Cuando el Vaticano anunciaba hace unos días la publicación de Magnifica Humanitas, la primera encíclica del Papa León XIV, muchos pensaron que se trataría de un texto dirigido principalmente a los católicos. Sin embargo, tras haberlo leído, creo que su interés va más allá del ámbito religioso, ya que uno de los temas centrales que aborda es el de la inteligencia artificial.
No es una encíclica técnica. No explica cómo funcionan los algoritmos. Lo que hace León XIV es reflexionar sobre las consecuencias que puede tener esta tecnología en nuestra forma de vivir, trabajar, educar a los hijos y relacionarnos con los demás. Y, sinceramente, creo que algunas preguntas que plantea merecen atención.
La tecnología avanza más rápido que el debate
La sensación que tengo cuando leo una noticia sobre inteligencia artificial es que todo ocurre a una velocidad vertiginosa. Cada semana, por no decir cada día, aparecen nuevas herramientas capaces de hacer algo que hace poco parecía reservado a las personas. Redactar textos, crear imágenes, resumir documentos, programar o mantener conversaciones complejas. Aunque, pienso algo sobre todo esto: la IA puede hacer todo esto, pero el factor humano sigue siendo esencial.
Basándonos en la encíclica, me parece muy interesante que León XIV intente llevar la conversación a otro terreno. En lugar de preguntarse qué puede hacer la inteligencia artificial, se pregunta qué debería hacer y cuáles son los límites que la sociedad debe establecer.
Y me parece muy importante responder a estas cuestiones de forma honesta, ya que el hecho de que una tecnología permita hacer algo no significa que sea conveniente hacerlo.
La Iglesia no compite con los ingenieros
Uno de los comentarios más acertados que he leído tras la publicación de la encíclica procede de expertos en inteligencia artificial que han analizado el documento. Y todos coinciden en un aspecto fundamental: la aportación de la Iglesia no es tecnológica, sino moral. Y creo que ahí está una de las claves del texto.
Las empresas tecnológicas invierten miles de millones de euros en desarrollar sistemas más avanzados. Los gobiernos intentan regularlos y las universidades investigan las posibilidades reales de que estos sistemas funcionen. Pero hay preguntas que ninguna de estas instituciones puede responder por sí solas. Preguntas como: ¿Qué significa actuar de forma responsable? ¿Qué papel debe seguir teniendo el ser humano en decisiones importantes? ¿Qué aspectos de nuestra vida no deben quedar al mando de la tecnología?
Como ves, son cuestiones éticas antes que tecnológicas. Y yo me pregunto: ¿Hacia dónde va esa humanidad que se rige por la tecnología en lugar de orientarse por normas morales?
El problema no es la inteligencia artificial
Algo que me llamó la atención es que la encíclica no asume un tono alarmista. León XIV no presenta la inteligencia artificial como el enemigo, sino que reconoce sus beneficios y las oportunidades que puede generar en ámbitos como la medicina, la investigación o la educación. De hecho, gracias a la inteligencia artificial se aceleran diagnósticos médicos y se facilita el acceso al conocimiento para millones de personas.
El problema, según plantea el texto, no es la tecnología. El problema aparece cuando empezamos a pensar que la tecnología puede sustituir cualquier aspecto de la vida, delegando a un segundo plano a los seres humanos.
Cuando una inteligencia artificial recomienda una decisión, no asume las consecuencias de esa decisión. Cuando genera un texto, no entiende el impacto emocional que puede sentir la persona que lo lee. Cuando responde a una pregunta difícil, no experimenta dudas ni conflictos éticos. Todo eso sigue perteneciendo al ámbito exclusivamente humano.
La pregunta que nos debemos plantear es la siguiente: ¿queremos que un algoritmo domine nuestra vida?
Educar en tiempos de inteligencia artificial
Otro de los apartados que más me gustó de la encíclica es el dedicado a la educación. En los últimos tiempos, hemos visto cómo las escuelas, institutos o universidades intentan adaptarse a herramientas que en cuestión de segundos son capaces de redactar trabajos completos.
Lo normal sería preguntarse cómo incorporar la inteligencia artificial al aprendizaje. León XIV añade otra pregunta: cuándo conviene no utilizarla.
Si un estudiante utiliza la IA para resumir libros, redactar textos o resolver un problema matemático, probablemente la inteligencia artificial lo hará, pero habrá perdido algo fundamental durante el proceso: el aprender. Y es que aprender no solo consiste en llegar a una solución. También implica investigar, equivocarse y aprender a pensar por uno mismo. Y esto no te lo da la inteligencia artificial.
Cuando estudiaba la carrera no existía la inteligencia artificial. Cada trabajo de clase lo realizaba a base de investigación, mucha búsqueda de información y criterio personal. El resultado: trabajos magníficos de los que hoy aún me acuerdo. Hoy me alegro de haber estudiado la carrera al margen de las tecnologías. He aprendido más y recuerdo como si fuera ayer los pasos que daba hasta entregar un trabajo. Hoy todo eso se ha diluido, y es una pena.
Y, para terminar, dejo dos preguntas en el aire: ¿Cómo queremos utilizar la inteligencia artificial? ¿Qué tipo de educación necesitamos en un mundo donde una máquina puede responder casi cualquier pregunta?
