Esta noche he soñado insistentemente con imágenes de baile y con la letra de una copla sevillana. “Algo se muere en el alma cuando un amigo se va”. Al despertar, comprendí por qué: el día anterior había fallecido una amiga.
“Algo se muere en el alma cuando un amigo se va”, dice la popular letra de la copla sevillana del mismo título del grupo andaluz “Los del Río”. La canción se hizo popular en los años 70 dentro de un género musical muy ligado a la cultura andaluza. Soy de Málaga y quizá eso ha hecho que hoy soñara repetidamente con esta canción.
La frase, sencilla y profunda, resume con gran precisión lo que sentimos cuando perdemos a alguien querido: una ausencia dolorosa y un silencio nuevo en los lugares donde antes había conversación y complicidad. Hoy esa letra vuelve a mi memoria porque una amiga se ha ido, y yo considero que la amistad es una de las formas de relación más valiosas de la vida. Su nombre Alicia, significa “de condición noble” y así era noble, buena de condición y excelente en todo lo que hacía, un referente de mujer de paz y consenso.
Pero, sin duda, uno de los lazos más estrechos son los que se forman entre madre e hija y entre madre e hijos. Mi amiga tiene madre, marido, hijos y hermanos. Todas personas excepcionales con una fortaleza admirable. Una mujer extraordinaria se ha ido y queda una familia igualmente extraordinaria.
El dolor irreparable de las guerras
Esto me hace pensar que, si ese vacío y el terrible dolor de la pérdida de un ser querido ya es difícil de sobrellevar, este adquiere una dimensión aún más desgarradora cuando se multiplica en las guerras. En estos momentos convulsos en tantos lugares del mundo, madres, hijos y amigas se despiden cada día de sus seres queridos, víctimas de violencias que no deberían ocurrir. Cada vida dañada es una historia interrumpida y un trauma que se instala en quienes quedan, recordándonos el dolor humano irreparable de las guerras y de tantas pérdidas innecesarias.
Cuando una sociedad comienza una guerra, hiere a quienes la padecen directamente, y también condiciona la vida emocional de quienes vendrán después.
Las investigaciones sobre epigenética sugieren que el sufrimiento profundo puede dejar cicatrices que traspasan generaciones, de forma persistente en la historia. El trauma transgeneracional se define como las consecuencias psicológicas, emocionales y puede ser que también biológicas de experiencias traumáticas que se transmiten de una generación a otra, influyendo por lo tanto en la salud emocional y física de hijos y nietos, aunque ellos no hayan estado en el momento traumático original.
La paz es la única herramienta terapéutica que conozco para prevenir estas heridas y asegurar el bienestar de la generación actual y de las venideras. La energía de paz y de consenso de mi amiga permanece en quienes la conocimos y creo que también llegará a sus descendientes.
Que la paz sea la herencia que dejemos.
