Este 2026 se cumplen 102 años desde el fallecimiento del compositor italiano Giacomo Puccini. Analizando su figura se puede deslindar la coexistencia entre un hombre caracterizado por una increíble capacidad de análisis de los sentimientos, un compositor hábil en traducir las emociones en melodías sublimes. Y un burgués acomodado y despreocupado, famoso y aclamado en todo el mundo y, sobre todo, rodeado de mujeres.
El universo femenino pucciniano
Son precisamente ellas, las mujeres, las protagonistas de su universo, tanto en la vida privada, como en la ficción compositiva. Un enigma que Puccini intenta resolver en sus obras. Gran seductor, la misma historia de amor con Elvira Bonturi, la que será su esposa, empieza con un escándalo: una fuga, un embarazo no deseado, una convivencia y una boda de penalti. Sin embargo, es una tragedia doméstica el acontecimiento que quizás influye para siempre en la decisión de Puccini de dedicar en sus obras un amplio espacio a las protagonistas femeninas. Doria Manfredi, de apenas 16 años, es el ama de casa en la Villa de Torre del Lago, residencia del compositor.
Es joven y hermosa y suscita tanto el interés de Puccini, como los profundos celos de su esposa. Elvira Bonturi odia tanto a la chica que la insulta constantemente, convencida de que los dos tienen una relación, llevando Doria a la desesperación y a cometer suicidio. La autopsia demostrará que la joven era virgen.
Las heroínas puccinianas forman parte de un universo complejo y multifacético. Son mujeres fuertes, dispuestas a sacrificar hasta su vida para mantener su honor e integridad. Exactamente lo que experimenta Madame Butterfly, joven geisha y esposa de Pinkerton, un oficial estadounidense que regresa a su Patria.
Butterfly pronto se encuentra sola y con un hijo que criar, pero su amor es tenaz. Después de tres largos años, Pinkerton vuelve a Japón con su verdadera esposa americana y Butterfly, aplastada por el desengaño, entrega el hijo a la pareja y se quita la vida.
En Un bel dí, vedremo, la mujer imagina con ternura y emoción el regreso de su esposo y el tan deseado reencuentro, tratando de convencer a sí misma y a Suzuki, su propia criada, de que nada ha cambiado. La realidad difiere totalmente de los deseos de Butterfly y la pobre se enfrenta pronto con la crueldad de Pinkerton.
Con honor muere el que no puede vivir con honor. Manon Lescaut, en cambio, representa a las mujeres apasionadas y vivaces. La protagonista es considerada en el imaginario colectivo como una chica superficial y oportunista, capaz solo de traer angustia y desgracias al joven Renato Des Grieux, que desde el primer encuentro se enamora de ella sin remedio.
Manon corresponde a sus sentimientos. Y decide huir con él para sustraerse a la voluntad de su propio hermano, que quisiera casarla con el rico banquero Geronte. Sin embargo, la vida modesta cansa pronto a la joven, que deja al pobre Des Grieux para las riquezas y la vida acomodada que le ofrece el banquero. Una decisión que hará que la chica se consuma de remordimientos, arrepentida y desesperada.
La trama cambia repentinamente cuando Des Grieux llega a París e irrumpe en la habitación de su amada. La pasión que había caracterizado los dos estalla nuevamente y Manon promete que nunca le dejará.
Encarcelada por adulterio por parte de Geronte, Manon espera para ser embarcada hacia la Louisiana, entonces colonia francesa. Des Grieux, que no puede renunciar a su amor, logra salir con ella.
Los dos, llegados a Estados Unidos, vagan sin rumbo, agotados por el cansancio. La prueba de la promesa de la joven es su muerte entre los brazos del amado. Es sus últimos instantes de vida, Manon se redime, demostrando su infinito amor por Des Grieux y pidiéndole perdón. Ella personifica la pasión ardiente y el amor sin límites ni reglas, que consumen a quien los vive, reduciéndolo en cenizas.
Tosca representa a las mujeres capaces de un análisis agudo de la propia interioridad y conscientes de sí mismas. Vissi d’arte constituye el clímax del diálogo entre Floria Tosca y el Barón Scarpia, en el que él chantajea a la mujer pidiéndole su amor a cambio de la liberación de Cavaradossi, condenado a muerte y verdadero amor de la protagonista.
Tosca plantea una reflexión íntima en la que, ante su desventurada historia de amor con el pintor, se dirige directamente a Dios con un tono suplicante y al mismo tiempo de severo reproche. Ella parece consumirse ahora en el tormento más feroz.
La pluralidad del universo femenino pucciniano se deslinda también en la dicotomía evidente entre la joven esclava Liù y la Princesa Turandot, aparentemente dos mujeres diametralmente opuestas. Aunque ambas insolutas en su identidad y vida interior. Las dos proyectan hacia afuera su fuerza inacabada, Liù dedicándose totalmente al viejo Timur, Rey derrocado. Y Turandot encerrándose en un silencio obstinado, que la lleva a alejar y matar a cualquier pretendiente.
Es evidente como el concepto de amor es totalmente diferente para las dos protagonistas, al menos hasta el final de la obra. Liù demuestra a Turandot lo que es el amor, un amor silencioso, guardado como un secreto durante años. Un sentimiento que ella nunca había revelado a su amado Calaf y que desvela poco antes de matarse. Solo en este momento final las dos mujeres están más cercanas que nunca, unidas por el amor al mismo hombre.
Lo de Liù es un amor fuerte y abrumador, tan sagrado para nutrirse también de la vida. Tan temible para Turandot porque con su calor derrite su corazón de hielo.
