Si Anna Karenina viviera hoy, probablemente tendría Instagram. No porque Lev Tolstói hubiera imaginado las redes sociales, la comparación sería demasiado fácil, sino porque Anna pertenece a un mundo en el que la vida privada casi nunca es completamente privada. Hay salones, bailes, teatros, estaciones, visitas, rumores. Hay personas que miran y personas que son miradas. Hay una reputación que proteger y una vida que, antes incluso de ser vivida, ya parece estar siendo interpretada por los demás.
La diferencia es que Anna no tiene un teléfono en el bolsillo, sino que tiene una sociedad entera. Y quizá por eso su historia sigue resultando tan incómodamente contemporánea.
Cuando pensamos en Anna Karenina, solemos pensar en una historia de amor. Una mujer casada se enamora de otro hombre, abandona progresivamente su matrimonio y se precipita hacia un final trágico. Es una lectura legítima, pero insuficiente. Porque Anna no es solamente una mujer que se enamora, sino también una mujer que quiere una vida que su mundo no sabe cómo concederle.
Y ése sigue siendo un problema especialmente interesante cuando quien quiere “demasiado” es una mujer.
La mujer que desea
Hay algo profundamente moderno en el deseo de Anna.
No porque sea moderna en el sentido político del término, sino porque no acepta fácilmente la separación entre lo que debe hacer y lo que desea hacer. El matrimonio con Karenin le proporciona una posición, una familia y una estructura social. Pero no le proporciona aquello que encuentra en Vronski, o sea intensidad, deseo y la sensación de que su vida vuelve a tener una dimensión propia.
La novela no convierte ese deseo en algo necesariamente noble. Anna es tal vez egoísta, contradictoria, celosa, cruel y Tolstói no la salva de sus propias imperfecciones. Y ahí está una de las diferencias fundamentales entre una gran novela y las narrativas contemporáneas que intentan explicar las relaciones mediante etiquetas. Hoy tenemos un vocabulario cada vez más sofisticado para hablar del amor: red flags, dependencia emocional, apego, límites, responsabilidad afectiva, relaciones tóxicas. Es ciertamente útil pero también puede producir una extraña simplificación en el sentido de que convierte a las personas en diagnósticos y las historias en listas de comportamientos correctos e incorrectos.
Si leyéramos Anna Karenina de esa manera, podríamos preguntarnos quién es el tóxico, quién tiene problemas de apego, quién debería haber puesto límites y quién debería haber abandonado la relación antes. Pero entonces dejaríamos de leer la novela, porque Tolstói no quiere explicarnos cómo tener una relación sana, sino que quiere mostrarnos qué ocurre cuando seres humanos imperfectos intentan encontrar una vida posible dentro de las estructuras que les han tocado.
Anna en Instagram
Hay otra razón por la que Anna parece sorprendentemente cercana. En la sociedad que describe Tolstói, una mujer no necesita publicar una fotografía para construir una imagen pública. Su cuerpo, su ropa, sus movimientos, sus amistades, la persona con la que conversa en un baile: todo puede convertirse en información social.
Anna descubre que la percepción de los demás puede terminar teniendo consecuencias más concretas que la propia realidad. No importa solamente qué ha sucedido. Importa quién lo sabe, cómo lo interpreta, qué cuenta y qué calla. Un ejemplo evidente es el episodio en el que Anna se ve ofendida públicamente por una mujer que está indignada por encontrarse en sociedad con ella, tachada de haber abandonado su marido Karenin.
En Instagram, TikTok o cualquier otra red social, el mecanismo de la humillación pública se ha multiplicado hasta alcanzar una escala inimaginable para Tolstói y puede llevar, como en la novela, a consecuencias terribles.
El doble estándar
Pero hay una cuestión todavía más incómoda.
La sociedad que juzga a Anna no juzga de la misma manera a todos. Evidentemente la novela está construida sobre un doble estándar moral que resulta fácil reconocer. Los hombres disponen de un margen de libertad mucho mayor y su deseo no amenaza de la misma manera su posición social. Una mujer que abandona las normas sexuales y familiares de su entorno, en cambio, corre el riesgo de perder no solamente su matrimonio, sino también su lugar en el mundo.
No hace falta afirmar que nuestra sociedad actual sea idéntica a la de Tolstói para reconocer que algunas de esas tensiones sobreviven. Todavía hablamos de las mujeres en términos contradictorios. Se espera que sean independientes, pero no demasiado. Deseables, pero no promiscuas. Madres presentes, pero profesionalmente realizadas. Sexualmente libres, pero sin tomar decisiones que incomoden demasiado a los demás.
La contradicción puede resumirse en una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuánto deseo femenino estamos dispuestos a aceptar cuando deja de ser conveniente?
Anna no es castigada simplemente por enamorarse. Es castigada porque su deseo altera el orden que la rodea. Y quizá ésa sea una de las razones por las que tantas mujeres literarias posteriores han heredado algo de ella: Emma Bovary, Nora Helmer, Edna Pontellier, incluso personajes contemporáneos que ya no necesitan escapar de un matrimonio para reclamar una vida propia. Cambian las circunstancias, pero permanece la figura de la mujer que descubre que el papel que le han asignado no coincide con lo que quiere ser.
Ser madre y seguir siendo una mujer
Hay un detalle de Anna que merece una lectura contemporánea: su relación con la maternidad.
Anna es madre, pero la maternidad no consigue eliminar su deseo de ser otra cosa. Esto parece obvio y no debería ser necesario decir que una madre continúa siendo una persona, con deseos, ambiciones, frustraciones y contradicciones. Sin embargo, buena parte de la cultura alrededor de la maternidad continúa tratándola como una identidad total. Una buena madre debe estar disponible, sacrificarse, priorizar y cuando una mujer expresa deseos que no encajan fácilmente en esa imagen es juzgada y rechazada por la sociedad.
Anna se encuentra precisamente en esa fractura, porque no es solamente una mujer dividida entre dos hombres, sino también una mujer dividida entre diferentes versiones de sí misma.
El tren
Hay, además, un elemento de la novela que suele quedar eclipsado por la historia de amor: el tren. Este es una de las grandes imágenes de la modernidad en Anna Karenina. Es velocidad, movimiento, transformación, símbolo de un mundo industrial que avanza y modifica la experiencia humana. Sin embargo, Anna viaja en tren en una sociedad que todavía intenta mantener intactas muchas de sus viejas reglas.
La contradicción es poderosa: el mundo se mueve cada vez más rápido, pero las normas sociales no necesariamente se mueven con él.
Algo parecido sucede hoy. Nunca habíamos tenido tanta capacidad para desplazarnos, comunicarnos y conocer personas, pero la velocidad no ha resuelto nuestra dificultad para saber qué queremos. Al contrario: quizá la haya aumentado.
Más de un siglo después
Anna Karenina no predijo Instagram, Tinder ni la psicología de las relaciones modernas pero nos permite todavía hoy en día descubrir que los seres humanos quieren ser libres, vistos y amados.
Todavía vivimos bajo la misma mirada.
