LA MÁQUINA DE TENDENCIAS

Allá por los años 70, Bukowski publicó uno de sus libros más famosos bajo el título original…, muy original, de “Erections, Ejaculations, Exhibitions, and General Tales of Ordinary Madness”. En la España de los años setenta aún era un autor desconocido y la editorial que tenía sus derechos no quiso arriesgarse a sacar un libro de casi 500 páginas. Así que lo dividieron en dos tomos: Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones (Vol. 1) y La máquina de follar (Vol. 2).

En ese libro, —o libros si hablamos de España— presenta una serie de relatos cortos en los que va retratando de manera cruda y salvaje la decadencia de la sociedad estadounidense de finales de los sesenta y principios de los setenta.    

Con su estilo directo, explicito y cargado de humor negro nos muestra un inmenso abanico de seres marginales sumergidos en alcohol, mientras se dirigen hacia un proceso de deshumanización urbana, decadencia y sexo desenfrenado. Pero sobre todo, nos deja ver una muestra de personas sencillas, conviviendo con la frustración de una sociedad que está harta de promesas incumplidas. Y se mantiene resignada a sobrevivir a pesar de todo.

Bukowski en redes sociales

La desubicación que reflejaba Bukowski en su libro, podría asemejarse al vacío que sufre en nuestro presente el ser humano urbanita occidental promedio. En la actualidad, la sociedad se ha vuelto más mojigata y por supuesto si hoy leyésemos el realismo desgarrador y sucio de sus textos, brotarían insultos desde una buena parte de esos “ofendiditos” que pueblan las redes sociales. Aún así, la decadencia se percibe en el aire y la rabiosa búsqueda de lo extraordinario para salir de la monotonía que nos imbuye la vida moderna con sus sueños de prosperidad. Nos asalta desde nuestras pantallas al igual que en otros tiempos Bukowski, Warhol o Basquiat insultaban a la alta sociedad con su contracultura.

Los tres fueron contemporáneos y aunque pertenecían a mundos distintos y aparentemente inconexos, compartían el mismo motor. Reventar el mito de la sociedad estadounidense, cada uno con su cóctel molotov.

Lo vulgar es tendencia

El enemigo común era la mentira de la normalidad y ninguno aceptaba los formalismos propios de la época, rebelándose mediante el arte ante la sociedad costumbrista de aquellos años. Uno lo hacía desde la escritura, desnudando la miseria del trabajo de oficina, las pensiones de mala muerte y el alcoholismo. Evidenciando su existencia y el ninguneo de la sociedad. Otro atacaba con ironía y repetición convirtiendo el consumo de masas en arte. Y dejando a la burguesía desubicada sin entender que se estaba burlando de ellos. El tercero con obras salvajes e incómodas, que desparramaban rabia pura en cada lienzo, conseguía romper a gritos las vetustas paredes de las mansiones y las galerías de arte.

Las manifestaciones orgánicas y sinceras de aquellos artistas, primero abrían caminos entre los campos del costumbrismo. Y poco después marcaban las tendencias que miles de acólitos seguirían sobre un camino ya domesticado.

Y así fue hasta que los estudios de mercado descubrieron que es más fácil convertir algo vulgar en una tendencia, que arriesgarse a buscar nuevos caminos.

Por eso en estos tiempos es tan difícil encontrar personas innovadoras que generen tendencias naturales. Y en cambio crecen como hongos los vendehumos que nos abruman con tendencias forzadas, asentadas por volumen y ataque masivo desde estruendosas campañas de posicionamiento.

Vivir la experiencia y no contarlo

Y para colmo, llega la hegemonía del FOMO (Fear Of Missing Out). O el temor a perderse algo o quedar fuera de lo que se supone es imprescindible. Pregúntate algo: ¿Prefieres una noche de amor y pasión con la pareja de tus sueños, pero que nadie jamás lo sepa? O ¿no haberla tenido y que todo el mundo lo crea…?  

Hay gente que va a los espectáculos para poder decir que ha estado allí. Y le importa más la huella de su presencia que la experiencia de haber participado. Pero, ¿qué pasará cuando la IA nos permita mostrar con evidencias, que hemos estado en lugares que ni siquiera conocemos…?

Los comentarios de las redes sociales hablan de “experiencias” y “vivencias increíbles”, pero en realidad los autores van a hacerse fotos con sus amigos en lugar de atender al espectáculo. Y el súmum de las experiencias en conciertos ha sido la casita de Bud Bunny, un lugar donde la gente se mataba por ir y donde no sólo no podían ver el concierto sino que pasaban a ser parte del espectáculo. Pasas de ser público a ser un muñeco de feria más pendiente de cómo te verás que de disfrutar de la música —o lo que sea eso—.

Antes, ir a un concierto era algo único y maravilloso. Poder disfrutar de tu artista favorito actuando para ti. Algo místico y una comunión entre el artista y tú. No llevábamos la cámara, no había internet ni redes sociales y a nadie le importaba demostrar que había estado allí. La experiencia era la evidencia y la satisfacción se sentía como algo irrepetible. La constancia de haberlo vivido se reflejaba en las entradas que guardábamos como joyas. Auténticas obras de arte personalizadas y numeradas, que pasaron a mejor vida cuando la digitalización las transformó en efímeros archivos digitales sustentados en impersonales códigos QR.

Algo diferente

Al menos Tomorrowland mantiene intacta esa tradición que los hace únicos. En un mundo donde las entradas de los espectáculos son códigos en la pantalla del móvil, el festival belga se sigue resistiendo a perder la magia física. Cuando compras una entrada para Tomorrowland —que técnicamente es una pulsera con chip RFID—, no te llega un correo con un PDF. Lo que te llega a casa unos meses antes del festival es la famosa Treasure Case (Caja del Tesoro).

Abandonemos la inercia de aceptar la máquina de tendencias y decidamos perdernos cada evento que nos vendan como imprescindible.  Por mi parte, lo siento, pero me niego a conocer “las diez playas que no puedes dejar de visitar”, no disfrutaré de “los cinco restaurantes que no te puedes perder” y que no me esperen en “las diecisiete fiestas que tienes que vivir este verano”.

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