La vida no es fácil. Si te dijeron lo contrario, te engañaron. Pero en alguna parte de este convulso camino, perdimos el valor de enfrentarnos a los retos. Dejamos de abrirnos paso ante las vicisitudes y nos convertimos en pellejos pusilánimes albergando una masa de carne y huesos. Así, tendemos a buscar el camino fácil, pensando que el difícil es el equivocado.
Los años, las vivencias y por supuesto las decepciones me han llevado a la razonable convicción de que no podemos confiar en nuestros representantes. Y que ahora más que nunca, la única revolución posible es la personal. A veces, romper condicionamientos impuestos es tan sencillo como arrancar el tapón de la botella de agua. Tranquilo, no van a morirse las tortugas por tu culpa y nadie te va a hacer nada malo por ello.
Ya no hay trabajos duraderos
Pero aún me pregunto cuándo perdimos nuestros cuestionamientos más básicos. Las preguntas elementales que enfrenta una vida convencional, son las que nos permiten decidir y no aceptar como normal lo que nos resulta claramente dañino. Por ejemplo, a menudo escucho eso de que ya no hay “trabajos para toda la vida”, y seguramente sea cierto, pero lo decimos como si con ello hubiéramos perdido un valor de tranquilidad incuestionable. Cuando detrás de esa aparente estabilidad placentera se suele ocultar una esclavitud que nos veta buena parte de nuestra existencia y nos condiciona las relaciones personales.
Lo idóneo sería buscar un trabajo que nos guste y disfrutemos durante el tiempo en que estemos a gusto. Después, se deja y a otra cosa. Groso modo, prefiero pensar que el panorama laboral puede ser más complejo. Pero es evidente que ya no se disfruta de esa sensación liberadora de saber que podías, perdón por la expresión, mandar a tu jefe a la mierda. En la actualidad, el temor a perder lo ganado y tener que enfrentarse a la incertidumbre de si habrá otra propuesta laboral, nos atenaza de tal forma que tragamos sacrificadamente con lo que el jefe o la empresa nos imponga. Mandar a tomar vientos al jefe era el mayor nivel de libertad y placer que uno podía tener en el ámbito laboral. Y si lo hacías marcando una gran sonrisa mientras le dejabas en sus miserias, era un auténtico lujo.
Desde la ignorancia, creo que el planteamiento que debe hacerse cada uno es: ¿han cambiado tanto los tiempos que la precariedad laboral nos obliga a ser más sumisos? O ¿hemos perdido el valor de dejar un trabajo que nos lastra la vida? Personalmente creo que estamos más cerca de la segunda opción. Pero yo no tengo veinte años, un trabajo precario y una sociedad que me educa desde el miedo y me inculca el fracaso laboral como el más horroroso de los traumas.
Cuando la máquina sustituye al ser humano
El asunto es que asumimos dinámicas aberrantes como si fueran normales y convivimos con ellas sin el más mínimo pudor. Me viene a la memoria algo que me sucedió hace unos veinte años, en una oficina de Caja Madrid de un centro comercial de la capital llamado “La Vaguada”. Nombro la entidad sin problema ya que pasó a mejor vida. Y por mucho que diga, es difícil dejarla en peor imagen de la que tuvo en su declive.
El asunto es que me encontraba en la fila guardando orden hasta mi turno para ser atendido en ventanilla, cuando se me acercó un amable cajero para indicarme que si la operación era un ingreso en efectivo podía hacerlo en el cajero. Le sonreí, le agradecí el detalle, pero después de estar allí diez minutos preferí esperar mi turno. Él volvió a insistir, con ánimo de ayudarme y minimizar mi tiempo de espera, pero volví a indicarle que era consciente de la existencia del cajero. Pero prefería ser atendido en persona.
Al ver nuestra conversación, el interventor salió de detrás de las mamparas de vidrio para preguntarme si había algún inconveniente. Le expliqué que no tenía ningún problema y quería esperar mi turno de atención. Pero el interventor se adhirió al argumento del cajero y ahí sintonizaron ambos tratando de convencerme para utilizar su flamante cajero automático, a pesar de me reiterada negativa.
De pronto, el interventor me dice: “Venga por aquí, por favor“. Y yo, diligente, le seguí pensando que me atendería en su mesa y disculparía la insistencia del cajero. Camino tras él hasta ver que se detiene frente al cajero automático y me comienza a indicar los pasos a seguir: “Mire, sólo tiene que introducir su tarjeta y seguir las indicaciones“. Así que le espeté: “Sé cómo funciona, pero es que no quiero hacerlo“.
Me miró extrañado ante mi postura y de inmediato comprendí que no entendía que con mi negativa a “atenderme yo mismo”. Solamente trataba de proteger su volátil puesto de trabajo. Me pidió la tarjeta y el dinero a depositar, me solicitó ingresar mi clave de acceso. Y terminó la transacción dándome el justificante con un escueto agradecimiento por la visita a su sucursal, sin apenas mirarme, justo antes de darse la vuelta y encaminarse a su puesto de trabajo.
Ese día la tendencia se enfrentó a mi lógica. Luego llegaron las cajas sin cajeros de los supermercados, los establecimientos con máquinas autónomas que atienden lo que quiere cada cliente. O más bien lo que desea vender el comercio. ¿Cuántas cosas más fuimos asumiendo y no nos dimos ni cuenta…?
Desde mi humilde y limitada trinchera, prefiero esperar mi turno en la fila. Me gusta hablar con personas y sigo arrancando los tapones de las botellas de agua.
