EL ESTRÉS NUESTRO COMPAÑERO DE VIDA

Los días cuentan con tan solo 24 horas. Pocas si queremos hacer todo lo que nos proponemos cada día. A la semana son 168 horas de las cuales por lo general, nos pasamos 40 horas trabajando. Entre dormir, descansar y demás asuntos fisiológicos que debemos cumplir por el bien de nuestra salud, nos pueden llegar en torno a 70 horas a la semana que podemos emplear para lo que deseemos: procrastinar, inventar nuevos proyectos, leer, estudiar, ir de compras, pasear por el campo… O tomar un merecido refresco ahora que los calores ya aprietan más de la cuenta. Quizá 70 horas o a lo sumo 72 nos parezcan hasta pocas, ahora que las estamos analizando, calculadora en mano. Pero en plena acción algo suele fallar. O nos proponemos más de lo que podemos llegar a hacer o lo que hacemos, no lo hacemos a pleno rendimiento. 

“Llegar a todo” se ha convertido en un problema del siglo XXI. Bien sea por autoexigencia o por exigencias del guión como dirían los cineastas, las ansias por llegar a todo está suponiendo un aumento en las consultas de los psicólogos por casos de ansiedad. Y este mal se traslada tanto a padres y madres de familia, como a solteros e incluso a jubilados, que ven como su retiro dorado queda totalmente trastocado porque han de cumplir con mil y una actividades, con el cuidado de los nietos a veces o con otras funciones que han ido añadiéndose a la lista de sus quehaceres casi sin darse cuenta. 

El estrés ha entrado de lleno en nuestras vidas y aunque no lo suframos, lo usamos en nuestras conversaciones como si fuera un fiel compañero de nuestras aventuras y desventuras. Sin embargo es en realidad mucho más. Los expertos lo definen como la reacción natural de nuestro organismo que aparece para poder adaptarnos al entorno en el que nos encontrarnos. De hecho para poder enfrentarnos con relativo éxito a las demandas del día a día, nuestro organismo se moviliza de tal manera que a nivel mental, físico y conductual, se adapta y readapta las veces que hagan falta hasta acomodarse. Y cuando la situación, el problema o el conflicto ha sido resuelto, nuestro organismo recupera su estado natural, su estado anterior o el estado de equilibrio que necesita. 


El estrés nos lleva a intentar «llegar a todo»

Por ello no es necesario “llegar a todo”. Ni tan siquiera es necesario llegar a casi todo. Sino más bien entrenarnos para que lo que suceda, lo haga porque lo tiene que hacer y nuestro organismo sepa cómo adaptarse a los cambios. Sin estrés, sin ansiedad y sin autoexigirse ese “llegar a todo” que quizá nos traiga más problemas que beneficios. 

¿Tienes acaso una sensación de cansancio que se prolonga en el tiempo? ¿Te duele la cabeza? ¿No consigues descansar porque mil pensamientos se agolpan en tu cabeza cuando llega la hora de dormir? ¿Estás alterado, nervioso? ¿Te impactan cosas a las que antes no les dabas importancia? Es posible entonces que sufras estrés. Que estés queriendo llegar a todo cuando en realidad, con menos de la mitad podrías marchar perfectamente. Piénsalo ¿de verdad crees que puedes estirar las horas del día? ¿Terminas tus tareas teniendo la sensación de que has puesto todo de ti en ellas, o más bien las has acabado a regañadientes mientras hacías otras tantas de manera paralela?

Neurológicamente está comprobado que aunque seamos capaces de hacer dos cosas a la vez, el cerebro no es capaz de rendir al 100% en ambas. Irremediablemente a una de las dos le dedicará más energía y una mayor concentración que a la otra. Por tanto si de manera natural nuestro propio cuerpo nos está diciendo que lo que tengamos que hacer es mejor hacerlo despacio y cuando toque, dedicándole el tiempo que realmente necesita y sin agobios ¿por qué nos empeñamos en querer llegar a todo?

Relativizar puede ser un primer buen paso para no agobiarnos. Y también para entender que no hace falta llegar a todo porque con menos también sobrevivimos. O más bien con menos también podemos vivir. Quizá más felices, con menos estrés, con la sensación de que lo que hemos empezado lo hemos acabado y sin haber forzado la máquina que es nuestro cuerpo. Cuidémonos para poder cuidar después a los demás. 


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