LA CRUELDAD: ¿SOMOS REALMENTE CRUELES?

Es innato, a la pregunta de si somos crueles, todos vamos a responder inmediatamente que no. Después quizá nos empecemos a preguntar a qué situaciones se refiere la cuestión o en qué circunstancias. Porque tal vez nos entre la duda y ciertamente en algún momento de nuestro día a día, podemos llegar a regalar crueldad al que tenemos al lado, aunque inconscientemente pensemos que no lo hacemos. 

Nadie será sometido a tratos crueles o degradantes” es lo que reza el artículo 5 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No es verdad ni se cumple a rajatabla. En ciertos lugares de hecho, ni siquiera a medias. Y en nuestra cotidianidad, la crueldad a veces se ve tan normal, que la practicamos casi sin darnos cuenta.

Pensemos en no ser crueles en el día a día

En determinados ámbitos las cifras lo muestran. Según agencias como Europa Press, en septiembre de 2020 el 6,9% de los estudiantes declaraban haber recibido ciberacoso en los últimos dos meses. Un fenómeno según Unicef, difícil de cuantificar por las diferentes franjas de edad sobre las que se sufre y porque es complicado determinar qué es agresión o qué no. 

El ciberacoso es la acción que traslada al universo virtual el acoso escolar. Y que lo propaga en las redes sociales dejando una huella digital de por vida, no solo en Internet sino también en la autoestima de quién lo sufre. Es una forma moderna de degradación hacia el otro, incluso a edades tempranas. Y esa práctica, esa lacra social, si no se le pone remedio, puede tener consecuencias tan terribles como la muerte. Esto es un acto tan cruel como el hecho de silenciarlo por las posibles consecuencias que pueda tener, incluso sobre el delator que lo da a conocer de forma pública.

Ya si hablamos de la degradación merece que contemplemos la humillación a la que cada día someten agrupaciones, instituciones y otras entidades a los migrantes que vienen. A pequeña escala, también humillamos cuando más allá del humor, contamos chistes sobre chinos, negros, moros, gitanos, mariquitas o gordos, mofándonos y considerándonos que somos diferentes por el mero hecho de no haber nacido en China, por no tener la piel dos tonos más oscura, por profesar otra religión o ninguna siquiera, o por creer que no tenemos más “deje” que el que es considerado habitual. 

Degrada el jefe que tira por tierra el trabajo de su empleado sin darle más opciones a la mejora. También el profesor que se ríe de los errores de sus alumnos de manera pública en medio de una clase, para que el resto de compañeros entiendan cómo no hay que hacer las cosas. Es degradante el trato del marido que menosprecia a la mujer o el de la mujer que es cruel hablando mal a sus hijos. 

Degradante también el trato del cliente que se cree rey en una mesa de terraza y trata al camarero como su sirviente. Y el del viandante que escupe, lanza basura o mira por encima del hombro al indigente que todos los días se sienta frente a la puerta de una oficina bancaria en la calle, para pedir algunas monedas con las que poder comer. 

Seamos respetuosos con los animales y la naturaleza

¿Y qué decir del trato que proporcionamos al medio que nos rodea y a los animales que nos vamos encontrando a nuestro paso? ¿Lo tratamos todo con el respeto que se merecen? Basta observar hacia dónde va nuestro pie cuando hay un hormiguero cerca. La tentación de pisar a las hormigas es superior al respeto que debemos tener por esos pequeños animales que se pasan el día cargando y trabajando. Los animales merecen nuestro respeto porque ellos mismos nos respetan. Son merecedores de un trato, al menos cordial.

El medio natural, el mismo suelo que pisamos, los árboles, arbustos, plantas, el campo, también reciben a diario tratos crueles por parte del ser humano. Porque tal vez éste se ha olvidado de que todo nace de lo natural y a partir de ahí va evolucionando hacia otros estadios. Debemos cuidar la naturaleza porque ella cada día nos cuida a nosotros. No hay más.

Cómo tratemos a los demás, dice mucho de nosotros…

A veces somos crueles cuando hablamos con algún tono de más porque estamos enfadados. A veces lo somos sin querer serlo e incluso sin darnos cuenta de que en realidad lo somos o lo hemos sido. Aunque nos salva que siempre existirá el perdón. No la palabra, sino el sentimiento por el que queremos deshacernos de la mala conciencia y creemos que las malas acciones podemos remendarlas. 

Somos crueles con los niños cuando les tratamos como si tuvieran que ser adultos de repente, sin oportunidad de que aprendan a equivocarse o que se equivoquen una  y otra vez. También somos crueles cuando no les dejamos ser niños de la manera en que sí lo fuimos nosotros. 

El Estado es cruel cuando no protege a los menores. Cuando consiente que sucedan hechos como los que a veces ocurren en esos centros. Y si consiente en estos casos, ¿cómo no va a consentir en muchos otros en los que podemos llegar a vernos involucrados los demás? 

La crueldad y la degradación se ejercen, se consienten, se admiten y se dejan pasar porque en ocasiones forman parte de lo que es habitual. Y no nos percatamos de que son parte del articulado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que vemos una vez más, que es papel mojado.


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