Conocí a Falcone, le entrevisté dos veces, estuve cenando en su casa junto a su mujer, Francesca Morvillo, y asistí a su entierro histórico en Palermo. Viene a cuento hablar de Falcone porque era un juez de una pieza al que tentaron con la política para que dejara de serlo. Él no buscó las causas contra la Mafia. Él, como su colega Borsellino, se diferenció de los demás en que cuando a sus manos llegaron sumarios contra la Mafia no miró para otro lado, no se arredró y no busco la gloria, sino la justicia.

Ya en 1989 trataron de asesinarle, y tuvo ofertas para dar el salto a la política, pero él era juez por vocación, y ni respondió a las propuestas. Así me lo dijo: “Miralles, no, no soy político, soy un funcionario y me debo a los ciudadanos, mi trabajo es que se aplique la ley, que se haga justicia, y que se cumplan las normas de un estado de Derecho. Se que yo estoy condenado a muerte, se que me van a matar. Ellos saben muy bien, porque se lo he dicho personalmente, que conmigo no van a servir las amenazas ni los sobornos, que conmigo solo acaban matándome, pero estoy decidido a ponérselo difícil cumpliendo con mi obligación”.

Era la primavera de 1985. Palermo. Le entrevistaba por segunda vez. Yo estaba sentado frente a Giovanni Falcone, en su despacho, él con un guardaespaldas a su derecha que no separaba su dedo del gatillo de una metralleta y que pese a estar en el despacho, tenía puesto un casco de motorista en la cabeza. Falcone, con su voz atiplada, su mirada penetrante, su serenidad y su firmeza, me impresionó desde el primer día. Ya en la primera charla en su despacho me di cuenta de que estaba frente a un hombre y un juez de una pieza, y enseguida fui consciente de que ese hombre pasaría a la historia. Tres contactos posteriores me confirmaron la impresión inicial.

Tenía sentido del humor: “Mire usted, es la primera vez que doy una entrevista a un periodista no italiano. Los medios son importantes en un sistema democrático. No busco propaganda pero sí busco que se sepa el trabajo que estamos haciendo muchos funcionarios en defensa del Estado frente a la Mafia”. Era coherente entre lo que pensaba, lo que decía y lo que hacía. Creía, como Sun Tzu, que la investigación es el preludio de la victoria. Era un hombre valiente y temía a la mafia. Los valientes tienen miedo del enemigo y los cobardes de su propio temor.

Falcone entregó su vida a la Justicia sabedor de que la Justicia no le iba a entregar casi nada a cambio. Le pregunté ¿cómo se puede vivir sabiendo  que a uno le van a asesinar?. Sonrió, me miro fijamente y con el dedo índice extendido en dirección a mi rostro respondió: “Muy sencillo. Asumiéndolo y deseando dejar escrita una página de la historia de este país maravilloso asolado por unos canallas. Ellos me matarán pero yo he sentado en el banquillo a más de 300 mafiosos. ¿Qué no sirvió para nada? Que va, entre otras cosas me sirvió para ser consciente de mi soledad y para que muchos se den cuenta de que será necesaria una revolución para acabar con la Mafia. Y a usted, si sigue en su país investigando el crimen de estado, igual le matarán también. Es la vida”.

Falcone era inteligente, rápido e intuitivo. Tenía claro que cuando no es necesario tomar una decisión, es necesario no tomar una decisión. Como los gatos, caminaba sigiloso por la senda de la lucha contra el crimen organizado. Como las serpientes, se escurría entre los criminales esperando el momento idóneo para atacarles. Como los lobos, atestaba la dentellada cuando la presa ya no tenía escapatoria. Tomando el postre servido por Francesca tras una cena ligera, en su vivienda modesta, tras tres horas de charla sobre su trabajo y la responsabilidad de los jueces en un Estado de Derecho, me preguntó: “Ya somos casi amigos. Ya me conoce un poco, ¿de veras cree usted que yo podría dedicarme a la política?”.

Tomasso Buscetta, el primer arrepentido que colaboró con Falcone se lo había advertido también: “Dottore, yo le voy a ayudar. Y cuando terminemos, primero vendrán a asesinarme a mí, pero después no pararán hasta asesinarle a usted. ¿sigue queriendo interrogarme?”. La respuesta de Falcone fue: “Míreme a los ojos? Y ahora dígame, de verdad cree que no quiero interrogarle?. Si, claro vamos a comenzar y vamos a llegar hasta el final, no lo dude”.

“Complici. Assassini, assassini. Mafiosi, mafiosi. Andate via, via di qui. Sono i nostri morti, non i vostre. Andate via di qui, tornate a Roma, a vostro affari” (Cómplices, asesinos, mafiosos. Iros, iros de aquí, son nuestros muertos, no los vuestros. Iros fuera de aquí, volved a Roma a vuestros asuntos). Giovanni Spadolini (presidente suplente de la República), Vivenzo Scotti (ministro de Interior) Claudio Martelli (de Justicia) y otras autoridades fueron recibidas así por más de quince mil palermitanos que despidieron al juez Falcone en la catedral de San Domenico en una ceremonia que ponía los pelos de punta. Cinco féretros, el de Falcone y el de Francesca Morvillo, su esposa, cubiertos por mantos rojos. Los de los tres policías que también fueron asesinados junto a él, cubiertos por la bandera italiana.

Palermo vivió en el entierro el 25 de mayo una especie de catarsis colectiva. Mientras los féretros iniciaban el camino al cementerio, la gente se lanzaba hacia ellos para tocarlos. Habían asesinado a su última esperanza contra la Mafia que todo lo controla. A la salida de los féretros, los insultos se acallaron y solo se escuchaban gritos de “Giovanni, Giovanni”. Falcone ya no era un enemigo para la Cosa Nostra, esa organización que no olvida y aplica el dicho de que la venganza es un plato que se sirve frio.

Viene a cuento recordar a Falcone ahora que un juez que hizo un trabajo brillante y valiente contra los terroristas de ETA se está ciscando en el Estado de derecho y en la división de poderes. Porque necesitamos jueces valientes, y fiscales valientes, dispuestos a defender a las víctimas y a que se haga Justicia, así con mayúscula. Y porque es una lástima que aquí los jueces que han destacado en la lucha contra Eta hayan acabado engullidos por una política nefasta que ignora a las víctimas y se centra en mantener el statu quo y en ocuparse de lo suyo, que nunca es lo nuestro, pensando solo en las próximas elecciones en vez de pensar en las próximas generaciones.

Y también viene a cuento porque necesitamos un Estado fuerte, en el que las instituciones estén al servicio de los ciudadanos, y no de quienes ostentan el poder ejecutivo que lo controla todo. Y también, en fin, porque no puede ser en una democracia que quienes luchan contra la delincuencia, sea cual sea, desde cualquier lugar, tengan que asumir un riesgo incluso de su vida. Porque siempre hay un mafioso que tiene un sicario que te amenaza y trata de hacerte la vida imposible mientras los malos campan a sus anchas y se ríen de todo y de todos antes de que llegue la hora del entierro que nunca debió celebrarse. De Marlaska a Falcone, todo un mundo de distancia, la que hay desde la dignidad hasta la indignidad, desde el honor al deshonor, desde la democracia a un Estado totalitario que todo lo puede. En fin.


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