Cada semana, en este espacio suelo compartir mis opiniones y reflexiones sobre temas que me parecen de interés. Y como esta publicación ya cuenta con profesionales que diseccionan estupendamente la actualidad, intento siempre tratar temas atemporales y alejados del ruido mediático. A veces no lo consigo y mis devaneos se acaban manchando con salpicaduras de tinta fresca, pero me esfuerzo para que la actualidad no sea el eje de la narración. Aunque he de reconocer que a veces…, lo tengo difícil.
Por ello, hoy quería hablar de cómo las instituciones, los organismos públicos y privados, y todo tipo de estamentos, se preocupan por ofuscar y entorpecer la comunicación en lugar de ayudar a entender sus comunicaciones. Y aunque nos parezca que este arte de prestidigitación es hegemonía de organismos públicos, es una tendencia que acaba filtrándose en cualquier materia y disciplina.
Terminología médica
Sin ir más lejos, la terminología médica, que debería esforzarse más que ninguna otra área en que los pacientes entendiésemos qué nos sucede, no siempre resulta ser esclarecedora. Por ejemplo, cuando un médico nos diagnostica hipertensión idiopática, lo que realmente está diciendo es: “Tienes hipertensión, pero no sabemos qué la ha producido”. Y si la toma de un medicamento nos causase una úlcera o un procedimiento nos generase cualquier secuela, nos dirían que se ha debido a un efecto iatrogénico. Suena a proceso patológico natural, pero realmente significa que hablamos de “un daño provocado por una intervención médica”. Evidentemente, estos son dos términos de los muchos que usan para evitar que pensemos que los doctores que velan por nuestra salud, a veces no saben qué nos pasa y en ocasiones, como le sucede a cualquier humano, cometen errores.
El lenguaje jurídico
Vayamos a uno de esos sectores que parecen tener un léxico especialmente creado para su incomprensión: el derecho y la abogacía. Una de sus expresiones que me resultan más curiosas y en cambio aceptamos como normales sucede cuando preguntan aquello de: ¿no es más cierto que estuvo usted en el lugar de los hechos? Y claro, uno piensa: ¿no es más cierto que qué? ¿No sería más lógico preguntar si algo es cierto o falso? Pues resulta que no.
Por lo visto es necesario entorpecer los procesos y los interrogatorios con términos difusos que nos dejen a los profanos con el ceño fruncido, sin entender apenas de qué están hablando.
Con Hacienda hemos topado
Pero la joya de la corona, lo que provocó mi interés por escribir sobre este asunto y le ha dado título al artículo, viene de cuando en pleno periodo de la declaración de la renta, se me ocurrió descargarme el manual oficial publicado por la Agencia Tributaria para hacer la declaración del pasado año 2025.
Ingenuo de mi, pensé que algo tan farragoso e incómodo como el proceso de cuadrar nuestro balance anual con la Hacienda Pública, tendría un manual de uso sencillo y práctico para agilizar este doloroso trámite Pero no…, por lo visto la forma más lógica de hacer dicha guía para los millones de españoles obligados a declarar, consiste en dos archivos en pdf, que entre ambos suman unas 2.000 páginas. ¿De verdad no había una forma más sencilla de mostrar cómo hacer la declaración de la renta sin complicaciones?
Si ese es el nivel didáctico que maneja la administración, no quiero imaginarme cómo será la redacción de esos misteriosos presupuestos generales del estado que tanto cuesta que vean la luz. Seguro que a su lado, el Manuscrito Voynich se queda al nivel de El libro gordo de Petete.
Manuales incomprensibles
Sinceramente y desde la ignorancia, no creo que todos estos detalles se deban a la ineptitud ni a la complejidad de explicar conceptos de forma sencilla. Hay miles de ejemplos en los que asuntos complicados, cuando existe el incentivo para ello, se desglosan de una forma tan simple que hasta el más obtuso del rebaño consigue entenderlos. En el fondo, como en muchos otros casos, creo que este problema radica en los beneficios de limitar el acceso a la información.
Nos engañan diciéndonos que las cosas se deben entender de forma sencilla y que no tenemos que preocuparnos por los detalles; que alguien más apropiado se encargará de liberarnos de esa carga. Alguien mejor preparado, que con una capacidad de sacrificio por encima de lo normal se entregará en cuerpo y alma para que nuestras vidas nos resulten más cómodas.
Y para ello, nos ofrecen una y mil veces el mismo modelo de manual informativo, un vademécum en donde reside la verdad absoluta, pero compuesto de tal forma que nos resulta un inmenso laberinto. Una cinta de Moebius en la que vagar eternamente sin ver nunca una salida ni una resolución clara. Otro manual de ofuscación para abrumarnos y acabar delegando la comprensión.
Algo personal
Estaba tentado de terminar este artículo con un ejemplo de parrafada vacía y rimbombante de las que suelen entorpecer la lectura en estos galimatías gubernamentales, pero por suerte, desistí a favor de una mejor idea: recomendar la escucha atenta de una canción.
En 1983, hace una burrada de años, el maestro Joan Manuel Serrat editó uno de sus discos más memorables; el maravilloso “Cada loco con su tema”. Y entre sus canciones más reivindicativas había una titulada “Algo personal”, que desgrana de forma ácida y detallada a la clase política, aireando sus miserias y vergüenzas. Esta canción termina con un ejemplo de arenga propia de un cierre de mitin, de esos que durante los próximos días nos encontraremos mendigando votos por toda la geografía española.
Nos prometerán soluciones y tratarán de convencernos para ganarse nuestro apoyo, pero nunca debemos dejar de preguntarnos algo: ¿qué les hace tan especiales como para que piensen que deben gobernarnos, manejar nuestras vidas, decidir sobre nuestras economías y legislar sobre nuestras libertades? Un político con un mínimo de dignidad no pediría vuestro voto; pediría perdón y dimitiría.
