EL HUMO QUE OPACA EL PAISAJE

En numerosas ocasiones he comentado que no me gusta tener razón, y casi siempre he tenido que explicarlo. La razón está sobrevalorada ya que me parece el concepto que más nos bloquea ante cualquier proceso de aprendizaje. Frente a una discrepancia, si resulta que finalmente tenía razón, mi posición acaba siendo la misma que antes de la discusión. Después de todo no he aprendido nada y lo peor es que corro el riesgo de anclarme en mis ideas y en la peligrosa inercia de la obcecación. En cambio, cuando me muestran que estaba equivocado y que mis planteamientos no conducían a la verdad sino a una callejón sin salida, las nuevas evidencias son como un rayo de luz; una ventana de aire fresco que me permite caminar un nuevo sendero lleno de sorpresas y descubrimientos. 

Hoy he caído en cuenta de una de estas situaciones y me gustaría comentar lo sucedido: acostumbro a pensar y por ende, a decir, que la casta política que tenemos son lo peor de cada casa y que el gran problema de las últimas décadas radica en los políticos que hemos elegido para gobernarnos. Pero esta idea recurrente y limitante se enfrenta a una máxima que suelo defender: las generalizaciones impiden apreciar los matices y podemos acabar dejando que nuestros sesgos manipulen la forma en que observamos el mundo.

Funcionarios trabajando en la sombra

Sé que generalizar es siempre un problema y en este caso, un problema que influye a mucha gente que sí hace su trabajo a pesar de los palos en las ruedas que atraviesan los que manejan el gobierno desde sus intereses. Y no hablo solo de los funcionarios que tratan de hacer su trabajo de la mejor forma que les permiten con los escasos medios que suelen disponer.

Me refiero a esos cargos intermedios que a pesar de ser elegidos desde instancias políticas, consiguen mantenerse un par de pasos detrás de las cámaras y por ello algo más en contacto con los problemas reales.

Reconozcámoslo…, los políticos que solemos ver en los medios de comunicación no suele tener interés por nada más allá de los titulares de la mañana siguiente. Preocuparse por algo que suceda el próximo mes o el año siguiente ni siquiera lo ponen en consideración. La espada de Damocles es tan liviana sobre sus cuellos que en veinticuatro horas pueden pasar de ostentar un cargo ministerial a ser sólidos candidatos a inquilino de Alcalá Meco.

En cambio, sólo hay que bajar un par de escalones en la jerarquía para encontrarnos con los que sufren los choques de realidad y bregan con problemas reales muy distintos a la intención de voto o los porcentajes necesarios para tramitar una ley. El mundo es más variado de lo que pensamos y más complejo de lo que querríamos.

Encajando legislación

Esta mañana asistí a una conferencia en la que uno de los ponentes, planteaba esa dicotomía. Por una parte sufría los bloqueos de una excesiva legislación europea que mostraba el guiño de la quiebra tras cada propuesta. En cambio unos minutos después nos relataba cómo tras varias reuniones y esfuerzos por todas las partes implicadas pudieron vislumbrar las grietas de las normativas, haciendo hueco a la convivencia del prestigio político, con la operatividad económica del sector empresarial. Un encaje de bolillos complejo y delicado que pudieron plasmar en unos acuerdos con beneficios para todas las partes. 

En los gobiernos se tiende a trazar unas líneas genéricas cuyos objetivos coinciden con mantenerse en el poder, alargar la legislatura e intentar prolongar esa situación si es posible durante cuatro años más. Pero también hay miles de profesionales que hacen su trabajo lo mejor que pueden; aunque sus jefes no suelan respetar los objetivos que les hicieron ocupar sus cargos.

Los gobiernos son como las tartas de cumpleaños: tras la vistosa y empalagosa capa de fondant que muestra dibujos realistas sobre colores incomibles, se ocultan otras capas de sabroso bizcocho donde profesionales bien cualificados mantienen en funcionamiento el tejido empresarial. Son quienes permiten que las empresas y los trabajadores avancen en su principal objetivo, que acaba resultando bastante previsible: ganar dinero.

Al margen de las pasiones y las aspiraciones personales, una empresa se suele crear principalmente para ser productiva, para generar riqueza y para que esa productividad se filtre en todos los estratos, desde los propietarios o la junta directiva hasta los trabajadores, incluyendo a todas las personas que están dentro de ese ecosistema. Y en la inmensa mayoría de casos, las empresas solo quieren que las dejen en paz y les permitan una cierta libertad de movimientos para conseguir ser rentables.

Y frente a la epopeya de tratar de generar riqueza, no dejamos de ver a los políticos más preocupados en desprestigiar a la competencia que en resolver entuertos y mejorar la vida de los abnegados votantes.

Campaña electoral a la vista

Estamos entrando en las semanas previas a unas elecciones generales, bajo el clima más áspero y enfrentado que se recuerda. Veremos todo tipo de insultos y desprecios porque la política ha llegado a unos niveles tan vergonzosos que la ética y la moral que deberían regir unos comicios, se sienten fuera de lugar.

Por ello, creo que es el momento perfecto para que los ciudadanos tomemos consciencia de esos oscuros intereses y nos neguemos a ser más leña para la hoguera. Sería un evocador ejemplo que en lugar de atizar las ascuas, nos dedicásemos a dejar que se disipe el humo y tratar de ver el paisaje futuro.

A veces la ira y el desánimo provocado por las decisiones de los gobernantes nos hacen pensar que todo político y todo funcionario se encuentran en el mismo barco y con los mismos intereses.

Tal vez estemos todos en el mismo barco, pero los intereses son bien distintos: no olvidemos que unos mandan y otros reman. Los que mandan quieren llegar y los que reman quieren vivir.

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