Soy consciente de que vivimos en un mundo que desprecia la mesura, mientras valora la rapidez y elogia a quienes, al margen del resultado, son capaces de hacer varias cosas a la vez. Esa es una realidad difícil de cambiar pero, por favor, al menos tratemos de hablar con propiedad. Apenas nos damos cuenta, pero la marabunta de noticias que recibimos cada día se ha ido colmando de presuntos culpables, presuntos corruptos y todo tipo de presuntos implicados.
Yo sólo soy un ciudadano más, y como no pertenezco al conjunto de profesionales que se dedican a administrar y aplicar nuestras leyes, prefiero seguir pensando que los únicos “Presuntos implicados” eran una maravillosa banda musical establecida en Valencia.
La presunción de inocencia
Al margen de la broma sobre que “presunto” significa “jamón” en portugués. Mientras que en español, el “presunto” habitualmente suele ser un chorizo. La manipulación del sentido de las palabras es un tema recurrente en muchos de los textos que escribo. Reconozco que tengo una especial preocupación por el desdén de los nuevos tiempos sobre la cultura pero también entiendo, como alguien que empieza a ver el mundo desde la barrera, que no soy yo quien tendrá que limpiar los platos rotos de este desaguisado intelectual.
Hablando de presuntos implicados y malversaciones lingüísticas, nos hemos acostumbrado a utilizar algunos términos aparentemente inocentes sin pensar en lo que estas definiciones conllevan. Hablar sobre alguien acusado, como un “presunto culpable” es quitarle la predisposición a ser un “presunto inocente”.
Pero claro, el morbo de asignar culpas a quien hasta ese momento no tiene más que una simple acusación es demasiado tentador. Genera mucha expectativa y sirve para alimentar a muchas alimañas que se hacen llamar periodistas y no son más que ratas al olor de una “presunta carroña” que llevarse a sus editoriales.
Por desgracia tenemos decenas de casos en los que se ha considerado culpable a alguien sólo por conveniencia mediática. Que fácil es arruinarle la vida a alguien sólo por la posibilidad de unos buenos titulares y unas sucias comisiones.
Víctimas y victimarios
Quien presenta una denuncia contra un acusado, es el acusador.
Quien interpone una demanda ante un demandado, es el demandante.
Incluso un enjuiciado no deja de ser una persona que está en el trámite de un juicio, del cuál puede salir culpable o inocente. Y por supuesto, una víctima sólo lo es cuando tras el desarrollo de un juicio las autoridades competentes dictaminan que ha existido un daño, perjuicio, lesión o muerte. Hasta entonces y por mucho que lloren o nos impacten, no son víctimas.
Qué afán por tratar de forzar a la turba inclinando la balanza hacia su lado para tener la consideración de víctimas lo antes posible. Etiquetando de inmediato al acusado como manifiesto culpable. Parece que no quisieran darle tiempo al proceso legal, no sea que el dictamen les resulte adverso a sus intereses.
Los juicios mediáticos
Esta tendencia de sumarse al veredicto popular antes incluso de tener pruebas, creo que sólo refleja un miedo irracional a percibirse como el disidente que planta el freno a los juicios mediáticos. Verse desplazado en la profesión por no defender a las “presuntas víctimas”, que alardean de ello antes de tiempo. Y se envalentonan en los platos porque saben que nadie les va a parar los pies.
Y que conste que este problema está tan arraigado en nuestro día a día que todos somos susceptibles de caer en él. Contribuyendo a su enquistamiento. Tampoco voy a ir de iluminado dando a entender que estoy al margen de la inercia. Cuánto daño hacemos con expresiones como “bueno, tú me entiendes”, dejando que la interpretación del comunicado caiga en el lado receptor. Cuando en cualquier comunicación es siempre el emisor el que debe velar por la pulcritud del mensaje.
En este mundo tan conectado que nos ha tocado vivir, la ligereza con la que se sueltan algunos comentarios me resulta preocupante. En pro de la libertad de expresión, me parece perfecto que cada persona opine sobre lo que le venga en gana. Pero que alguien aproveche su posición de relevancia para adoctrinar sobre asuntos ajenos a los méritos que le dieron fama me parece bastante cuestionable.
¿Qué pinta un músico o un actor opinando de política en unos premios…? Y no lo digo porque piense que no puede opinar. Pero debe ser consciente de que su peso mediático es un atractor muy poderoso para definir ideas en sus fans. Aunque, opinando desde la ignorancia, también es posible que sólo responda a las preguntas de la prensa de acuerdo a un conveniente guión.
Opinadores y artistas
Hace unos días vimos la sincera respuesta de la actriz Macarena Gómez y su marido el artista Aldo Comas en la gala de los Goya. Por suerte cada vez hay más personalidades pidiendo que no les hagan preguntas sobre política bajo los argumentos lógicos de que son sólo artistas. Y que lo apropiado es comentar detalles sobre su trabajo. Es obvio que sus opiniones son tan válidas como las de cualquiera, pero me parece muy positivo que sean conscientes del efecto de arrastre que provocan siendo figuras mediáticas.
Tal vez el mundo comience a encauzarse un poco si cada uno de nosotros nos preocupamos por la sencilla acción de pensar las palabras que decimos y prestar más atención a lo que escuchamos. Tenemos la obligación moral de ser más conscientes de nuestras palabras, de entender el significado de lo que nombramos y de cambiar la dinámica de esta confusa tendencia en la comunicación, tratando a los términos con la propiedad que merecen.
Pongamos las cosas claras, tomemos el tiempo necesario y dejemos de usar esa asquerosa “presunción”. Por suerte, nos expresamos y comunicamos en una lengua que es tremendamente rica y con tal variedad de definiciones que podemos nombrar cualquier concepto de la forma más precisa y correcta.
