LA BUENA VIDA DE LAS FARMACÉUTICAS

Soy parte de esa última generación que tuvo que hacer el servicio militar obligatorio, y consciente de que corren otros vientos, a estas alturas no me queda claro si perdí un año de mi vida o realmente me sirvió para algo. Pero sí quedaron marcados en mis recuerdos determinados detalles que con el paso del tiempo han adquirido un valor documental interesante.

De septiembre de 1987 a marzo de 2026 han pasado algunas décadas y aquel año que viví de forma tan atípica me ayuda a mantener en la memoria detalles que en una situación normal posiblemente hubiera pasado por alto.

Analgésicos en el Ejército

Recuerdo que cuando tenía algún permiso y volvía a mi casa de Madrid, mi madre siempre me pedía que le llevara paracetamol y aspirinas de las que teníamos en el ejército. Porque después de probar alguna que yo le había dado, decía que esas le quitaban mejor el dolor de cabeza.

Durante ese año en Almería estuve destinado como operador de radio de un teniente coronel. Pero mis mejores amigos desde el periodo de recluta estaban en enfermería, así que tenía fácil acceso al botiquín. En aquella época no había tantos medicamentos ni por supuesto se tomaban con la ligereza actual. Para un dolor de cabeza habitual, la posología del paracetamol que se recetaba y normalmente resultaba efectiva era de 250mg. En cambio, las pastillas que utilizábamos en el ejército y me pedía mi madre eran de 500mg y no se encontraban en la vida civil.

Cuarenta años después, la dosis recomendada para un dolor leve es de 650mg. Y para un dolor moderado es de 1g, con un máximo diario recomendado de 3-4g.

El dolor sigue siendo el mismo, mi cabeza, aunque más calva, también; pero en cuarenta años hemos multiplicado la dosis habitual por hasta cuatro veces.

Diferentes países, diferentes dosis

Y aún es más curioso cuando te enteras que la dosis habitual en la mayoría de países es de 500mg. Pero en España la pauta típica es de 1g cada 8 horas. Por eso en España las empresas comercializan comprimidos de 1g que no se suelen encontrar en otros países del ámbito occidental.

En el resto de países, la dosis se suele limitar a 500mg debido a los numerosos estudios que lo relacionan con riesgo de hepatotoxicidad. El paracetamol es uno de los medicamentos más consumidos pero también una de las causas más frecuentes de fallo hepático agudo en el mundo.

Aquí yo veo dos evidencias claras que, al menos una de ellas se resuelve con la máxima habitual en la sociedad moderna: “Follow the money”.

La primera evidencia: a las farmacéuticas les conviene hacernos dependientes de los medicamentos y que nuestro umbral del dolor sea más bajo. Sobre todo respecto a un medicamento tan liberado como el paracetamol, que una vez caducadas las patentes presenta un margen de beneficios más bajo. 

Recordemos que la industria farmacéutica consigue sus mayores beneficios con las enfermedades crónicas ya que las que se resuelven de forma breve y curan al paciente no les resultan un buen negocio.

La segunda evidencia tiene que ver con potenciar una dependencia del estado. En un sistema sanitario excesivamente laxo a la hora de medicar y repartir pastillas como si fueran caramelos, hemos generado una población adicta a las soluciones sencillas. A la pastilla que me ayuda a evadirme de mis problemas y puedo pasar el día lo suficientemente aletargado como para no reconocer verdades dolorosas.

España a la cabeza del consumo de benzodiacepinas

Esto que suena a conspiranoico, deja de serlo cuando evidenciamos que España es el primer país del mundo en consumo de benzodiacepinas. Esta palabra tan extraña muestra su peligro cuando entendemos que son medicamentos psicotrópicos que actúan sobre el sistema nervioso central con efectos sedantes, hipnóticos, ansiolíticos, amnésicos…

Medicamentos altamente adictivos, con graves problemas de abstinencia al dejar de tomarlos. Y alta tolerancia farmacológica que obliga a ir aumentando la dosis para conseguir los mismos resultados.

Las farmacéuticas disponen de alternativas como la buspirona, con menor poder adictivo y sin dependencia. Pero curiosamente las benzodiacepinas siguen siendo la elección más habitual en las prescripciones.

Nos aterra el dolor

Vivimos en una sociedad a la que le aterra el dolor, olvidando que el dolor es un elemento intrínseco en la vida y un valioso dato en asuntos de salud. Ya que es uno de los principales síntomas en cualquier informe médico. Suele ser uno de los primeros avisos de nuestro cuerpo ante algo que no funciona correctamente. Si a un enfermo se le modifica su sensación ante el dolor, las informaciones que compartirá con su médico estarán alteradas. Y el diagnóstico será menos acertado.

Como muchas otras problemáticas a las que nos enfrentamos, estamos ante un problema complejo, que sólo se solventa con planteamientos igualmente complejos, holísticos y enfocados desde distintas disciplinas.

Tampoco voy a caer en la teoría del “hombre blandengue” que decía El Fary. Aunque en mi fuero interno esté bastante de acuerdo, ya que mi experiencia personal me ratifica ante mis hipótesis: debe hacer más de treinta años que no voy al médico. Intento no medicarme ante resfriados o procesos gripales habituales en los cambios de temporada. Trato de llevar una vida lejos del estrés y evitando los alimentos artificiales…

Y cuando el trabajo o cualquier otro motivo me produce dolor de cabeza, que suele sucederme a lo sumo una vez al año, medio comprimido de los actuales me lo quita con la misma eficacia que lo hacía cuatro décadas atrás.

Por cierto, los datos también indican que los españoles estamos entre los más longevos del mundo. Y que mantenemos una buena calidad de vida, aunque me gustaría tener más datos sobre la buena vida de las farmacéuticas.

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