LAS PALABRAS YA NO IMPORTAN

Decía Residente que “las letras ya no importan”, entregándonos irónicamente un disco cargado de reflexiones profundas y sentimientos complejos. Hoy me permito seguirle la partida y preocuparme un momento de las palabras.

Sólo hay que sentarse a tomar un café en cualquier terraza para comprobar cómo se destrozan expresiones en usos completamente alejados de la lógica. El otro día escuché a una chica quejándose porque a pesar de reconocerse muy preparada en su carrera, encontraba problemas para trabajar de “lo suyo”. Como si los conocimientos adquiridos le tuvieran que garantizar “su” puesto de trabajo.

El uso de expresiones y palabras en un contexto distinto a su auténtico significado es algo muy habitual en nuestros días. Y en este asunto no incluyo la eterna lista de anglicismos usados de forma recurrente. A pesar de contar con palabras en español que nos dan definiciones incluso con mayor exactitud…

El verdadero significado de las palabras

“Adolecer” significa padecer un defecto, no carecer de algo. “Colapsar” no significa atascarse, sino derrumbarse o hundirse. “Mítico” no es algo famoso o recordado, es algo perteneciente al mito. Y coronando este catálogo, “Literal” es probablemente la más repetida, en frases como: “Literal, me morí de risa”, que es una contradicción en sí misma.

A cada minuto se pueden escuchar joyas similares, pero lo que realmente me preocupa es que las raíces de esta situación se encuentran en la pérdida de la importancia de la educación. Y en potenciar este desinterés desde el Gobierno.

Para nuestra clase política es conveniente que la población no se preocupe por saber escribir ni leer de forma nutrida y locuaz. Cuantos menos términos manejemos para expresar nuestras ideas, más fácil les será apabullarnos con datos manipulados y definiciones confusas.

En el sistema educativo actual, ya no se valora la calidad de un colegio de acuerdo a su exigencia académica, sino por el número de aprobados. Parece increíble pero un buen colegio es aquel en el que ningún niño suspende. Y ese resultado, se suele achacar a la excelencia de su personal docente y a un curriculum brillante. A nadie se le ocurre que pueda deberse por ejemplo a una bajada del rasero con el que se aprueba, reduciendo el nivel educativo.

Pero lo curioso es que los padres no se extrañan al comprobar que sus hijos de diecisiete o dieciocho años no saben cuándo deben escribir “haber” o “a ver”. Seguramente se contenten con que no lo resuelvan con un “aber”.

Una frase célebre rezaba: “Quien no piensa lo que dice, difícilmente dirá lo que piensa”. Pero si no escribimos con corrección lo que pensamos, ¿cómo podremos expresarnos para conseguir lo que queremos?

Por ello, debemos preguntarnos si existe algún objetivo para potenciar el uso confuso o la deformación del significado de algunas palabras. 

El político y su lenguaje

El manejo tosco del lenguaje es, en mi humilde opinión, uno de los puntos de mayor importancia en la incorporación de ideologías, instaurándose de forma sólida gracias a la intensidad de su difusión. Cuando un concepto se convierte en viral, se sobreentiende que o bien es cierto, o bien es aceptado por una gran mayoría. Si esa mayoría es afín a la “visión oficial” inmediatamente se aceptará como cierto. En cambio si se identifica en el grupo de los “transgresores”, nos encontraremos en el escabroso terreno de los bulos. Todo esto, a pesar de tener la certeza de que nuestros dirigentes no son los lápices más afilados de la caja. Ya que si por algo se caracteriza nuestra clase política es por su torpeza, más que por su inteligencia.

La realidad es que la cúpula de nuestros políticos ha llegado a donde está debido a que son los más convenientes, las marionetas capaces de vender cualquier relato que favorezca a quienes les colocaron en sus sillones a cambio unos sueldos por encima de su capacitación y unas sugerentes puertas giratorias. Mi sesgo particular me lleva a pensar que no hay partido limpio ni político decente, que el Estado en pleno está plagado de inútiles que debido a su torpeza congénita nos llevan de un mal a otro, sobre todo porque el objetivo principal, y en muchos casos único, radica en hacer lo que sea para mantenerse en el poder el mayor número de años, engordando aún más si cabe sus cuentas personales.

La democracia sin información no tiene sentido ya que el hecho de votar no te hace democrático. Eres democrático cuando conoces tus opciones, analizas los resultados y decides a quién dar tu voto. Aún más, eres realmente democrático cuando exiges a tus gobernantes que cumplan con aquello que prometieron en sus propuestas. Si esto último no se cumple, me parece obvio que esos dirigentes han perdido completamente su legitimidad.

A menudo suelo decir, que no creo en la maldad inteligente de los políticos, esa que tantas veces escuchamos sobre planes urdidos de forma sibilina durante décadas para tomar el poder de la población. Pero tengo la más absoluta convicción de que la calaña que nos gobierna hará lo que sea para beneficiarse de todo aquello que suceda. En resumen, no les creo capaces de planificar un desastre global hasta sus últimos detalles, pero tengo completa seguridad de que si acontece una catástrofe mundial, antes analizaran sus opciones de mejora personal, que las posibles soluciones a dicho problema. No entraré en detalles pero tengo experiencia que me ratifica en esta opinión.

¿Y cómo recuperamos el don de la palabra correcta?

No lo tengo claro, pero se me ocurre alguna medida profiláctica: quita el corrector al móvil y deja que la gente a la que escribes te corrija. Pronto aprenderás a escribir mejor y comprobarás el nivel de quienes te leen (que te hará sentir menos raro), ganando en tolerancia (sobre todo propia) y reduciendo los malos entendidos en tus conversaciones.

Ah…, y por favor, si de verdad quieres saber algo, no le preguntes a una IA; busca las fuentes, lee, investiga, pregunta, cuestiona… Sólo así sabrás que has logrado resolver tus dudas.

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