El próximo 24 de octubre se celebra el Día de las Bibliotecas bajo el lema “Sin profesionales, no hay bibliotecas”. Una fecha que invita a reivindicar estos espacios culturales y recordar su papel en una sociedad saturada de información y acostumbrada a consumir contenidos a golpe de pantalla. Aún recuerdo cuando mi madre nos llevaba a mi hermana y a mí cuando éramos pequeñas a la biblioteca de mi ciudad. Ella siempre ha sido la que nos ha inculcado el amor por la lectura. Ir a la biblioteca era pura diversión. Llevarte libros a casa para disfrutarlos durante quince días, y adquirir el compromiso de devolverlos cuando pasaba el período de préstamo. ¿Qué más se podía pedir?
Vivimos rodeados de ruidos
Vivimos conectados. Despertamos con el móvil en la mano, consultamos las redes sociales mientras desayunamos y terminamos el día deslizando el dedo en una pantalla en busca de algo que consiga mantener nuestra atención unos minutos más. Leemos titulares, vemos videos de pocos segundos. Nunca habíamos tenido tanto contenido al alcance de la mano. Sin embargo, me pregunto si disponer de tanta información significa realmente que comprendemos mejor lo que sucede a nuestro alrededor. Porque una cosa es estar informados y otra muy distinta es detenernos a pensar o contrastar lo que leemos.
En medio de todo este ruido, muchas veces innecesario, las bibliotecas representan algo que parece cada vez más difícil de encontrar: un espacio donde no todo exige una respuesta inmediata. Allí podemos sentarnos a leer, estudiar, trabajar, consultar un libro, todo ello mientras fuera de esas paredes se vive a un ritmo frenético.
Un refugio que no debería ser un privilegio
Hay algo que considero especialmente valioso y es la posibilidad de entrar en una biblioteca sin necesidad de comprar nada. No hace falta pagar una suscripción ni adquirir el último lanzamiento editorial. Basta con cruzar la puerta para acceder a un lugar compartido en el que la cultura está al alcance de todos. Por eso, cuando defiendo las bibliotecas públicas, no pienso solo en la lectura. Pienso también en los estudiantes que necesitan un lugar para preparar sus exámenes, en quienes buscan información para mejorar su formación o en quienes desean descubrir un libro sin que su precio determine la elección.
Todos sabemos que la cultura tiene un coste, y no todas las personas pueden permitirse comprar libros con mucha frecuencia o pagar plataformas de lecturas. Las bibliotecas ayudan a reducir esa barrera y recuerdan que el acceso al conocimiento no debería de depender de la capacidad económica de cada uno. Defender estos espacios es defender una cultura más accesible, en la que nadie quede excluido por no poder pagarla.
Detrás de cada biblioteca hay personas que se dejan la piel en su trabajo y en el amor por los libros
El lema elegido este año para celebrar el Día de las Bibliotecas pone el foco en quienes hacen posible que estos espacios funcionen. Y me parece importante que sea así, porque existe cierta tendencia en pensar en las bibliotecas como almacenes de libros, ordenados en sus estanterías, esperando a que venga alguien y los descubra. Pero una biblioteca no se construye solo con paredes, mesas y colecciones bibliográficas. Detrás de cada recomendación, cada préstamo, cada actividad y cada consulta hay profesionales que conocen los recursos disponibles, orientan a los usuarios, ordenan las estanterías para que podamos encontrar nuestros libros y contribuyen a que la información resulte accesible. El trabajo de los bibliotecarios tiene una dimensión cultural que merece reconocimiento.
Por eso, reivindicar las bibliotecas implica también reclamar los medios necesarios para mantenerlas vivas. No basta con celebrar su existencia un día al año. Hace falta apostar por sus profesionales, actualizar los recursos, cuidar de sus instalaciones. En definitiva, hacer de las bibliotecas un lugar donde profesionales y usuarios encontremos nuestro sitio en el mundo, en medio de toda la vorágine. Debemos tratarlas como lo que son: un servicio cultural esencial, no un elemento decorativo de nuestras ciudades.
Mucho más que libros
Cada 24 de octubre tenemos una nueva oportunidad para recordar el valor de las bibliotecas, pero considero que su importancia no debería limitarse a un solo día en el calendario. La verdadera reivindicación pasa por garantizar que estos espacios cuenten con los recursos, los profesionales y el apoyo institucional que necesitan para seguir cumpliendo su función. Porque una biblioteca no puede medirse por el número de libros que alberga o de los préstamos que registra. También se mide por el acceso al conocimiento.
Por eso me resisto a pensar que las bibliotecas pertenecen a otra época. La existencia de las bibliotecas nos recuerda que todavía hay cosas que merecen la pena. Y que conservar estos espacios es una manera de decidir qué lugar queremos que ocupe la cultura en nuestras vidas. Y, a pesar de los años que han pasado, todavía hoy encuentro momentos para volver con mi madre a la biblioteca, como cuando era pequeña. No importan los años ni las circunstancias, volver a una biblioteca y acompañada por mi madre es el mayor legado que ella me ha podido dejar. Ojalá muchos años más acudiendo juntas a nuestra cita con la cultura.
