EL FIN DE LA GUERRA

Cada semana tengo la inmensa suerte de disponer de un espacio en este medio informativo para compartir mis reflexiones sobre cómo vivimos la actualidad, asumiendo sus incoherencias y conviviendo con todo tipo de filias y fobias. Lo hago sin resoluciones salomónicas, tratando de aportar alguna posible opción al conflicto. Pero siempre dejando el tema listo para el debate y con la única intención de provocar que cada persona piense según su propio criterio.

A veces son temas triviales y otras veces trato asuntos que considero de mayor importancia, pero llevo tiempo pensando en una cuestión tan delicada que no sabía si abordar. Al final, y en pos de la honestidad, opto por no vetarme callando lo que creo es una concepción tan incómoda que raramente es cuestionada.

Los seres humanos nos movemos por incentivos. Necesitamos estímulos para embarcarnos en acciones que nos saquen de nuestra zona de confort al igual que los necesitamos para limitar nuestros impulsos perjudiciales. La creación de leyes se basa en marcar esos límites que ordenen nuestra coexistencia. Y permitan desarrollarnos en una sociedad basada en el respeto y la tolerancia. Por tanto, las leyes son necesarias debido a que el ser humano nunca ha abandonado por completo su instinto animal. Sabemos que cualquiera de nosotros, con los incentivos adecuados, sería capaz de embarcarse en las mayores proezas, pero también en los más terribles daños. 

En esta escala de libertades y líneas rojas, por pura lógica debería haber una línea final tan prohibitiva y férrea que nadie en su sano juicio imaginara traspasarla. Líneas rojas que deberían imponernos respeto. Que fuesen las alarmas que nos avisen de la importancia de la coexistencia y de las terribles penas que se imponen a quienes tienen la osadía de quebrantarlas.

Líneas infranqueables

Mi comentario de hoy trata de la última línea roja y porqué considero que debería ser aquella que nadie se plantease nunca cruzar.

En la escala de atrocidades que podemos cometer como seres humanos, desde la ignorancia, creo que la última línea por sobrepasar es la de la guerra. La guerra es el mal por definición, el fracaso de la convivencia, la claudicación ante la ira, la venganza. El evento último donde perdemos nuestra humanidad.

Pero hemos aprendido a convivir con ella como algo asumible, contemplando los conflictos armados en medio mundo al igual que simples noticias. A pesar de mostrarnos cada día la muerte y la desolación.

La Convención de Ginebra de 1864 fue el primer tratado internacional multilateral que estableció estándares universales, aunque ya existían antecedentes desde el Código de Hammurabi, en Babilonia allá por el 1750 a.C. Después llegaron las Leyes de conducta en la guerra, los límites a heraldos y templos en la Antigua Grecia, la bellum justum del derecho romano, las Leyes y Costumbres de la Guerra en las Cruzadas , o los Tratados de Westfalia en 1648.

Multitud de ocasiones en las que se marcaron límites de respeto y humanización a los conflictos bélicos, con una constante inalterable: siempre en beneficio de los políticos que acordaban esos límites y que nunca tendrían que sufrir de cerca.

Los líderes y la guerra

Y ahora viene mi salto al vacío: sabiendo que una guerra es lo más terrorífico que puede suceder en una sociedad. ¿No sería mejor no tener límites en el conflicto para que nadie se plantease siquiera llevarlo a cabo? Con límites como los tratos de favor a los oficiales, las guerras se convierten en herramientas de los poderosos, sacrificando a la población para conseguir sus objetivos. Tal vez si la guerra fuera tan terrible que amenazase con aniquilarlo todo, los líderes se pensarían con más cuidado el momento de iniciarla.

Sé que es un asunto muy complejo y tal vez sólo quede en una idea sin resolución clara, pero me preocupa la banalidad de las guerras actuales en las que la población asistimos en primera fila. Casi como si se tratase de una película.

Seguramente se podrían evitar si los políticos que deciden establecer conflictos tuvieran que resolverlos por sus propios medios. Quizás el problema no está en las normas en sí, sino en cómo se aplican selectivamente para proteger a los poderosos mientras se sacrifica a la población. Eliminar los privilegios para oficiales y líderes, aseguraría que ellos fueran los primeros en sufrir las consecuencias de sus decisiones. Que los líderes resuelvan personalmente los conflictos tiene una larga historia en diversas civilizaciones. Un concepto que representa una de las formas más puras de responsabilidad política y militar.

La guerra a lo largo de la Historia

En la antigüedad existía el compromiso de los líderes para encabezar la lucha, personándose en primera línea como valedores del conflicto. Los cónsules romanos comandaban personalmente las legiones en batalla. Los comitatus entre los germanos y el seguimiento de un jarl o caudillo en las sociedades vikingas se basaban en la lealtad personal a un líder que demostraba su valía combatiendo. Un rey que no mostraba coraje en batalla rápidamente perdía su respeto y poder. Los samuráis seguían a su daimyō o shōgun que debían demostrar su habilidad marcial. Los líderes celtas mandaban a sus tropas desde el frente. Los jerarcas de los hunos eran guerreros temibles que combatían personalmente.

En muchas culturas, cuando dos ejércitos se enfrentaban, a menudo se permitía que los campeones de cada bando resolvieran la disputa en combate singular. Evitando el derramamiento de sangre. Este modelo refleja una concepción muy diferente del liderazgo: el poder no era un derecho abstracto. Sino algo que debía demostrarse constantemente mediante el coraje personal y el combate. Un líder que enviaba a otros a morir mientras él permanecía seguro era despreciado.

¿Este modelo de liderazgo personal podría aplicarse en el mundo actual, o lo consideras completamente inadecuado para nuestras sociedades?

¿Crees que seguiríamos sufriendo guerras, si los líderes políticos y militares defendiesen sus posturas en primera línea sin protección especial…?

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