Hay lugares, a menudo silenciosos y lejos de los focos, donde el futuro de chicos difíciles se reconstruye pieza a pieza. Son las asociaciones de voluntariado que trabajan en el territorio, aquellas que no se limitan a contener el malestar, sino que intentan transformarlo. Aquí, jóvenes frágiles acogidos por comunidades o que han estado involucrados en actos de vandalismo, encuentran a alguien que no los define por lo que han hecho, sino por lo que podrían llegar a ser.
Es un paso delicado: de “problema” a recurso, y no ocurre mediante sermones o castigos, sino con oportunidades concretas. Un muro manchado puede convertirse en un lienzo. Un gesto destructivo puede transformarse en creación. En los murales, en las obras artísticas, en los talleres, estos chicos no solo se expresan a sí mismos, sino que devuelven algo a la comunidad que antes habían herido. Es una forma de reconciliación, pero también de descubrimiento: “valgo”, “sé hacer”, “puedo dejar una huella que no sea negativa”.
La lección de Cosimo: una nueva posibilidad
En este recorrido se puede vislumbrar una figura literaria poderosa: Gian dei Brughi y, sobre todo, la relación que lo une a Cosimo Piovasco de Rondò en la novela El barón rampante (1957) de Italo Calvino. Gian es un bandido, un hombre marcado por decisiones equivocadas que, sin embargo, conserva dentro de sí una chispa diferente. Y Cosimo es quizá el único que, al observarlo desde lo alto de los árboles donde vive y por tanto desde una perspectiva no convencional, logra entrever esa posibilidad.
Es precisamente en la mirada de Cosimo donde emerge un elemento decisivo: él no se limita a juzgar a Gian por lo que ha sido. Sino que lo observa con curiosidad, con apertura, casi con obstinación. Su relación está hecha de encuentros, de diálogos indirectos y de confianza. Cosimo representa esa mirada que muchas asociaciones intentan ofrecer a los jóvenes: una mirada que no borra el error, pero tampoco lo absolutiza.
Dentro de cada ser humano, sugiere esta relación, hay algo que salvar. Hay una luz, quizá escondida bajo capas de rabia, miedo y abandono. Y el mayor riesgo no es el error en sí, sino la mirada que condena sin apelación, que etiqueta y aleja. Cosimo, al elegir vivir en los árboles, se sustrae precisamente a esa lógica: toma distancia para ver mejor. Para no caer en las simplificaciones de la sociedad.
La transformación por la lectura
Las asociaciones que trabajan con estos jóvenes cambian de perspectiva, ven más allá y apuestan por esa luz incluso cuando es difícil percibirla. Y, lo que es fundamental, crean contextos en los que esa luz puede emerger, tomar forma y convertirse en acción concreta, igual que Cosimo, que no se limita a intuir el potencial de Gian, sino que lo alimenta a través del contacto con los libros y con nuevas posibilidades de pensamiento.
La transformación de Gian dei Brughi, de hecho, pasa también por la lectura. Los libros se convierten para él en una grieta en un destino que parecía ya escrito. Y es significativo que este paso ocurra en relación con Cosimo: no es un cambio aislado. Sino que nace dentro de un vínculo, dentro de una mirada que lo reconoce como algo más que un bandido. Del mismo modo, para muchos jóvenes hoy, el arte, la música, el deporte o la escritura pueden ser esa misma grieta.
Un mural puede tener el mismo valor simbólico que una novela: es una forma de reescribir la propia historia. Incluir, por tanto, no es buenismo. Es responsabilidad. Es reconocer que el destino de estos jóvenes no está separado del nuestro, del mismo modo que la historia de Gian no está separada de la de Cosimo. Una comunidad crece de verdad solo cuando logra recuperar a quienes se han quedado atrás, cuando acepta asumir la mirada “diferente” de Cosimo: menos juzgadora y más capaz de ver posibilidades.
Porque salvar a alguien, en el fondo, nunca es un gesto unilateral, sino una manera de salvar también la propia idea de comunidad. Y el vínculo entre Cosimo y Gian nos lo recuerda con fuerza: a veces basta con que alguien mire desde otra perspectiva, una altura simbólica, para transformar un destino que parecía ya escrito.
