Durante casi una década trabajé como consultor educativo para el programa de educación de Apple, hasta que el parón de la pandemia me dio la oportunidad de volver a cambiar de sector. Y yo, que solo tengo que escuchar unos segundos la música para ponerme a bailar, donde muchos vieron un drama tuve el acierto de descubrir una oportunidad. De nuevo —no ha sido la primera ni será la última vez—, cambié de profesión, olvidando mi anterior trabajo en el sector educativo pero igualmente tratando de mantener las amistades que cultivé por medio mundo.
Esta maravillosa costumbre de no romper nunca con mi entorno cercano, a pesar de cambiar de país o profesión, me regala poder seguirle el pulso a la vida desde las experiencias de un músico, un editor, un profesor, un ingeniero, un publicista, un diseñador, un guía de turismo o un loco descentrado que no concibe el mundo si no es de una forma holística.
El valor de la privacidad
Y hoy, según escribo estas líneas, me vienen a la mente mis conversaciones sobre metodología educativa y sociología —entre otras muchas cosas— con una de mis referencias en relación al buen sentido y uso de la educación. Estadounidense de nacimiento y guatemalteca por elección libre y por pasión, conserva el análisis pragmático de su sangre anglosajona sin perder un ápice del calor centroamericano que brota desde esos volcanes que observa cada atardecer al amparo de su balcón.
Recuerdo una ocasión, en la que entre los variados temas que rebosan nuestras charlas nocturnas —más para mí que para ella, por el cambio horario— hablamos sobre el valor de la privacidad en estos tiempos en los que solemos abrir nuestros perfiles a toda empresa u organismo que nos ofrezca un poco de tecnología.
Ambos coincidimos en que nos encanta trabajar en la soledad y silencio de la madrugada, ya que según sus palabras, “en la noche, el mundo se vuelve propio”.
La noche permite la introspección de forma natural, porque hasta los ruidos nocturnos suman a la reflexión y muestran lo privado del ser humano.
Y por eso hoy me apetece hablar sobre el inmenso valor de la privacidad y lo confuso del término en estos acelerados tiempos.
Privacidad y anonimato
Ante todo, no confundamos privacidad con anonimato. Ser anónimo es no tener una identidad y no estar asociado, aparentemente, a nada que desvele quiénes somos. La privacidad en cambio radica en la capacidad de poder elegir qué partes de nosotros queremos compartir con el mundo y qué decidimos reservarnos para nuestra vida personal. Creo sinceramente que esta dualidad es una ventaja significativa para caminar hacia una vida plena.
Estoy convencido de lo sano que resulta tener espacios de nuestra vida que no compartamos con nadie y que sean el refugio de nuestras ideas. Esas islas en el océano de la comunicación son los breves reposos en los que amarrar cuando el mar embravecido de la información nos zarandea con sus olas mediáticas.
Se ha normalizado vivir anclados a nuestros perfiles de redes sociales y no nos damos cuenta de lo complejo que resulta mantener nuestra información sensible al margen del incesante pulso de la comunicación.
Las redes sociales
En buena medida, la privacidad se sustenta en limitar la capacidad de relación de nuestros datos, en restringir la posibilidad de unir puntos sobre el cuadro e inferir registros que en principio permanecen ocultos.
Incluso manteniendo un perfil completamente anónimo —sin nombre real, ni rostro, o datos directos—, es posible deducir información sobre alguien. En redes sociales y comunicación digital, la diferencia clave radica en que un perfil privado protege lo que mostramos conscientemente, mientras que el anonimato oculta la identidad formal, pero no suele ocultar la huella digital.
Existen muchas formas de colegir información de un perfil anónimo: el estilo de escritura, la combinación de palabras, las faltas de ortografía frecuentes, el uso de signos de puntuación, los modismos geográficos o incluso la velocidad y los horarios que quedan en la “metadata” de cada archivo. Nuestros patrones de comportamiento dejan “huellas” casi imposibles de ocultar y la correlación de datos entre nuestros dispositivos y nuestras identidades son una radiografía para los algoritmos que sin mucho esfuerzo catalogan y definen nuestros gustos e intereses como si nos hubieran psicoanalizado.
Perfiles y algoritmos
Tengo un perfil público bastante abierto pero la privacidad es un elemento valioso en mi vida por lo que segmento y decido la información que comparto. A mi edad, es mucho más conveniente dejar un buen rastro de migas de pan para que puedan seguirlo, mientras mantengo facetas privadas en vidas paralelas. Ten siempre algo tuyo, solo tuyo; y aunque parezca una perogrullada…, si no quieres que nadie se entere de algo, no se lo cuentes a nadie.
Hoy la tecnología permite la dicotomía de estar conectado y vendido a los patrones publicitarios, mientras mantienes una o varias identidades de perfil bajo, como cualquier ciudadano confortablemente irrelevante. Te animo a hacer ambas cosas, es muy divertido cuando ves que ya no cuentan contigo.
Por supuesto, hablando de privacidad, no voy a revelar la identidad de mi amiga guatemalteca; aunque amigos comunes —y seguramente profesionales del sector educativo— adivinarán de quién hablo y por ello, queda en su mano el nivel de privacidad de mis palabras.
En eso radica la privacidad. Un mismo texto, unas mismas frases y se pueden leer como datos inconexos e impersonales o mostrar claramente la persona a la que me refiero. La diferencia radica en quienes lean este texto. Nuestros amigos y conocidos comunes no tendrán duda, los ajenos podrán permanecer convenientemente al otro lado de la línea que delimita nuestra privacidad.
Me encanta que mis amigos y la gente a la que quiero conozca detalles sobre mi, pero me satisface tremendamente ver cómo los algoritmos de cualquier sesgo que buscan conocerme se mantienen dando vueltas sin saber siquiera quién soy.
