MANUAL DE INSTRUCCIONES: LA LIBERTAD

Formando un triduo con la vida y la propiedad privada, la libertad seguramente sea la clave de bóveda de la existencia humana. Por algo son los tres elementos que han corrido mayor peligro a lo largo de la Historia. Un triduo colectivo porque nadie puede alcanzarlos individualmente. Al igual que ligábamos soberanía a independencia, podemos ligar la libertad individual a un pueblo que la defienda y la proteja.

La libertad es la soberanía de la persona. Los griegos ya dijeron que un ciudadano solo podía ser libre si pertenecía a una ciudad libre. El cristianismo va más allá y trae el libre arbitrio personal. Supera al judaísmo –y al islam– donde lo importante es la colectividad. No les importa que creas, sino que exteriorices la religión (la obligación). El cristianismo pone por delante la libertad y pide que la persona crea, al entender que sus acciones serán luego consecuencia de esa fe auténtica y no de una obligación. 

La libertad comporta tomar decisiones, no dejarte llevar. Vivir a propósito, vivir pensando lo que vas a hacer y dónde quieres llegar. Sin embargo, muchas personas prefieren dejarse llevar. Erich Fromm nos advirtió del ‘miedo a la libertad’. Todos los totalitarismos usan ese miedo porque la auténtica libertad siempre es riesgo y arrostrar las propias decisiones. Los totalitarismos te piden que cedas tu libertad –tu ser– a cambio de seguridad. Saben que muchos no soportan ‘la carga de la libertad’. Empero, «eso no es libertad. La libertad es cuando no esperas un premio ni esperas un castigo, pero crees que eso es lo que tienes que hacer» (Kant dixit). 

El animal nace, pero el hombre se hace. Nacemos dos veces: del útero materno y del útero social. Por eso, el ser humano tiene una infancia tan larga. Necesita aprender a desarrollarse en sociedad. La educación es, sobre todo, imitación. Te obligan a imitar conductas que se consideran adecuadas. Por eso muchos actos tienen detrás sesgos adquiridos durante la educación. La elección, de esta manera, siempre está condicionada. Elegimos libremente, dentro un marco aprendido durante la educación, dentro y fuera de la familia. Los animales nacen completos, pero el hombre necesita autofabricarse. En occidente la culpa delimita ese marco y, en oriente, lo hace la vergüenza. Curiosamente, es más difícil librarte de la vergüenza que de la culpa, porque ésta admite la rebelión. Fuera de ese marco, sientes culpa por abandonar a los grupos establecidos y vergüenza por pensar diferente.  

La libertad se aprende

Leyendo y reflexionando, aprendes a ser libre. Hegel lo advirtió: «lo importante no es ser libre, sino llegar a ser libre». Lo importante es llegar a saber lo que quieres y lo que te conviene. Los estoicos decían que al ser humano le puedes destruir, pero no le puedes obligar a nada. Por eso, Nietzsche les llamaba ‘los toreros de la virtud’. La libertad de elección alcanza querer lo que no queremos y no querer lo que queremos. Eugène Ionesco lo resume magistralmente: “Yo no soy rinoceronte”. Al final, somos –nos guste o no– lo que hemos querido ser o lo que nos hemos resignado a ser. Libertad y responsabilidad van siempre unidas. 

La tragedia griega nace de que no hay malos y buenos porque todos tienen parte de razón. El coro va detrás del personaje diciendo: «Escucha lo que te dicen. No seas arrogante. No sigas con tu plan hasta el final». La tragedia griega anticipa que el individuo no puede lograrlo solo, que vivir nos obliga a estar abiertos a las razones de los demás. Shakespeare nos ofrece otra perspectiva: Macbeth quiere cometer la acción, pero no quiere estar vinculado moralmente a ella. La culpa viene a reprocharnos nuestros pecados. El libre albedrio trae consigo la responsabilidad individual. Mientras otras religiones regulan lo que tienes que hacer desde que te levantas hasta que te acuestas, Jesús te dice: ‘El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado’.

La libertad, entonces, tiene que ser tanto individual como social. Las normas deben hacerse para mejorar la vida del individuo. La libertad tiene que ver con la elección y ésta con la intención. El cristianismo insiste que se nos juzgará por el Amor, es decir, por las intenciones. Lo importante no es el resultado, sino la intención que está detrás de la acción. Ten buenas intenciones y no entregues tu libertad ni decidas a la ligera. No seas alguien que no quieres ser y acepta la responsabilidad porque la felicidad se esconde detrás de la libertad individual y colectiva. 

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