La inteligencia artificial ha irrumpido en prácticamente todos los ámbitos artísticos. La literatura, el cine, la música y las artes visuales ya conviven con herramientas que son capaces de generar textos, voces, imágenes e interpretaciones. El teatro tampoco ha quedado al margen de esta tendencia, pero aún podemos salvarlo. Aún estamos a tiempo de hacer del teatro un terreno virgen de inteligencia artificial. Y yo me pregunto: ¿de verdad necesitamos que la IA llegue también a los escenarios?
No entiendo por qué la inteligencia artificial tiene que abrirse camino también en el teatro. Me resisto a que las artes escénicas tengan que sumarse a esta tendencia. El teatro es una disciplina artística con siglos de historia que nunca ha necesitado de la IA para brillar y ser un arte sin precedentes. No necesita que una máquina escriba sus obras ni genere sus personajes para seguir contando historias que emocionen al público. Lo que necesita es talento y profesionales que puedan vivir de su trabajo.
No niego que la inteligencia artificial sea capaz de producir textos dramáticos; lo que cuestiono es que su eso deba convertirse en una razón para introducirla en un ámbito artístico que tiene en la creatividad humana uno de sus principales valores. Por eso, la IA debe quedar fuera del teatro. El teatro es único, y ninguna inteligencia artificial podrá sustituirlo.
El teatro es un oficio humano
Cuando voy al teatro, quiero ver el trabajo de un dramaturgo que ha creado algo único, que ha construido una historia que sale de su imaginación y de sus sentimientos, de unos actores que dan vida a sus personajes de una forma brillante y de un equipo que ha hecho posible que todo suceda sobre el escenario. El teatro, en su esencia, no necesita más. Detrás de una obra de teatro hay formación, talento, ensayos, disciplina y, sobre todo, muchas horas de trabajo. Esto no lo sustituye una máquina. El talento viene innato o no. Un robot no te puede dar todos esos valores.
Un actor no interpreta solo un texto. Pone su cuerpo, su voz, sus emociones y su memoria al servicio de un personaje. Un director toma decisiones a partir de una mirada artística. Un dramaturgo construye historias que se encuentran en su imaginación. Todo este proceso creativo está atravesado por la experiencia humana y por lo que hemos vivido. Y yo me pregunto: ¿De verdad necesitamos una máquina para hacer algo que llevamos haciendo desde mucho antes que existiera la tecnología digital?
Defender el teatro es defender a sus profesionales
Hay otra cuestión que me preocupa en todo esto: el trabajo de quienes viven de las artes escénicas. La incorporación de nuevas tecnologías suele justificarse por su rapidez o su capacidad de reducir gastos. Sin embargo, pocas veces se piensa en quienes pueden verse perjudicados cuando una herramienta pasa a complementar el trabajo artístico a sustituirlo.
Me resisto a pensar que el ahorro económico deba de estar por encima del valor artístico de una obra. Si empezamos a priorizar la rapidez y el coste por encima de la creatividad, corremos el riesgo de olvidar que la cultura no se mide por lo barato que resulta producirla, sino por lo que es capaz de transmitir al público. Y esto último únicamente lo pueden conseguir personas de carne de hueso. Personas que hacen del teatro su medio de vida. Y con esto, no pretendo ignorar las dificultades económicas de las compañías teatrales. Sé que levantar y sacar adelante una obra exige recursos y que muchos profesionales trabajan en condiciones complicadas. Pero me niego a aceptar que la única solución sea reducir la participación humana en el proceso creativo.
Que el telón no se levante por una máquina
El futuro del teatro no tiene que pasar por la inteligencia artificial. No todas las disciplinas necesitan incorporar esta tecnología. Es más, creo que ninguna debería incorporar esta tecnología para demostrar que siguen vivas. Pero el teatro mucho menos. Me preocupa que lo tecnológico cobre más protagonismo que lo creativo. Me preocupa que dejemos de preguntarnos qué queremos contar y cómo queremos hacerlo para centrarnos en lo que una máquina puede generar en menos tiempo. No quiero que lo digital determine el futuro de nuestros escenarios.
El teatro merece que defendamos su identidad, su esencia, que valoremos a sus profesionales y que entendamos que no todo avance técnico representa un avance cultural. Mi posición es muy clara: no quiero una inteligencia artificial escribiendo las obras que podrían crear nuestros dramaturgos. Quiero historias creadas por autores, personajes interpretados por actores y propuestas escénicas que nazcan de la imaginación humana. Cuando se levante el telón, quiero ver artistas. Porque el teatro nació de la necesidad humana de contar historias y no pienso aceptar que su futuro se escriba mediante un algoritmo.
