CRANS-MONTANA: CUANDO EL DOLOR SE CONVIERTE EN JUICIO

La tragedia de Crans-Montana no solo ha planteado preguntas sobre las condiciones de seguridad del local y sobre las responsabilidades que deberán determinar las investigaciones. También ha puesto de manifiesto algo más incómodo: nuestra tendencia, como sociedad, a buscar explicaciones incluso allí donde debería existir, antes que nada, espacio para el duelo.

Después del incendio, algunas reacciones se centraron en la condición económica de los jóvenes que se encontraban allí. Se habló de familias acomodadas, de privilegios, de la posibilidad de permitirse unas vacaciones en una estación exclusiva. Otros comentarios cuestionaron por qué los jóvenes no habían reaccionado antes, por qué no habían escapado a tiempo o qué decisiones habían tomado durante aquellos minutos. Es legítimo preguntarse por qué una tragedia ocurre. Lo es investigar las responsabilidades, las condiciones de seguridad y las posibles negligencias, pero existe una diferencia profunda entre buscar las causas de una tragedia y buscar una culpa en quienes la padecieron.

Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿habríamos mostrado la misma actitud si aquellos jóvenes hubieran pertenecido a familias pobres? 

La desigualdad económica es, evidentemente, una cuestión que merece ser discutida. El resentimiento frente a los privilegios tiene raíces sociales comprensibles: vivimos en sociedades profundamente desiguales, donde las oportunidades y las experiencias disponibles para una persona dependen en buena medida de su origen. Pero convertir esa desigualdad en una medida de la compasión significa dar un paso peligroso, porque una cosa es cuestionar el privilegio y otra muy distinta considerar que el privilegio hace que una vida sea menos digna de ser llorada. Ninguno de aquellos adolescentes eligió la familia en la que nació. No decidió su patrimonio, su entorno ni las posibilidades económicas de las que disponía. Y, sobre todo, nada de eso los convierte en menos humanos frente a la muerte.

El problema del juicio retrospectivo

Algo parecido ocurre cuando se afirma que «deberían haber salido antes».

Desde fuera, todo parece más sencillo. Nosotros conocemos el final de la historia: sabemos que el fuego se convertiría en una catástrofe. Ellos no lo sabían y en los primeros instantes de una emergencia, una persona no dispone de una visión completa de lo que está ocurriendo. Hay confusión, miedo, ruido, humo, personas que intentan comprender la situación y decisiones que deben tomarse en cuestión de segundos. Juzgar esas decisiones con la información que poseemos después supone caer en una forma de juicio retrospectivo.

Además, existe una función psicológica detrás de este tipo de razonamiento. Pensar que las víctimas podrían haber actuado de otra manera nos permite imaginar que nosotros habríamos estado a salvo. Construye una frontera entre «ellos» y «nosotros»: ellos cometieron un error; nosotros habríamos sabido reaccionar.

Pero las tragedias nos recuerdan precisamente que esa frontera es ilusoria.

Desaparecer detrás de la clase social

Quizá uno de los aspectos más interesantes, desde el punto de vista sociológico, sea cómo una persona puede desaparecer detrás de la categoría social a la que pertenece.

Ya no vemos a un adolescente que salió a celebrar con sus amigos, sino que vemos «a los ricos». Ya no vemos a una familia que ha perdido a un hijo. Vemos «a una familia privilegiada», haciendo que la categoría social termina sustituyendo al individuo. Y cuando esto ocurre, el privilegio se convierte, casi inconscientemente, en una especie de explicación moral de la tragedia: como si haber tenido más recursos hiciera que la pérdida fuese menos injusta.

Podemos criticar las estructuras sociales sin dejar de reconocer la humanidad de quienes forman parte de ellas.

No perder de vista lo esencial

¿Estamos intentando comprender lo ocurrido o estamos intentando encontrar una razón que nos permita sentirnos diferentes de quienes murieron?

Antes que ricos o pobres, privilegiados o desfavorecidos, prudentes o imprudentes, aquellos jóvenes eran seres humanos, y quizá la tragedia de Crans-Montana debería recordarnos precisamente eso: que el dolor no necesita ser merecido para despertar compasión, y que ninguna desigualdad social debería hacernos olvidar la humanidad de quien sufre.

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