EL HECHIZO DE LAS PALABRAS

El trabajo y el tiempo libre, este último, un excelente maestro si se le presta atención, me han enseñado que las palabras pueden convertirse en un trampolín desde el que lanzarse con determinación hacia lo concreto y hacia el futuro. Solo hay que saber cuáles elegir y cómo interpretarlas. A veces basta una expresión aparentemente insignificante, escuchada en el momento adecuado, para cambiar la manera en que miramos algo. Y, cuando cambia la manera de mirarlo, quizá también cambie lo que hacemos.

El encuentro

La carrera para llegar al trampolín comenzó en enero, solo que entonces yo no lo sabía. Empecé un nuevo trabajo y, entre las reuniones del día, me detenía de vez en cuando para tomar un café. Fue durante una de esas pausas cuando escuché por primera vez las que, con el tiempo, se convertirían para mí en palabras mágicas. Las pronunció Mónica, una compañera que acababa de conocer.

Mónica me hablaba de su trabajo y de sus innumerables tareas. Me contaba cómo organizaba viajes, reuniones y compromisos para los ejecutivos con los que trabajaba, cómo estaba siempre pendiente de sus necesidades y cómo, en más de una ocasión, había tenido que renunciar a sus vacaciones o responder a llamadas fuera de horario para resolver alguna «urgencia». Lo contaba todo como si fuera lo más normal del mundo; como si, en realidad, no fuera para tanto.

El decir

Podría parecer una historia de esfuerzo extraordinario, la historia de una mujer desbordada de trabajo y responsabilidades, como tantas otras. Y, sin embargo, en el relato de Mónica no se percibía el peso del cansancio, ni preocupación ni agotamiento. Contaba cada pequeña gran hazaña con un tono desenfadado y con una expresión que, en mí, tenía un efecto casi hipnótico: ¿Qué puede costar? Al escucharla, todo parecía fácil, espontáneo, casi divertido, porque así era como ella lo contaba.

Llamar al hotel a las dos de la madrugada para reservar una habitación: ¿Qué puede costar? Negociar con el implacable empleado del aeropuerto para conseguir los billetes que se necesitan de forma imprescindible: ¿Qué puede costar? Llamar a la asistencia en carretera por el coche averiado en plena circunvalación: ¿Qué puede costar? No decía que fuera fácil, sino que, de alguna manera, se podía hacer.

Y esa diferencia empezó a interesarme, porque una misma situación puede cambiar mucho dependiendo de las palabras con las que la contamos.

El mar

No tendrá el encanto misterioso de un «ábrete, sésamo» ni la autoridad de un «abracadabra», pero el despreocupado ¿qué puede costar? de Mónica empezó enseguida a abrirse camino en el mar abierto de mis listas de tareas. Fue a buscar aquellas cosas que llevaban meses flotando en ellas, algunas incluso años. Tareas demasiado difíciles de gestionar y proyectos que nunca había hecho antes. ¿Y si hasta entonces hubiera utilizado un enfoque equivocado?, me preguntaba. ¿Y si parte de la solución estuviera en el cómo y no en el qué?

No se trata tanto de qué tengo que hacer, sino de cómo me lo cuento a mí misma, de las palabras que elijo para definirlo. Quizá, pensaba, si esas tareas estancadas en mis listas me las contara con el mismo tono que había escuchado utilizar a Mónica, las percibiría como obstáculos que se pueden afrontar y no como cargas. Con una pizca de ironía se volverían grotescas, en lugar de amenazantes y quizá conseguiría afrontarlas, no solo evitarlas.

Las palabras

Hay una distinción importante.

Existen circunstancias en las que las palabras pueden hacer poco, o deben elegirse con extrema atención, o harían falta palabras que todavía no han sido inventadas. O, incluso, es preferible el silencio.

Hay situaciones en las que existe una única versión de los hechos y es importante que siga siendo así, contada con esas palabras exactas. Pienso en un duelo, en un delito con una investigación en curso, en una situación de violencia en la que la víctima no es creída y su testimonio es minimizado o tergiversado. No todo puede resolverse cambiando la manera de nombrarlo.

