EL PAÍS DEL MIEDO DE ISAAC ROSA

el pais del miedo

Hay miedos que nacen de algo que ha ocurrido y otros que nacen simplemente de la posibilidad de que algo ocurra. El país del miedo, la novela que Isaac Rosa publicó en 2008, explora precisamente esa frontera. A través de Carlos, un padre corriente que vive con su mujer, Sara, y su hijo, Pablo, el autor muestra cómo una preocupación aparentemente razonable puede crecer hasta ocupar cada vez más espacio en nuestra vida.

Todo empieza cuando Pablo se ve involucrado en una situación de acoso escolar con un chico mayor. Carlos quiere protegerlo, como haría cualquier padre. Hasta ahí, nada parece extraño. El problema aparece cuando el miedo deja de estar relacionado únicamente con lo que ha pasado y empieza a alimentarse de todo lo que podría pasar.

Cuando imaginar también da miedo

Carlos comienza a pensar en posibles peligros, incluso en aquellos que todavía no existen. Una preocupación lleva a otra, y cada nueva posibilidad parece justificar una nueva precaución. Poco a poco, el peligro real pierde importancia y es sustituido por una lista interminable de cosas que podrían salir mal.

Es fácil reconocer ese mecanismo. Basta con pensar demasiado en algo para descubrir nuevas razones para preocuparse. Lo que ayer parecía improbable hoy parece posible, y lo que parecía posible empieza a sentirse inevitable.

En el caso de Carlos, esa pregunta termina cambiando su manera de vivir. Este hombre modifica sus hábitos, toma precauciones, intenta anticiparse a los problemas y busca controlar aquello que, en realidad, no puede controlar.

La trampa de querer estar seguros

Aquí aparece una de las contradicciones más interesantes de la novela. Carlos quiere sentirse seguro y, para conseguirlo, intenta reducir al mínimo cualquier riesgo. Pero cuanto más intenta controlar su entorno, más peligros descubre. Se crea un círculo difícil de romper: tiene miedo, busca seguridad, controla la situación y, al hacerlo, encuentra nuevos motivos para tener miedo.

La seguridad absoluta, por tanto, se convierte en una especie de trampa. En lugar de tranquilizarlo, hace que Carlos esté cada vez más atento a todo aquello que podría amenazarlo.

Y quizá ahí está una de las ideas más inquietantes de la novela: intentar vivir sin riesgos puede significar vivir pensando constantemente en ellos.

Cuando lo cotidiano deja de parecer inocente

El miedo también cambia la manera en que Carlos mira el mundo. Lo que antes era cotidiano empieza a esconder posibles amenazas. Una persona desconocida, un lugar, una situación aparentemente normal: cualquier cosa puede convertirse en motivo de sospecha.

No es que la realidad haya cambiado, sino que ha cambiado la mirada de Carlos.

Cuando estamos preocupados, prestamos más atención a aquello que confirma nuestros temores. Los peligros destacan mientras que todo lo demás pasa desapercibido. Así, poco a poco, el mundo puede empezar a parecernos más hostil de lo que realmente es.

Y ese es quizás el verdadero poder del miedo: no solo nos hace sentir inseguros, sino que también puede cambiar nuestra interpretación de la realidad.

Del miedo de Carlos al nuestro

Aunque la novela fue publicada en 2008, resulta difícil leerla hoy sin pensar en nuestra propia relación con el miedo.

Vivimos conectados a una cantidad de información que hace veinte años habría resultado inimaginable. Guerras, delitos, enfermedades, crisis económicas, catástrofes naturales, cambio climático: todo puede aparecer en la pantalla de nuestro teléfono en cuestión de segundos.

Además, las noticias más alarmantes suelen ser las que más llaman nuestra atención. Pasamos de una noticia preocupante a otra y, sin darnos cuenta, podemos acabar construyendo una imagen del mundo basada principalmente en aquello que puede salir mal.

En ese sentido, Carlos no está tan lejos de nosotros. Él intenta anticiparse a todos los peligros que podrían afectar a su hijo. Nosotros hacemos algo parecido cuando buscamos constantemente información sobre aquello que nos preocupa, revisamos una y otra vez las noticias o imaginamos escenarios negativos antes de que sucedan.

La diferencia es que hoy podemos hacerlo a todas horas.

Quizá por eso El país del miedo sigue siendo una novela tan actual. No porque nos enseñe a dejar de tener miedo, sino porque nos obliga a preguntarnos qué hacemos con él.

El miedo puede protegernos, pero también puede decidir por nosotros. Puede ayudarnos a reconocer un peligro real, pero también puede hacernos ver peligros donde no los hay. Puede mantenernos alerta, pero también impedirnos disfrutar de aquello que tenemos delante.

Al final, el desafío no consiste en construir una vida sin riesgos, sino aprender a distinguir entre aquello que debemos evitar y aquello que simplemente no podemos controlar.

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