LA CIENCIA DEL ESTADO

Detesto la estadística porque es la resolución de problemas desde un punto de vista racional y los seres humanos no somos racionales, somos humanos.

La estadística nació, y se perfeccionó, como un intento de ordenar el caos mediante el intelecto formal. Durante siglos, la economía clásica y la ciencia política asumieron la falacia del “Homo Economicus” que sostenía la idea de que los seres humanos somos calculadoras andantes que siempre elegimos la opción más lógica, fría y beneficiosa. Pero la psicología moderna, la economía del comportamiento y la sociología han demostrado lo contrario: que los seres humanos no somos calculadoras; somos imperfectos narradores que tomamos decisiones impulsadas por emociones, por confusos sesgos cognitivos, lealtades tribales, miedos, esperanzas y contextos biológicos que escapan por completo a la rigidez y exactitud de una hoja de cálculo.

La irracionalidad es parte de nuestra naturaleza

Para la estadística, un sesgo es un “error de cálculo” que debe ser corregido, pero para el ser humano, ese mismo sesgo es parte de nuestra identidad, de nuestra cultura y de la forma en que entendemos el mundo. Por eso, cuando el poder utiliza la estadística para gobernar sin alma, terminamos manejados por fórmulas exactas que producen sociedades profundamente injustas o insatisfechas. Al final, no somos números que resolver; somos seres humanos que comprender.

Durante siglos, los gobiernos han recopilado datos sobre la población, han tasado los recursos económicos, han medido las tierras, han fijado impuestos y han preparado fuerzas militares para administrar sus dominios de manera eficiente. Todas estas medidas entregaban datos que mostraban la radiografía del país y marcaban las líneas a la hora de tomar decisiones políticas.

Para la filosofía y la lógica, la tendencia de aceptar la opinión de la mayoría como un criterio válido se conoce como “Falacia Ad Populum”. Aceptamos la opinión de la mayoría no porque hayamos verificado su criterio, sino porque nuestro cerebro prioriza la aceptación social, el ahorro de energía y la resolución rápida de dudas por encima de la búsqueda rigurosa de la verdad.

Es una paradoja fascinante: ¿cómo es posible que un mecanismo tan simplista sea el motor principal de la conducta humana y de las decisiones más importantes de la sociedad occidental, en lo que conocemos como modelo democrático? La respuesta reside en que la mente humana no evolucionó para buscar la verdad objetiva, sino para garantizar la supervivencia y el funcionamiento colectivo.

La verdadera función de la democracia

¿Por qué seguimos usando el voto para elegir a quienes nos gobiernan, sabiendo que la masa es manipulable y que las reglas del juego las diseña el propio poder? Seguimos cometiendo el error de considerar la democracia representativa como un sistema para seleccionar a los mejores o más capacitados. Sin embargo, su función principal es otra: legitimar el poder sin recurrir a la violencia.

Quien quiera deprimirse que investigue sobre la regla D’Hondt. Hoy, yo prefiero seguir hablando sobre cómo la estadística avanzada permite identificar los miedos y sesgos de grupos específicos de la población para enviarles mensajes hechos a la medida y alterar la tendencia final a favor del poder.

La estadística mata la personalización ya que necesita anular la singularidad para generar sus cálculos. Una persona de carne y hueso, con sus contradicciones, contextos únicos y excepciones, es un “ruido” que hay que eliminar o promediar.

Estadística vs humanidad

Si el promedio dice que algo funciona para el ciudadano estándar, las políticas públicas o comerciales se diseñan para ese molde. Quien no encaja en la campana de Gauss se vuelve estadísticamente invisible. La estadística, por tanto, institucionaliza la indiferencia hacia la personalización.

Para los gobernantes la estadística es el instrumento de control definitivo porque traslada la responsabilidad de la decisión humana a la “fuerza de los hechos” y permite que desaparezca el responsable político. Así, nadie tiene la culpa del resultado y evita que alguien pueda reclamar su derecho a ser una excepción.

Pero si volvemos la vista hacia el pasado podremos comprobar que muchas de las decisiones más innovadoras, éticas o avanzadas de la historia, como el abolicionismo, los derechos civiles o numerosos avances científicos, no nacieron del 70%, sino de minorías que inicialmente rondaban entre el 1% y el 5%.

Cuando la estadística se usa para aplastar al 30% rechazado sin escuchar sus razones, la sociedad no solo aplasta a la persona: corre el riesgo de enterrar la misma disidencia que hace avanzar al mundo.

Votas ergo existes

En mi artículo de esta semana sólo escribo brevemente sobre este tema ya que me resulta relevante, pero si de verdad quieres saber más sobre este problema te recomiendo los estudios en torno a la personotecnia de Javier G. Recuenco. 

Nos enfrentamos de nuevo a unas elecciones generales en las que, como de costumbre, los medios de comunicación siguen incidiendo sobre la importancia del voto, la representación o la relevancia de nuestras decisiones como ciudadanos a la hora de elegir a quienes nos deben representar en el gobierno. Pero como suele ser habitual, toda la conversación se basa en mostrarnos quiénes son los más apropiados según los ideales de cada corriente o en la conveniencia de un partido respecto al resto según lo que proclaman.

Tal vez, algún día dejemos de hacer caso a lo que vociferan y muestran en sus pancartas plagadas de consignas, para empezar a reparar en lo que hacen.

Las promesas políticas siguen saliendo muy baratas ya que se escriben sobre el recuerdo y el tiempo maltrata a la memoria. Los hechos en cambio no necesitan ser defendidos porque sus resultados se proyectan en el futuro.

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