SERÁ QUE SOY RARO

Esta escena sucede cada vez más a menudo… Estoy en un tren de Alta Velocidad, en un trayecto de un par de horas.

Todo el mundo se sienta y justo cuando comienza la marcha, empiezan a surgir sobre las escuetas mesas desplegables, bolsas de papel con todo tipo de marcas de fast food. Al momento, un apacible vagón de tren se convierte en un bazar donde se mezcla el curry con la barbacoa y el dulzor de los refrescos con ese intenso olor a fritanga que tienen casi todas estas franquicias.

Y digo yo, ¿no sería más cómodo comerlo antes o esperar un par de horas para disfrutarlo ya en destino, sin necesidad de compartir esa dudosa experiencia gastronómica con el vecino aleatorio que sufre sentado al lado…? Desde mi asiento, sentado junto a desconocidos, no me parece el lugar más apropiado para desplegar un “Menú Kingping” con hamburguesa, patatas fritas, aros de cebolla, tres distintas salsas y unas galletas de postre.

Fast food vs slow food

Aunque si es una cuestión de falta de tiempo, entonces lo lamento por sus maltratadas vidas. Quitar tiempo para disfrutar plenamente del placer de la comida o restarle horas al necesario descanso es ir matando nuestra vida, dejando que se pierdan en la rutina unos preciosos momentos que jamás volverán.

En España al menos aún no se ha normalizado el despropósito de comer en la misma mesa de trabajo, sin separar una acción de la otra. He vivido en países donde incluso en una ventanilla de atención al público de un estamento oficial, quien te atendía hacía breves interrupciones en la conversación para meterse un bocado de su almuerzo sin reparo ni pudor y entendiendo como algo normal el masticar las viandas mientras tramita un expediente o completa un formulario.

Lo digo a menudo y es muy probable que sea el paso del tiempo y que ya soy un boomer anclado en el siglo XX, pero cada vez veo más tendencias sin sentido y lo que es peor sin el más mínimo beneficio.

Publicando nuestra vida en RRSS

Yo soy ese tipo extraño que no hace fotos a los platos antes de comerlos, que no necesita cada mañana dar los buenos días al mundo en una red social, que no lamenta en esas mismas redes cuando un artista fallece. Y por supuesto no voy a escribirle un panegírico o dedicarle agradecimientos y dádivas como si el susodicho fuera a leer todo lo que sus fans redactan en la página oficial.

Soy el que en lugar de estar pendiente de la aprobación de extraños, trato de hacer las cosas que me gustan y procuro que no me importen las reacciones; sobre todo las de desconocidos que no saben nada sobre los motivos y los orígenes de mis decisiones. Y no me cuesta conseguirlo, ya que mi forma de entender las redes sociales es como ese lugar de contacto y seguimiento de mi grupo de amigos y conocidos. Así, tal cual, amigos y conocidos.

Sé perfectamente quienes son todos mis contactos y no necesito que me siga gente que no conozco, por la que evidentemente, no tengo el más mínimo interés. Así, cuando me entero de algo que le sucede a algún amigo, le escribo y me preocupo por él, su familia y su círculo cercano. En las últimos meses he escrito y en algunos casos hablado con mis amigos de Venezuela, Colombia y Perú para saber cómo se encontraban tras los terremotos sufridos. Contactos directos, preocupaciones reales, cariño autentico compartido desde relaciones personales de verdad. No pongo banderas en mi perfil, y no comparto emojis llorones o gifs sensibleros.

Soy el que nunca se hace un selfie, ni siquiera para dejar constancia de que estuve en un lugar. Por ahora tengo memoria y no necesito fotografías para saber los lugares por donde pasé. Mañana tal vez sufra demencia y necesite estas instantáneas para recordar los entornos conocidos, pero sinceramente, si eso pasase, no creo que mi problema más acuciante sea la falta de fotografías para sentir que viví una vida. Supongo que me preocupará más no recordar a las personas que tengo en mis redes sociales. Aunque, pensándolo bien, tal vez sólo  me vea como un tipo normal, de esos a los que sigue gente que no conoce y paralelamente sigue con interés las vidas de desconocidos.

Mis redes sociales son las más aburridas del mundo, y las mantengo porque durante mucho tiempo viví saltando de un país a otro y era una forma sencilla de saber cómo andaban mis seres queridos. Con poca reciprocidad, por cierto, ya que por mi parte no dejaba muchas pruebas de mis andanzas; hasta el punto de que cuando había una fotografía grupal, yo siempre era el voluntario para hacerla, ingeniándomelas después para no salir en la siguiente.

¿Soy un bicho raro…?

Pues tal vez, pero entiendo la privacidad como algo muy importante. Nunca he buscado el anonimato, pero creo que la vida de cada uno debe ser compartida exclusivamente con aquellos que forman parte de la misma. A los demás no debería importarles mucho al igual que a mí tampoco me interesan especialmente las vidas de las más de ocho mil millones de personas que compartimos planeta.

De corazón, le deseo a todo el mundo lo mejor, incluso desde el interés de saber que si les va muy bien, me molestarán menos. Pero creo que vivimos unos tiempos en los que hemos regalado nuestra privacidad; a pesar de ser una faceta primordial de nuestra individualidad.

Tal vez sea momento de dejar de alimentar con nuestras vidas los argumentos y el conocimiento de Meta, Google y demás propietarios de nuestros recuerdos. Olvida las redes sociales. Crea tu espacio en la nube, que tú mismo gestiones y dales permiso para acceder (a lo que quieras, cuándo y cómo quieras) a tus verdaderos allegados. Esas miles de fotos que atesoras en “tu cuenta” de Facebook, Instagram o cualquier otra red social no son tuyas. Es posible que en muchas aparezcas tú, pero lamento decirte que no son de tu propiedad.

Y lo peor es que gracias a los metadatos, esas empresas saben perfectamente dónde y cuándo estuviste, dónde comiste, dónde te hospedaste y con quién. Ahora, además permites que la IA analice vuestros rostros y los comentarios en cada uno de los perfiles compartidos, para que pueda trazar una radiografía social de quién eres y qué quieres en la vida.

Recuerda que todo eso lo hiciste gratis para unas compañías a las que sólo importas por lo que les aportas. Cuando no ves el negocio, el negocio eres tú.

Ah…, y por favor, come antes de subir al tren. 

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