EL CAMBIO CLIMÁTICO ES UNA REALIDAD

Desde los más remotos orígenes la producción agrícola ha estado pendiente del clima, del tiempo, de la meteorología. Una cosecha se podía ir al garete después de meses de cuidados si la lluvia venía mal dada, hacía mucho aire, si el calor azuzaba por encima de lo normal. Y todos los inviernos y veranos observamos cómo las lluvias torrenciales son capaces de anegar calles y pueblos enteros. También de destruir las huertas y campos que nos proveen de alimentos. Un verano más caluroso de lo normal, sin agua y sin lo que debería ser lo habitual para esta época del año, lleva al límite a la recogida de productos como la aceituna.

De esto saben mucho los agricultores que se esfuerzan cada año por mantener en pie sus cosechas y seguir siendo los proveedores que quieren ser. Si el tiempo influye en la agricultura y en lo que comemos y compramos, entonces ¿qué ocurre cuando no se para de hablar de que el clima ha cambiado y todo lo que vivimos ahora como excepcional se va a acabar convirtiendo en lo habitual? 

Tal y como se recoge en el informe “Impactos y riesgos derivados del cambio climático en España, 2021”, se cree que los días con temperaturas por encima de los 25º aumentarán en las próximas tres décadas. Este informe ha sido elaborado por el Ministerio para la Transición Ecológica. Además las lluvias dejarán de ser tan constantes, con lo que las zonas destinadas al cultivo del cereal por ejemplo, serán cada vez menos. Y como vemos ahora durante la guerra de Ucrania y Rusia, dos de los mayores exportadores mundiales de cereal, si los cereales son menos, sube su precio. Y con él también el de otros alimentos cárnicos como los huevos, la pasta y el pan. 


¿Cómo afecta el cambio climático a la agricultura?

El calentamiento global y la reducción de las precipitaciones están provocando un aumento de las plagas. Hasta llegan casi a multiplicarse en zonas donde antes ni siquiera existían. Esto no solo interfiere en el correcto desarrollo y crecimiento del campo sino también en la ganadería. Previendo lo que se les viene encima, los agricultores están adaptando sus técnicas de siembra a la llamada agricultura de precisión. Ésta proporciona determinados datos y estadísticas al agricultor, lo que le permite adelantarse a posibles consecuencias futuras. En otras zonas del planeta como América Latina y el Caribe, ya se habla de agricultura inteligente. Hablan de agricultura sin labranza, regenerativa y con irrigación de mayor precisión. Y en la reutilización de residuos agrícolas para producir otro tipo de energía. 

Tanto en un caso como en otro se plantea la utilización de herramientas como los drones. Estarían encargados de recoger información en las zonas de cultivo con el objetivo de actuar en las áreas concretas que necesitan ayuda más inmediata. Estas zonas de cultivo también estarían sujetas a sensores que proporcionarían seguimiento sobre el desarrollo y el crecimiento de lo cultivado. Eso sí siempre en tiempo real. Avisando de los cambios bruscos que se produzcan en el estado de los cultivos, la consulta de los datos a través de aplicaciones móviles, sin límite de horarios. La identificación de enfermedades o de maleza que pueda echar por tierra el cultivo estudiado. 

También se contempla la aplicación de otros mecanismos como la irrigación inteligente, sobre todo para pequeños productores. Pero para todo ello será necesario acabar con la brecha tecnológica que les permita adaptarse realmente a la nueva situación. Con todo ello la teoría de la economía circular se adapta al campo y promete una agricultura también circular a la que no le va a quedar más remedio que adaptarse a los cambios que le vienen, y a lo que estos están provocando en las cosechas y siembras para aprovechar el nuevo resultado, analizarlo y volver a utilizar para otros fines. 

Deforestación, pérdida de biodiversidad, incremento de los gases de efecto invernadero, desperdicio de alimentos o uso incontrolado del agua, nuestro bien más preciado, son algunas de las lindezas que están ocupando este principio del siglo XXI. Esto ya se anticipaba hace más de una década, con las terribles consecuencias que estamos viendo que tienen en nuestro planeta. Nos imaginamos un mundo anegado de agua al estilo de la película “El día de mañana”.

No pensamos que el pan que nos comemos cada día o que los cereales que desayunamos, también son víctimas del cambio climático. Si se acaba una cosa, ésta tendrá consecuencias sobre la siguiente. Y aunque muchas soluciones no tenemos en nuestras manos, por lo menos debemos ser conocedores de que hablar de cambio climático no es solo imaginarse que en un glaciar se desprende una nueva capa de hielo gigantesca. Es mucho más porque muchas consecuencias de ese cambio las tenemos encima de la mesa.


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