LOS DOMINGOS Y LA FE QUE NO SE HEREDA 

Barcelona acogerá la 40 edición de los Premios Goya el próximo 28 de febrero de 2026, una gala que tendrá lugar en el Auditori del Centre de Convencions Internacionals de Barcelona y que, entre las quinielas, dan como clara vencedora a una película que desde el comienzo de la carrera de premios de 2025/2026 viene sonando fuerte. 

En el contexto de esta edición de los Goya hay una película que concentra buena parte del debate crítico y de las expectativas de premios por razones que van más allá de lo cinematográfico. Los Domingos no solo destaca por su solidez como proyecto, sino por el tema que pone sobre la mesa y por cómo decide abordarlo, especialmente a través de sus personajes femeninos. 

Una decisión individual que transforma el espacio familiar en un terreno de conflicto

Los Domingos gira en torno a una joven que, en un momento fundamental de su vida, toma una decisión vinculada a la fe que descoloca por completo a su familia. Esta decisión obliga a su entorno más cercano a enfrentarse a una decisión que no esperaban y que no saben cómo gestionar. 

La película no se centra en el debate ideológico de la fe. No contrapone posiciones religiosas ni construye un discurso en contra o a favor de la fe. El eje principal de la película se sitúa en las consecuencias emocionales de una elección individual cuando esa elección se percibe como una ruptura con el proyecto familiar. 

A partir de ese punto, Los Domingos se centra en la interpretación de unos personajes femeninos sublimes. Mujeres de distintas generaciones que reaccionan desde lugares muy distintos ante una decisión ajena, pero que afecta, en mayor o menor medida, al colectivo de la familia. 

Un análisis sociológico de la fe elegida en la juventud

Desde una perspectiva sociológica, la película Los Domingos permite observar un fenómeno cada vez más visible en las sociedades actuales: el desplazamiento de la fe desde el ámbito de la herencia familiar hacia el terreno de la elección individual. Los jóvenes ya no tienen por qué heredar las creencias religiosas de su familia, sino que pueden crear un espacio propio donde solo imperen sus ideas, aunque eso les suponga conflictos con las familias y su entorno. 

En la película de Alauda Ruíz de Azúa, la fe de la joven no está sostenida por una comunidad fuerte ni por un mandato familiar. La religión deja de ocupar un papel central en la organización social y pasa a situarse en el ámbito de lo privado. En este nuevo escenario, la fe debe ser buscada, asumida y asumida por quien la adopta. 

Esta transformación desplaza la fe del terreno de la norma al de la identidad, funcionando como una herramienta para definirse a uno mismo. Creer ya no implica cumplir un rol social esperado, sino posicionarse frente al mundo desde un marco simbólico propio, aún a riesgo de quedar desalineado con el entorno más inmediato. 

Juventud y búsqueda de sentido cuando los marcos tradicionales ya no ofrecen respuestas

En los últimos años, las trayectorias vitales han dejado de ser predecibles. Estudiar, trabajar, independizarse, formar una familia: lo que antes funcionaba como un ciclo más o menos estable hoy se presenta aplazado o roto. Para muchos jóvenes, ya no se percibe como una promesa, sino como una incógnita permanente. En ese sentido, la pregunta sobre el sentido de la vida se convierte en algo urgente. 

Cuando estos marcos tradicionales de familia, trabajo, ideologías pierden capacidad para ofrecer orientación, los jóvenes se ven obligados a encontrar y construir respuestas propias. 

En la película Los Domingos, no se presenta como un impulso o como una huida, sino que la fe surge de una manera gradual, casi silenciosa, como una manera de ordenar lo que no encaja. No responde a una presión externa, sino a una necesidad interna de significado. En este sentido, creer implica una idea de continuidad. 

Y este fenómeno no es algo excepcional en los días que corren. Muchos jóvenes exploran espacios que les permitan construir su verdadera identidad en ausencia de referentes sólidos. Y esto obliga a quienes los rodean, a asumir que las decisiones y creencias no se imponen ni se heredan de forma automática, sino que nace de un proceso personal que, en muchos casos, puede desconcertar, pero que debe ser respetado. 

Creer en los jóvenes cuando dejan de parecerse a nosotros

Los Domingos no busca dar respuestas ni posicionarse. La cuestión no es juzgar la fe, sino preguntarnos si sabemos convivir con decisiones que no entendemos o no encajan con nuestra manera de ver el mundo. Por lo tanto, el conflicto que plantea la película nominada al Goya no es religioso, sino generacional. 

Hay que aceptar que los hijos y jóvenes no están para confirmar nuestras creencias y certezas, sino para crear su propia identidad, su propio sentido de la vida. Educar no garantiza la continuidad y nunca debemos controlar el relato para que los jóvenes sigan nuestros dogmas de vida. Es un error. Deben crecer libres y con identidad propia. Y muchas veces, esto puede incomodar, pero hay que aceptar. 

Los Domingos nos recuerda algo fundamental: y es que, cuando los jóvenes buscan respuestas, no ponen a prueba su fe sino nuestra capacidad de acompañar, aceptando que se debe aceptar las creencias del otro desde un lugar que ya no controlamos. 

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