MANIFESTACIÓN EN EL SAMBÓDROMO

Las manifestaciones públicas deberían ser una prueba indudable para reconocer los intereses de las personas. La marabunta de aficionados que en Madrid saturaron las inmediaciones de la Glorieta de Cibeles, el Paseo del Prado y la Castellana, para recibir a los flamantes campeones del Mundial de fútbol, da buena muestra de lo que significa este deporte para la población española.

Pude ver la final junto a varios amigos y por una serie de coincidencias viajeras, compartimos la velada con una gran amiga argentina. Al margen de los detalles futbolísticos y los desfases de algunos jugadores, la pasión con la que los argentinos viven el fútbol creo que no tiene igual en el mundo.

A los españoles más aficionados, entre los que yo no me encuentro, la euforia les durará un par de días, la alegría tal vez una semana y la satisfacción posiblemente un mes. Mi amiga nos comentaba que la celebración del último mundial en Argentina, para algunos duró cuatro años y no era por haber acumulado tres mundiales y haberse ganado una réplica en propiedad(*). Fue sólo por la victoria.

(*) Aprovecho para desmentir algo que yo también creía: es falso que cuando un país gana tres veces el mundial se queda con una copia del trofeo. Esta confusión viene de los años de la copa “Jules Rimet” (1930-1970), cuando sí existía esa regla. Brasil ganó en 1958, 1962 y 1970, por lo que la FIFA le entregó la copa en propiedad definitiva, aunque por desgracia fue robada y nunca apareció.

La copa del mundo

Desde 1974 nadie se lleva el original. El trofeo auténtico permanece bajo custodia permanente de la FIFA en Zúrich y solo se exhibe durante la ceremonia de entrega al ganador. Cada campeón del mundo recibe una réplica oficial hecha de bronce bañada en oro y no hace falta ganar tres títulos para llevársela a casa.

Pero vayamos al tema que me interesa: la capacidad para movilizar a la población de acuerdo al uso de incentivos. Y sí, “ya vuelve el burro a la linde”. Lamento repetirme con el tema de los incentivos, pero es una de las pocas aserciones sencillas de las que estoy plenamente convencido y creo que las manifestaciones sólo se pueden desarrollar si cuentan con incentivos claros y definidos.

Manifestarse es un derecho

Las manifestaciones han sido históricamente las demostraciones públicas con las que los ciudadanos podían enfrentarse a los gobiernos cuando se aplicaban medidas o leyes que popularmente se consideraban injustas. Demostraciones y movilizaciones que irrumpían en las calles, cortando el tráfico y alterando la normalidad para que los gobernantes sintieran la presión de quienes les habían puesto en sus poltronas y no olvidaran nunca la volatilidad de sus puestos. 

Perdonad que hable de las manifestaciones como eventos del pasado, pero creo sinceramente que lo que en la actualidad entendemos como manifestaciones no dejan de ser pasacalles coloridos adaptados a los objetivos de las redes sociales.

La ley dice que manifestarse es un derecho fundamental de los ciudadanos y por ello, el estado no puede “autorizar” ni “desautorizar”, aunque la misma ley indica que los organizadores deben enviar un aviso formal o notificación, informando de los detalles de dicha manifestación con suficiente antelación a la fecha propuesta.

Las autoridades únicamente pueden prohibir una marcha o modificar su recorrido si existen razones fundadas de que se producirán alteraciones del orden público con peligro para personas o bienes. En la realidad, al margen de lo que indiquen las leyes, cualquier gobierno puede utilizar la burocracia y sus miles de laberintos administrativos para denegar hasta la extenuación una manifestación si el concepto, el recorrido o los organizadores no son de su agrado.

En cambio, si los organizadores aceptan representar una réplica de los carnavales en un ordenado sambódromo, todo podrá desarrollarse sin problema. la manifestación estará encabezada por una preciosa y colorida pancarta, sostenida por varias figuras mediáticas, representantes de sindicatos y algún ilustre político. Con ese frontal, quedará una preciosa sesión de fotos para la prensa afín. Por supuesto, unos pasos detrás, no puede faltar una batucada multirracial, multiétnica y multicereales que acompase las ocurrentes consignas que mezclan la lucha social con un sarcasmo al nivel del mismísimo Marqués de Sotoancho.

Batucadas, coreografías y cánticos

Lamento tocar las narices con mis ideas pero creo, desde la ignorancia, que lo importante en una manifestación no es acudir, ni el número de personas que congregue, lo importante es entender porqué se acude, hacerlo de la forma apropiada y asumir las posibles repercusiones de nuestros actos. Es inconcebible que la salida de un millón de personas a la calle reivindicando la solución a un problema especifico no tenga repercusión política. Y esto es así, porque la manifestación no tiene consecuencias más allá de las declaraciones en la prensa de cada bando, y porque los asistentes creen que con su simple presencia se soluciona el problema.

Hace unas décadas, las manifestaciones se convocaban al margen de si teníamos el beneplácito del poder. Es algo completamente lógico, ya que esperar la aceptación de quien te maltrata para quejarte por el maltrato, es tan ridículo como sostener sindicatos que estén mantenidos por el gobierno al que deben hacer frente, o como ver a una ministra encabezando una manifestación en contra del gobierno que ella misma conforma.

Las manifestaciones actuales son unas sonoras batucadas con cientos de personas cantando frases ocurrentes, todas cargadas de “zascas” que por lo visto, debe ser la medida del éxito en nuestros tiempos.

Desgraciadamente la valoración de los políticos aumenta de acuerdo a los “zascas” que sueltan a sus oponentes. Hemos dejado que el Congreso de los Diputados, el lugar donde se debatía sobre las leyes que rigen el país, acabe transformado en algo bastante parecido al “Club de la comedia”.

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