¿DECIDIR O ELEGIR? HE AHÍ LA CUESTIÓN

Existe una diferencia sustancial entre lo que es elegir y lo que significa decidir. Porque a priori parecen dos términos que se refieren al mismo concepto: tomar un camino u otro, dar el paso o pensarlo un poco más. Porque en principio decidirse por algo es elegirlo y escoger. Determinar si lo que se nos ofrece o nos encontramos, al ser de nuestro agrado, lo preferimos y optamos por él. Sin embargo, elegir y decidir tienen matices que los hacen ser diferentes. Se trata de acciones que marcan cosas distintas.

De hecho la Real Academia de la Lengua, que es muy sabia, define ambos conceptos con claridad: por un lado, decidir, afirma que es: “formar juicio resolutorio sobre algo dudoso o contestable, es hacer una elección tras reflexionar sobre ella”. Mientras que elegir, la RAE explica que es: “escoger o preferir a alguien o algo para un fin”.

Es decir, decidimos qué hacer, por dónde ir, qué normas seguir o qué decir y una vez que pensamos y meditamos sobre ello, elegimos, nos decantamos y escogemos. El paso final es actuar. Tiene relación con ambos conceptos pero nunca se contempla dentro de la definición de uno y de otro. Tal vez porque en ocasiones decidimos hacer algo, elegimos hacer algo pero no lo materializamos haciéndolo, una pena, ya que lo que se empieza debe terminarse.


Decidir o elegir ante la información externa

Y en definitiva un verbo es un verbo porque incita a la acción. Por tanto, elegir y decidir son dos acciones que en algún momento de nuestra vida nos ha tocado emprender.

De hecho, se trata de acciones que llevamos a cabo en cualquiera de nuestros días cuando se nos presenta una situación complicada. Pero también cuando las circunstancias entre las que nos toca decidir o elegir, son favorables y nos dan calma. En esas situaciones, que irradian positividad y son relativamente sencillas, sabemos sin mirar ni repensar nada, qué hemos decidido y por qué optamos por algo convirtiéndolo en nuestra elección.

Otra cuestión es cuando las cosas no las tenemos tan claras. Cuando nos bombardean y nos incitan a decidir o elegir un camino u otro bajo presión. Es entonces cuando nos toca echar mano del intelecto y la comprensión, cuando tenemos que elegir primero entre cabeza o corazón para formalizar la decisión final.


Decidir y elegir en la sociedad de la (des) información

Hoy en día los medios de comunicación ayudan mucho a ello. Nos teledirigen hacia una elección, a veces como borregos. Nos insuflan “verdades” que consumimos en ocasiones sin cuestionar nada más. Antes era únicamente la televisión y ahora también se le ha unido Internet. Esas “verdades” ya son digitales y pueden consultarse y consumirse en cualquier momento y lugar. Para que estemos donde estemos, sea mañana, tarde o noche, elijamos qué decidir. Aunque en realidad, en la mayoría de las ocasiones, ya hayan decidido otros qué tenemos que decidir nosotros.

Así pues, elijamos lo que elijamos: si consumir información o no, si consumir menos o hacerlo en mayor cantidad, o incluso si dejar de leer, ver y escuchar. Solo tenemos que tomar una única decisión: tener la entereza y la consciencia para saber que, lo que elegimos, lo hemos hecho por nuestro propio pie. Que nadie escoja o decida por nosotros. Aunque puestos a elegir con libertad, también se puede optar por dejar que otros lo hagan. Solo que en este caso, la libertad no es nuestra, sino la de los demás.


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