SABORES PERDIDOS

De nuevo nos encontramos en periodo de elecciones, así que en las próximas semanas voy a tratar de que nada de lo que escriba tenga ese tufillo que temo nos acabará apestando. Y es una tarea difícil, ya que la política lo impregna todo; en esta ocasión ni siquiera hemos entrado oficialmente en batalla y hasta tenemos un partido posicionado en el lado del amor. Pero en fin, bien es sabido que en el esfuerzo es donde reside la auténtica satisfacción. 

Tengo la suerte de haber vivido una infancia y juventud envidiables ya que aunque residía en Madrid bajo el ritmo trepidante de la capital, los veranos y las fiestas más importantes las pasaba en un pequeño pueblo de Salamanca. Mi tío y mi primo eran los panaderos de la comarca y me encantaba presentarme en el horno de buena mañana para ayudarles a hacer el pan. Pero sobre todo en Semana Santa, disfrutaba colaborando en el hornazo que preparaban con las viandas ibéricas de la zona. En la actualidad, cuando pruebo un hornazo bien hecho, su sabor me regala tantos recuerdos que me sería imposible siquiera esbozarlos. 

Ciudad vs pueblo

Y en esa dualidad entre la ciudad y el pueblo, aprendí de las prisas y las muchedumbres, pero también de los campos y los periodos de cultivo. Me sabía de memoria la red de metro e igualmente me enseñaron a encalcar la paja en el carro y a ordeñar las vacas de mi tía. Me fundía en los conciertos de la tumultuosa noche madrileña y me abrumaba observando un cielo plagado de estrellas y manchado con el rastro de la Vía Láctea. 

Ambos escenarios: el citadino y el campestre, se siguen hoy reconociendo a grandes rasgos aunque en la cercanía son claramente muy distintos de aquellos de antaño. Hemos ido asumiendo miles de pequeñas alteraciones como procesos naturales de una evolución irremediable, sin pensar en un sólo momento si esos cambios nos han mejorado o empeorado la vida. En un primer vistazo y desde la ignorancia, diría que lo segundo.

La semana pasada hablaba con el frutero de mi barrio sobre la posibilidad de encontrar buenos ajos. Viendo las etiquetas, los que disponía para la venta aparentaban tener el más alto de los pedigríes. Las marcas me daban seguridad y el aspecto era muy esperanzador, así que opté por llevarme un par de cabezas. Pero al llegar a casa y darle un golpe a la primera de ellas para desgranar los dientes, la pinta, el olor y la forma en que se abrieron me devolvió a la decepción de los últimos años. Podrán llamarse como quieran, podrán parecer los de siempre, pero los que hemos probado los originales sabemos que estos de hoy no se parecen ni en lo más remoto a los que le dieron nombre, fama y prestigio.

La calidad de antaño

He pasado casi quince años fuera de España y reconozco que cuando el aciago año del covid volví a mi país, anhelaba reencontrarme con muchas de las cosas que dejé. Es triste comprobar con la distancia de más de una década, cómo se nos siguen ofreciendo los mismos productos aunque a menudo ni se parecen.

Los bocatas de calamares de la Plaza Mayor no eran como los que se venden hoy en día. Hay quien los valoraría como peores, pero mi paladar espera algo más que textura y sabor; espera recuerdos, sensaciones de compañías perdidas e ilusiones de una inocencia que convivía con la realidad de una forma muy distinta.

El centro de la ciudad estaba plagado de tiendas centenarias que ofrecían todo tipo de productos, algunos tan exclusivos que tenían clientes de toda España. Hoy esas mismas tiendas sólo venden a turistas, unos productos que casi nunca han sido fabricados en el mismo país del cuál ansían llevarse un recuerdo.

En mi pueblo bajábamos al río a llevar a las vacas a pastar y beber, mientras nosotros nos bañábamos, pescábamos tencas con la caña, cangrejos con el retel y cazábamos ranas de noche con ayuda de una linterna. Hoy el mismo río está seco, las tencas son una especie difícil de encontrar y pescar, cazar ranas está prohibido y el cangrejo de río español es una especie autóctona que está prácticamente al borde de la desaparición. Hace años abundaba en casi todos los ríos de la geografía ibérica, pero la introducción del cangrejo americano y la mala gestión de los ecosistemas han acabado por extinguirlo.

Turismo rural

Uno de los primeros veranos que dejé de ir al pueblo, me fui de viaje con unos amigos por Cantabria, Asturias y Galicia. El punto de origen y reunión fue el camping de Arenas de Cabrales. Como buenos aficionados a la montaña, era un sitio perfecto para acercarnos al Naranjo de Bulnes y recorrer la ruta del Cares.

Un día en el pueblo, entramos a una diminuta tienda en la que una anciana enjuta y fibrosa vendía sus quesos. Quesos de Cabrales bajados directamente desde su cueva en la que llevaba toda la vida afinándolos para despacharlos en su momento idóneo. Hoy un buen afinador de quesos es alguien muy valorado, especialista en el manejo de todas las variables que concretan el milagro de este manjar y sus millares de posibilidades. Aquella buena señora seguro que no entendía de hongos, acidez o humedad, pero veía un queso, lo sopesaba, lo olía y sabía perfectamente si estaba en su momento de degustación.

Por supuesto, varias décadas después, creo que aquel manjar de cabrales que nos despachamos mis amigos y yo sigue estando entre los mejores quesos que he disfrutado en toda mi vida. Y he probado cientos.

¿Qué más cosas habremos perdido y no nos hemos dado cuenta?

Entiendo que los nuevos tiempos conllevan cambios culturales que afectan a todos los ámbitos. La sociedad actual ve al borde de la barbarie algunas tradiciones que el siglo pasado se entendían como habituales. Las normativas cambian, los criterios se modifican y muchas costumbres de otros tiempos actualmente están en desuso. Pero hay costumbres que deberíamos proteger.
Alguien que tenga una participación en una cooperativa de aceite debería poder disponer de toda su producción como guste, independientemente de que Hacienda esté de acuerdo o no.

No pretendo juzgar si unas tradiciones merecen la pena o deberían erradicarse, pero tampoco puedo renegar de mis vivencias y de las situaciones que en su momento viví con la más completa naturalidad.

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