Hay pocas cosas de las que estoy plenamente convencido, pero una de las que me resultan más evidentes es que los seres humanos nos movemos. Y tomamos nuestras decisiones en base a incentivos. Desde las elecciones más mundanas a las que dan un vuelco a nuestras vidas. Siempre aparecen estímulos o motivaciones que inclinan la balanza hacia el lado que nos resulte más conveniente. A veces esa balanza tiene un matiz económico. Otras veces es emotivo e incluso la puede inclinar la imagen social, el ego o cualquiera de nuestros inevitables pecados capitales. Lo incuestionable es que al margen del azar, también a considerar, detrás de cada decisión siempre hay unos incentivos.
En esta sociedad tan encorsetada en la defensa de lo bueno y la repulsa de lo malo -como si fuera tan evidente distinguirlos-, la inmensa mayoría de la población no duda en posicionarse en el lado brillante y mesiánico de la balanza, para apoyarlo incondicionalmente.
Todos conocemos esas verdades absolutas que no vamos a nombrar para no ser cansinos. Pero sí me apetece compartir mis pensamientos sobre una en particular que ha resultado notablemente rentable.
El mediático cambio climático
Este caso que me parece increíble, y del que quisiera hablar hoy, es el mediático cambio climático, o como me encanta nombrarlo, el clima cambiático. Me parece muy apropiado ese gracioso giro en las palabras porque representa cómo una serie de sutiles malinterpretaciones pueden convencer a una inmensa mayoría de algo que ante todo. Resulta conveniente para la clase política.
El modelo climático es algo tan complejo y con tantas variables que aún no sabemos cómo funciona. Y por supuesto no existe uniformidad en los criterios de la comunidad científica. El clima de la Tierra es un sistema caótico y multidimensional, y la realidad es que hoy en día no tenemos —y quizás tardemos mucho en tener— la capacidad de computación. Ni el conocimiento absoluto de todas las variables para simularlo a la perfección. Por ello, como no podemos llegar a una “conclusión verificada al 100%”, la comunidad científica trabaja con probabilidades y escenarios. Hoy quiero mostrar una de ellas…
El geólogo José Antonio Sáenz de Santamaría explicaba en una conferencia hace unos meses que sí existe un calentamiento global. Aunque los datos reflejan un aumento de 0,1º por década desde 1820. Explicaba que el calentamiento no está relacionado con el aumento del CO2 en la atmósfera, que la influencia humana en el CO2 producido es del 0,0084%. Y lo que muchos desconocen, que el vapor de agua es, con mucha diferencia, el gas que más contribuye al efecto invernadero.
Como la comunidad científica no se pone de acuerdo, por supuesto habrá quienes echen por tierra sus cálculos. Lo que sí sabemos con certeza absoluta es lo que nos está costando en impuestos. Y esta factura la ha publicado el Centro de Estudios CEU-CEFAS, con el esclarecedor título de “La factura de las políticas verdes”. Y aquí tocamos la extremadamente rentable partida de la transición ecológica.
Estrategia en la que primero generamos un desastre inminente: el cambio climático. Después hacemos culpable de ello al ser humano y para cierre, justificamos una recaudación absolutamente desmesurada para convencer a la población de que gracias a ella conseguiremos revertir el mal.
La opinión de los expertos
Según este estudio del investigador Ricardo Martín de Almagro, para CEU-CEFAS, la Unión Europea entre 2013 y 2022 mediante impuestos y tasas vinculadas a la transición ecológica, ha recaudado más de 25,7 billones (de los europeos, los de un millón de millones) de euros. ¿Lo ponemos en escala…?
La suma de los 27 países de la Unión Europea nos daría un PIB nominal que ronda los 20,1 billones de euros. Los 25,7 billones de euros recaudados equivaldrían al 93% de todo lo que producen los más de 740 millones de habitantes de Europa en un año entero, desde Lisboa hasta Moscú. El discurso medioambiental se ha convertido en una de las maquinarias de recaudación y reestructuración económica más potentes de la historia.
Para los gobiernos de la Unión Europea (y de otras partes del mundo), la narrativa del colapso inminente funciona como un cheque en blanco político. Permite justificar tasas al carbono, peajes, impuestos al combustible, aranceles verdes en las fronteras o gravámenes al plástico. Son impuestos difíciles de combatir políticamente porque se presentan “por el bien del planeta”.
Gran parte de esos billones recaudados se canalizan de vuelta en forma de subvenciones a entidades elegidas por el dedo del regulador estatal. Un ecosistema formado por multinacionales y fondos de inversión que necesitan desesperadamente que las regulaciones penalicen las tecnologías viejas para obligar a toda la población a comprar las nuevas (coches eléctricos, placas solares, bombas de calor). Una obsolescencia programada dictada por ley.
A la mesa se sientan consultoras, burócratas y ONGs que viven de auditar, certificar, asesorar y gestionar los fondos de la transición climática. Una burocracia que se alimenta a sí misma y que, por definición, nunca va a declarar que el problema está resuelto, porque significaría el fin de su propio financiamiento.
La respuesta política al problema está tan viciada por intereses financieros, afán recaudatorio y delirios de control burocrático, que gran parte de la población termina rechazando tanto la solución propuesta como la propia existencia del problema. Cuando la solución propuesta por los políticos a un problema de física y química pasa siempre, invariablemente, por subirte los impuestos, prohibirte viajar y empobrecer tu cesta de la compra mientras los propios políticos siguen volando en aviones privados, la desconfianza no solo es lógica: es una respuesta intelectualmente sana.
