ADICTOS A LA INFORMACIÓN DE GOOGLE

Según las estadísticas 1 de cada 3 personas consulta el teléfono móvil más de 100 veces al día. A veces simplemente para mirar qué hora es. Otra para comprobar que no se tienen nuevos mensajes. Y otras tantas para revisar las redes sociales. También si han entrado en nuestra cuenta nuevos correos electrónicos, si nos ha saltado un nuevo aviso o para hacer búsquedas en Google.

Se estima que en esas inocentes consultas que realizamos en el buscador más utilizado del mundo, los ciudadanos europeos llegamos a compartir casi 400 veces al día información con Google. Lo hacemos más de 15 veces cada hora. Podríamos decir que hasta de manera compulsiva porque a veces no nos basta con consultar una información y ya. Repetimos con nuevas consultas, en nuevas ubicaciones y así hasta más de 15 veces cada hora. ¿Nos estamos volviendo locos o simplemente nos hemos convertidos en adictos a la información?

El Consejo Irlandés para las Libertades Civiles (ICCL) ha realizado recientemente un estudio en el que afirma que los europeos, en esas casi 400 consultas que realiza al día llegan a compartir con Google datos sobre el dispositivo desde el que hacen la consulta. Están compartiendo detalles básicos sobre el lugar en el que se encuentran o el historial de sitios web que han sido visitados recientemente. Esto lo hacen en la mayoría de las ocasiones, sin ser conscientes de ello. Además de otro tipo de datos relevantes y más relacionados con sus gustos, sus preferencias de búsqueda, el tiempo de permanencia en las páginas que visitan o su consumo. El big data es mucho más poderoso de lo que nos pensamos. Sin quererlo hemos sido atrapados por la pegajosa tela de araña que es Internet. 


¿Compartimos con Google más datos de los que desearíamos?

La fuga de datos que se produce desde los servidores europeos hasta el corazón de Google es escalofriante. Los datos de los consumidores europeos se comparten hasta 71 mil millones de veces al año. Nada comparable con los más de 107 mil millones que se producen en torno a los consumidores estadounidenses. Tal y como afirman desde el Consejo Irlandés para las Libertades Civiles “todos los días Google rastrea lo que ven los usuarios, sin importarle si es privado o sensible e incluso registra por dónde se mueve. Esta es la mayor violación de datos jamás registrada. Y se repite todos los días”.

A lo que nosotros añadimos que no solo es la mayor violación de datos sino la mayor violación de privacidad y de libertad. Porque si de algo presume Internet es de haber otorgado alas a quienes antes no tenían para volar. Con un pequeño dispositivo y conexión a la red es posible leer, consultar, publicar, hacer búsquedas, sin ser consciente de que con todas esas acciones se va perdiendo en cada segundo un poco más de privacidad.

Dejamos de ser individuos libres y pasamos a estar controlados por grandes hilos que juegan y mercadean con nuestros datos. El objetivo es controlarnos, saber qué hacemos, quiénes somos, qué comemos o con quién nos relacionamos. Por no hablar de la cantidad de información que también utilizan “los grandes” para analizar toda esa información con el objetivo de lanzarnos la publicidad que esperamos, la que nos capta pero no es sorpresiva porque ya se basa en nuestras rutinas diarias. Nos ofrecen aquello que necesitamos porque ya saben previamente qué es lo que necesitamos.

Y es que dispositivos como el altavoz inteligente de cierta compañía de comercio electrónico, o las aspiradoras de las que se sospecha que mapean los domicilios al limpiar de manera inteligente cada rincón, nos tienen controlados. Somos nosotros los que permitimos que nos controlen al buscar y al exponernos escribiendo cada día o en cada consulta al smartphone información cualquiera en Internet. Queramos o no estamos atrapados. Y de poco sirve no abrirse perfil en redes sociales para no exponerse. O adquirir un teléfono móvil “de los antiguos” para que no nos vigilen quienes se dedican a ello.

Irremediablemente a no ser que escojamos escapar a un lugar remoto del mundo sin conexión a nada, estamos expuestos. Pero también estamos a tiempo de controlar lo que buscamos. Podemos hacerlo conscientemente y sabiendo que aunque pretendamos ponernos la careta del «modo incógnito», Google y otros grandes buscadores son como el Big Brother de Orwell: todo lo ven, lo saben y lo quieren.


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