JORGE DE ESTEBAN, UN MAESTRO DE LA DEMOCRACIA

Conocí a Jorge de Esteban en 1977. Comenzaba yo en este oficio del periodismo en Diario 16 a la vez que entraba en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense. Fue mi profesor de Derecho Político, con Luis López Guerra como ayudante. Desde el primer día de clase percibí que estaba ante un maestro, un demócrata independiente y un hombre bueno. Era un profesor fantástico, cercano, nada altivo, abierto siempre a la discusión. Sabía escuchar y sabía hablar. Le gustaba que en sus clases interviniéramos y nos invitaba a ello sin presión. La noticia de su muerte, ayer, me conmocionó, pero me queda el honor de haber sido su alumno. De haberle tratado, haber sido su amigo y haberle fichado para el Consejo Editorial del diario “El Mundo”, del que fue accionista fundador.


Jorge de Esteban: sin una prensa libre no hay democracia

En la Facultad, muchos días después de la clase acudía a su despacho o nos tomábamos algo en la cafetería de la Facultad. Me gustaba escucharle y compartir con él mis inquietudes y mis primeras andanzas en el periodismo. Y me reforzó mi creencia de que sin una prensa libre no hay democracia.

Jorge nació en Madrid en 1938. Estudió en el Colegio Alemán, donde comenzó su amistad con Enrique Gimbenat, el más relevante penalista de España aún hoy, se doctoró en Derecho con Premio Extraordinario e ingresó en la Universidad como ayudante de Luis Sánchez Agesta. A finales de los años 60, cansado de la universidad del franquismo, se fue a la Sorbona de Paris, donde trabajó con Maurice Duverger, uno de los teóricos del Derecho más importante de Europa. Con su doctorado en Paris regresó a España y en 1972 logró ser catedrático de Derecho Político.

Fue profesor visitante en Berkeley, Michigan y Harvard, y uno de sus libros de cabecera que siempre recomendaba era “La democracia en América”, de Tocqueville. Fue presidente de la Asociación Española de Derecho y subdirector del Centro de Estudios Políticos. Como autor escribió más de 35 libros, entre los que cabe destacar “El régimen constitucional español”, “La crisis del Estado franquista” y “Los partidos políticos en la España actual”.

Aunque no figura nunca entre los llamados padres de la Constitución, sus aportaciones fueron esenciales. Ya había asesorado a Torcuato Fernández Miranda en la transición para pasar a la democracia “de la ley a la ley”. Fue Felipe González el que le llamó para pedirle asesoramiento y quien le encargó un proyecto de Constitución Federal, y formó parte del grupo de expertos que formó el PSOE en el Congreso para que les asesoraran en la redacción de la Constitución, de modo que puede decirse que fue el octavo padre de la Constitución siempre en un segundo plano. Quedó decepcionado con el texto final porque él era partidario de un régimen federal “con techos y suelos” y no de un título VII como el aprobado que ya anunciaba él que colocaba al Estado en una posición débil frente a los nacionalismos.


Siempre estuvo en la defensa de la libertad de prensa

Jorge era un conversador brillante y un lector empedernido. Un tipo elegante en todos los sentidos, con una voz grave muy característica. Uno de esos tipos con los que puedes estar o no de acuerdo, pero al que no escuchas nunca decir una tontería. Vivía en el barrio de Chamartín y junto a su casa tenía un pequeño piso en el que guardaba una biblioteca fantástica. Era hondamente culto. Y compartíamos también nuestra afición al fútbol y nuestro amor por el Real Madrid. Juntos acudimos muchas veces al Bernabéu. Fue un hombre de izquierda, siempre independiente y terminó muy decepcionado.

Siempre defendió la necesidad de modificar la Constitución para adaptarla a los nuevos tiempos y siempre estuvo en la defensa a ultranza de la libertad de prensa. En el epílogo de uno de sus libros escribió: “Aprendí, de forma decepcionante, que la izquierda no se diferencia apenas de la derecha conservadora en la forma de gobernar, de manipular y de aferrarse al poder por el poder, cuando yo siempre había pensado que si había alguna razón para ser de izquierdas no podía ser otra que la creencia en una valores, en una ética, en la absoluta convicción de que las cosas que van mal y los males sociales que aflijen a nuestro país no son irreparables, sino que la política los puede solucionar, o, al manos, mitigar”.

En 1983, Felipe González le nombró Embajador de España en Roma. Un embajador político al que siempre reconocieron como uno de los suyos en la cerrera diplomática, cosa harto difícil. Tuve la suerte de pasar cuatro días maravillosos invitado en su residencia en Roma. Uno de sus empeños era que creciera la presencia cultural de España en Italia, y organizó todo tipo de actos con intelectuales y políticos italianos. Se hizo buen amigo del presidente italiano Sandro Pertini, del que hizo su “laudatio” cuando fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad Complutense. De su paso por Roma quedan dos libros suyos, “Asuntos Exteriores” y “Diario romano de un embajador” que son referentes.

Tras su regreso a España en 1987, en 1989, cuando un pequeño grupo de periodistas liderado por Pedro J. Ramírez fundamos el diario El Mundo, acudí a él para que nos apoyara económicamente haciéndose accionista, y sobre la marcha me dijo que sí. Poco antes de que en octubre saliera a la calle el primer número, creamos el Consejo Editorial, y le propuse a Pedro J. Ramírez que lo presidiera Jorge. Organicé una reunión, le ofrecimos la presidencia del Consejo Editorial, aceptó y solo nos pidió, haciéndonos un favor él a nosotros, que incorporáramos al Consejo a Enrique Gimbernat, catedrático de Derecho Penal. Un Consejo Editorial de lujo, insuperable, con dos de los juristas más importantes de España. De ahí surgió mi amistad fraternal, también, con Gimbernat.


Mi reconocimiento a un hombre entregado al periodismo

Durante su estancia como embajador en Roma se hizo experto en la política italiana, y empezó a distanciarse y detectar que las practicas clientelistas de los partidos no tenían nada que ver con la democracia, él que siempre entendió el Derecho Constitucional como una herramienta para defender las libertades individuales y la expresión democrática de la voluntad popular, siempre lejos de dogmatismos y sectarismos que le alejaban de los partidos y el Parlamento.

Durante muchos años Jorge puso su inmensa sabiduría teórica y práctica al servicio del periódico y de sus lectores. Y durante años, en sus artículos iba advirtiendo todos los defectos de nuestro sistema que nos han llevado a la situación actual. En las más duras Jorge siempre estuvo a mi lado, no como un maestro, que lo fue, sino como un amigo leal, generoso y entregado.

Llevaba años padeciendo una enfermedad pulmonar que mal llevaba. La última vez que le vi me lo encontré después de comer en un restaurante cerca de su casa. Estaba muy afectado por su enfermedad, nos abrazamos y nos sentamos en un banco donde charlamos hasta bien entrada la tarde de lo divino y de lo humano. Con Jorge en cada conversación aprendía algo. La muerte de Jorge de Esteban nos deja un vacío inmenso. Mi reconocimiento a un hombre que trabajó sin descanso para tratar de hacer de España un país mejor. Si quienes nos han gobernado hubieran hecho más caso de sus escritos la España cainita de hoy no existiría y el sistema funcionaría mucho mejor. Mi agradecimiento a Jorge por haberme regalado su amistad y su sabiduría. Es de esos hombres a los que nunca olvidaré y a los que echaré de menos siempre.


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