LA MEMORIA DE DIOS

Recordar es a menudo, volver a ser vulnerable. Si echamos un vistazo rápido al desarrollo histórico de las instituciones que se erigieron y que hoy en día perduran se descubre su fragilidad a lo largo del tiempo. Estas estructuras como columna vertebral de la convivencia humana: el Estado, la educación o la propia justicia. No nacieron como meros entes burocráticos sino como un mecanismo de autoprotección ante la fragilidad humana.

Fueron las instituciones las responsables de plasmar un orden definido en el caos terrenal, una suerte de ‘Memoria de Dios’ que supera la ambición desmedida del hombre. Thomas Hobbes, en su obra célebre Leviatán, identifica ‘El estado de naturaleza’ como aquel momento de mera supervivencia donde la individualidad. Y la violencia eran la carta de presentación más habitual. El ‘dios mortal’ y secularizado que se anhela para frenar la decadencia progresiva es el Estado y el contractualismo.

Separación entre instituciones y ciudadanía

No descubro nada nuevo si verbalizo que las instituciones no pasan por su mejor momento. Es más, creo que nos encontramos ante una de las mayores crisis institucionales que se recuerdan. Para nada es un fenómeno concreto ni localizado sino extendido, para más inri. La separación entre ciudadanía e instituciones es cada vez más amplia. Las reglas del juego se han vuelto flexibles y somos testigos de una competición —cada vez más reñida— sobre quién llega más al límite sin consecuencia real y verificable.

El circo televisado al cual asistimos todos los días ya que la entrada es —desgraciadamente— gratis expone multitud de ejemplos que sacuden nuestro ideal de democracia liberal. Quizá el ejemplo más evidente —por lo grotesco del asunto— sea el estadounidense o el argentino. Este último por lo circense del personaje y su lenguaje violento que parece no influir en su aura de católico modélico. Mientras despotrica soflamas contra la justicia social o la protección del vulnerable.

Los deberes constitucionales

Lamentablemente, no es necesario salir de nuestras fronteras para encontrar síntomas de esta epidemia. El funcionamiento ordinario del Estado claudica constantemente frente a intereses partidistas difíciles de comprender. Mientras obligaciones capitales —como el deber constitucional de presentar los Presupuestos Generales del Estado, la crítica ante la corrupción de las élites partidistas, la nula responsabilidad política por ello. O la censura interna impuesta que contradice el funcionamiento democrático de los partidos políticos— son vistas como obstáculos para perpetuarse en el poder.

No hace falta una degradación total para observar las consecuencias. Pero a pesar de todo esto, el estándar original de esta ‘Memoria de Dios’ —que no es más que el registro histórico y ético de nuestra propia existencia— debe prevalecer. Y no solo como un recurso artificial teórico que concluye con un rédito político constatable. Sino como el normal discurrir de un proceso caracterizado por la certidumbre y el reconocimiento propio y ajeno en pie de igualdad e intensidad. 

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