Diciembre. Hace frío. Aún no ha caído la nieve. Raro. El cielo tiene ese azul tan intenso que deja maravillado a todo aquél que lo contempla. Y cuando llega la noche y todas la estrellas del Universo se encienden… Es un espectáculo que nunca defrauda.

– Abuelito, cuéntame más.

Aún es temprano para irse a dormir.

– No, tendrás pesadillas y…

Diciembre. El anciano sí que tiene miedo. El único mes del año en el que dormir es un lujo, el pánico se apoderaba de él pero no permitiría que su nieto lo viera así.

– Joooo -imprimiendo en su voz toda la lástima que podía manifestar- abuelooooo…

Algún día tendrá que saber la verdad, pero era tan joven…

– Te cuento si me prometes…

– ¡Sí, lo prometo! -respondió presuroso e incluso con algo de solemnidad.

– ¡Pero déjame acabar muchacho! -Alzó el tono, lo observó desde su estatura y enseguida lo rebajó; un halo de tristeza cruzó su semblante-, si me prometes que… Bueno, da igual…

El joven era bastante avispado para su edad y se dio cuenta enseguida de que algo no iba bien.

– Abuelo ¿te encuentras bien?

– Ya voy teniendo una edad y… todo esto pesa; tú aún eres muy joven.

El viento arrecia.

– De mayor quiero ser como tú: alto, fuerte…

– Y lo serás, no te preocupes. Has de pórtate bien y… “Espero de todo corazón que llegues a cumplir mis años”.

Pero eso no podía decirlo en voz alta. Se quedó varado en sus pensamientos. De repente notó un tirón.

– Sigue con la historia, por favor, abuelo.

¡Por la Santa Madre Naturaleza! Sí que era insistente la criatura.

– Está bien. ¿No tienes frío? Este viento viene del Norte y…

– No abuelo, estoy bien.

Y continuó.

– Siempre aparecen por estas fechas y nunca vienen solos.

– ¿No podemos luchar contra ellos?

– Rotundamente no, hijo.

– Pero algo habrá que…

– A lo largo de estos últimos tiempos se ha intentado de todo, pero a pesar de nuestra fuerza, de nuestra inteligencia, de nuestra altura… no hemos conseguido vencerlos… Ojalá algún día…

Cerró los ojos. Por su cabeza desfilaron todos los parientes y amigos que ya no están. Desaparecidos. Los gritos de súplica, de agonía, de dolor… no hacían mella en la compasión de esos seres. Carecían de alma. Los lamentos duraban un tiempo y luego enmudecían, caían, desaparecían… No volvían a verlos. Aquellos seres se los llevaban arrastras; alguno incluso seguía con un pequeño hilo de vida mientras era llevado hacia no sabían dónde. Siempre por estas fechas. Por eso tenía que contarle a su nieto todo lo que sabía, que no era mucho…  Era su deber protegerlo.

– ¿Abuelo?

– Perdona… ¿Por dónde iba?

– Ibas a contarme cómo luchar contra ellos…

– Hijo, lo único que podemos hacer es quedarnos quietos para sufrir lo menos posible.

– Pero…

– ¡Chist! ¡Calla!… Creo que he oído algo…

Ambos permanecieron en silencio. El adulto rogó por el joven, intentó cubrirlo con su cuerpo para que no notaran su presencia. Esos malditos seres eran los causantes de tanto dolor y sufrimiento. En cambio el nieto quería ver con sus propios ojos, quería comprobar si eran tan fieros, tan crueles como los pintan y, sobre todo… quería saber por qué. Afortunadamente fue una falsa alarma. El abuelo respiró tranquilo.

– Menos mal, no eran ellos…

– Abuelo ¿por qué nos matan? ¿Qué les hemos hecho?

– Ojalá lo supiera…

Y siguió con su historia.

La noche llegó como no queriendo molestar. El viento participó yéndose a otro lugar. Calma. Ningún sonido. Solo la voz del abuelo terminando su narración. Miró al cielo. No hay estrellas, eso significa que…

– ¡Abuelo! ¡Está nevando!

– Venga, a dormir, no deberías estar despierto a estas horas.

Cuando el nieto cerró los ojos, él se permitió un momento de relajación. Diciembre. Nieva. El mes mas bonito del año y el mas aterrador a la vez. Sin darse cuenta comenzó a roncar.

No muy lejos de allí…

– ¿Estás seguro?

– Segurísimo. Nadie nos verá, no te preocupes.

– No sé yo… con esta nieve…

– Busca alguno que te guste y nos iremos enseguida.

Las pisadas crujen sobre el manto blanco. Hace mucho frío. Quiere irse a casa cuanto antes, pegarse a la chimenea y que no le mueva nadie en todo el invierno. Pero ahí estaban… buscando algo con que alegrar la navidad.

El abuelo se despertó bruscamente. Sus sentidos en alerta, no hay error: han llegado. Miró a su nieto que seguía dormido como si el mundo no se fuera a acabar esa noche. Un búho pasó rozándolo. Un zorro alzó las orejas y corrió en dirección contraria. A esas horas solo se oían los pasos de los seres.

– Mira, ¿qué te parece este?

– No sé… demasiado alto… Sigamos buscando.

El abuelo intentó quedarse lo mas quieto posible, nunca los había tenido tan cerca, a excepción de aquella vez… Hace ya tanto tiempo de eso. Él tendría más o menos la edad de su nieto. Contrariamente a lo habitual, los seres llegaron en pleno día. Y eran muchos. Uno por uno los fueron tocando, eligiendo cuál matar y cuál dejar vivo para más adelante. Así eran ellos. Y se toparon con él. Enmudeció al instante. Se quedó paralizado.

¿Iba a morir tan joven? No. Ellos decidieron dejarlo en paz ya que apreciaron una rara enfermedad que invadía sus venas. Había crecido alto y fuerte, sí pero para ellos no era válido. Despertó de la ensoñación deseando que su nieto tuviera esa misma afección. No le quería causar ningún mal, era la única manera de que salvara la vida.

Llegaron. Lo tocaron. Decidieron.

– Este será perfecto.

– Tienes razón, venga.

Primer hachazo. El grito de dolor de su nieto se oyó a través de todo el bosque. El abuelo intentó cargar con ellos. No pudo. Lo estaban matando allí mismo, delante de sus ojos.

– ¡Cogedme a mí! -gritó-. Es muy joven para morir, por favor…

Los seres no tenían oídos para sus súplicas. Terminaron. Lo envolvieron con cuerdas y se lo llevaron arrastras. Muerto.

– ¡Hemos elegido un árbol precioso para las fiestas de este año!


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