Pero hay un mar de otras situaciones que pertenecen a la vida cotidiana: imprevistos, desencuentros, conversaciones difíciles, actividades que hay que realizar aunque no despierten demasiado entusiasmo y ahí sí las palabras pueden hacer mucho.

Mucho depende de las que elegimos y quizá también de lo que hacemos después de elegirlas.

El hacer

Vuelvo a Mónica, a su hechizo y a mis listas de tareas. ¿Y si hasta ahora hubiera utilizado un enfoque equivocado? ¿Y si parte de la solución estuviera en el cómo y no en el qué? La única manera de saberlo era probar. Pero probar de verdad.

Entre esas cosas que durante mucho tiempo habían permanecido en mi lista mental de «algún día», apareció una especialmente importante, es decir crear actividades culturales para los niños. Inventar historias y jugar con las palabras, con el cuerpo, con los objetos. Básicamente hacer teatro.

Era algo que llevaba tiempo queriendo hacer y al mismo tiempo era una de esas cosas que parecían necesitar demasiadas condiciones antes de empezar. Por ejemplo más experiencia y más tiempo. Un proyecto mejor definido. Una idea más clara.

Hacer como si

Y entonces apareció otra expresión. Una que pertenece especialmente a los niños: «Hagamos como si…» Hagamos como si esta silla fuera un barco, hagamos como si esta habitación fuera un bosque, hagamos como si pudiéramos viajar a cualquier lugar.

Para un niño, decir «hagamos como si» no es una manera de alejarse de la realidad sino una manera de construir otra y la habitación puede convertirse en un bosque, una caja puede ser un castillo, un trozo de tela puede transformarse en un manto, una nube, un río o cualquier otra cosa que la imaginación decida.

Los adultos sabemos que no es verdad y los niños también. Y, sin embargo, juegan como si lo fuera. Ahí está el hechizo.

La ficción

Quizá una de las cosas que más me interesan del teatro sea precisamente esta paradoja: la ficción no es tan ficticia como parece. Inventamos un personaje, pero las emociones que aparecen mientras lo interpretamos son reales. Inventamos un conflicto, pero para resolverlo tenemos que escuchar, pensar, elegir. Inventamos un mundo, pero dentro de él aprendemos a movernos con los demás.

Un niño que interpreta a un personaje puede atreverse a hacer algo que todavía no se atreve a hacer siendo él mismo. Puede levantar la voz, enfadarse, equivocarse. Todo es «de mentira» y, sin embargo, todo lo que está ocurriendo mientras lo hace es verdadero.

Por eso cada vez me convence menos la idea de que el teatro sea simplemente una forma de entretenimiento. Es espacio de ensayo y un lugar donde probar posibilidades antes de llevarlas a la vida cotidiana, donde equivocarse está permitido.

El cuerpo

Antes incluso que las palabras, está el cuerpo. Un niño puede convertirse en un gigante caminando más despacio y ocupando más espacio. Puede convertirse en un animal cambiando la manera de moverse. Puede representar el miedo haciéndose pequeño.

El cuerpo entiende antes que la cabeza y quizá también por eso el teatro sea una forma tan concreta de hacer. No basta con imaginar, hay que levantarse.

El hechizo

Al final, quizá el verdadero hechizo de las palabras no esté en que puedan transformar mágicamente la realidad, sino en que pueden transformar el lugar desde el que nos enfrentamos a ella.

¿Qué puede costar? Hagamos como si. Dos expresiones distintas, nacidas en contextos muy diferentes, pero que para mí han terminado hablando de lo mismo. Una viene de Mónica y de su manera de contar las cosas. La otra viene de los niños y de su manera de jugar. Las dos me recuerdan que no siempre necesitamos sentirnos preparados para actuar en el gran espectáculo llamado vida, hasta que aquello que parecía una idea, una posibilidad o incluso una ficción empieza a ocupar un espacio concreto en nuestra vida.

Por eso ahora, cuando algo lleva demasiado tiempo flotando en mis listas, intento no preguntarme solamente qué tengo que hacer, sino también: ¿cómo me lo estoy contando? Y si la respuesta no me ayuda a avanzar, busco otras palabras.

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