EL DESCONOCIDO SÍNDROME DE ERÓSTRATO

Llamar la atención está a la orden del día. De hecho lo ha estado siempre, solo que ahora quizá lo notemos más por el gran influjo que están teniendo las redes sociales sobre el comportamiento de los jóvenes y no tan jóvenes. Ya ha ocurrido tantas veces que no nos sorprende que alguien acabe cayéndose por un precipicio porque intentaba sacarse el mejor selfie de la historia. Tampoco el que veamos en medio de la Gran Vía en Madrid a personas haciendo movimientos espasmódicos frente a un smartphone. En estos casos no hay que asustarse, sino solo pensar que estarán grabando un original baile para publicar en TikTok y conseguir con él cientos o miles de likes. 

Necesitamos sentirnos vistos, comentados, valorados, compartidos. El auge de las redes sociales ha aumentado el número de personas que necesitan notoriedad. Y no es extraño que surjan nuevos casos de desórdenes mentales, síndromes y alteraciones que hacen que la gente “se vuelva un poco loca” por publicar a tiempo, con la mejor foto, la mejor pose y el mejor acompañamiento para obtener más likes y cada vez una mayor audiencia. La sociedad de hoy está necesitada de notoriedad, la exterior… la que solamente es facilitada por la imagen. Y no se preocupa de que lo que se cultiva de puertas para adentro es lo que realmente nos hace vivir mejor y ser mejores personas.

Eróstrato era un pastor de Éfeso que a simple vista parecía tener una viva sosegada. Su rutina se debatía ente vivir cuidando de su ganado o pasear por los campos. Pero prefirió pasar a la historia por otro motivo: fue un incendiario. El autor del incendio del templo de Artemisa considerado como una de las siete maravillas de la Antigüedad. El incendio sucedió según los historiadores, justo el día en que nació Alejandro Magno.


¿Nos estamos convirtiendo en Eróstrato?

Tanto dio que hablar este pastor tan incendiario que en Psicología se estudia el «complejo de Eróstrato» para definir una personalidad con escasa autoestima. Tiene un gran deseo de fama, busca la notoriedad. Y además está dispuesto a hacer cualquier cosa para alcanzar la inmortalidad. Que se le recuerde para siempre y por siempre.

Eróstrato pasó a la historia por quemar un templo y cargarse una de las siete maravillas del mundo antiguo. Ese al parecer, era su mayor objetivo y fue además su mayor logro. Pero Eróstratos ha habido unos cuantos a lo largo de la historia. Asociándoles a todos ellos este complejo por las fechorías que cometieron en busca de notoriedad. Es el caso de David Chapman, asesino de John Lennon o de Alí Agca, uno de los terroristas que atentaron contra las torres gemelas.

A pequeña escala todos llegamos a ser alguna vez un poco Eróstrato. Hoy triunfa el parecer ser sobre el propio ser. El exhibicionismo social mal llamado «postureo». Y redes sociales como Instagram invitan a ello si se les toma tan en serio que pasan a ocupar el centro de todas las actividades que realizamos o de todas las visitas o acciones de disfrute que hacemos.

Nos gusta gustar. Queremos que se nos conozca. Que se nos valore y que nuestro nombre acabe siendo un punto de interés para los demás. Por el simple hecho de ser y a veces hasta de parecer. No nos vale con aquello de querernos a nosotros mismos, de valorarnos y de crecer interiormente de tal manera que no necesitemos el visto bueno de los demás para hacer, ser o comprender que somos parte esencial de una sociedad que engloba más personas. 

Nos falta autoestima. Y convencernos de que somos importantes por el simple hecho de ser y estar. Para eso no necesitamos la validación de nadie a través de un corazón en las redes sociales o de un dedo chequeando en positivo que lo que decimos o hacemos, puede que esté bien. Lo está y eso es lo que debe importarnos. 


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