Hay un cambio silencioso en la vida de los jóvenes. No es una tendencia sociológica ni un asunto de gustos generacionales. Se nota en la calle y en los hábitos. Los datos están ahí: se sale menos, se consume menos ocio, se aplazan los proyectos de vida y se vive con una prudencia económica desmedida. El bar ya no es un lugar de encuentro habitual y no se trata de una repentina afición el estar en casa. Se trata de dinero.
Leyendo el último libro publicado de la periodista Ana Samboal, El final de la clase media, he podido comprobar que se define a la perfección como la idea de que cada generación vivirá mejor que la anterior ya ha quedado atrás. Ahora los jóvenes viven peor en relación a sus padres. Y no estamos ante un malestar puntual: estamos ante un fallo de todo un sistema.
Cuando gastar se convierte en una decisión
Durante décadas, el consumo cotidiano ha venido funcionando como un termómetro de estabilidad. Salir a cenar, a tomar una copa con los amigos, pagar la suscripción de un gimnasio o renovar un dispositivo no eran lujos: eran parte de esa vida media. Sin embargo, desde hace algunos años, y me atrevería a decir desde la pandemia, incluso antes, los jóvenes se han convertido en esa generación olvidada. Cada vez es más complicado sobrevivir en un país donde no se están tomando buenas decisiones en cuanto a salarios, vivienda o alquileres.
La mayoría de los jóvenes tienen que pensar mucho a qué dedican cada euro que sale de su sueldo. Y eso, con la suerte de tener un trabajo que les ayude a salir del paso.
Vivienda: el freno del ascensor social
En el centro del problema que afecta a los jóvenes hay una palabra que se repite con frecuencia: vivienda. Comprar una vivienda, para la mayoría de los jóvenes, es un objetivo inalcanzable. Pero lo más grave es que ni siquiera alquilar garantiza estabilidad.
El alquiler se ha convertido en una de las principales fuentes de vulnerabilidad económica. Quien destina una parte desproporcionada de su sueldo a pagar ciertos alquileres, queda atrapado en un callejón sin salida. Los jóvenes cuando alquilan una vivienda, y en algunos casos solo pueden permitirse una habitación, están destinados a no poder ahorrar para su futuro. Y muchos de estos jóvenes no pueden tener acceso a esos alquileres, obligándoles a permanecer en casa de sus padres, incluso habiendo superado la treintena. ¿Hasta dónde vamos a llegar?
Y es que, un país en el que la vivienda asfixia a los jóvenes, no solo produce frustración, sino también frena la innovación. En términos de productividad, el impacto es enorme: cuando la prioridad es encontrar dónde vivir, todo lo demás queda en un segundo plano.
Sueldos bajos, títulos caros y poco futuro
Hay otro gran problema que viene preocupando a los jóvenes: el trabajo. Durante años se nos vendió la idea de que estudiar una carrera o un máster era el camino seguro. Pero nada más lejos de la realidad. Ya esto no funciona así. Hay jóvenes muy bien preparados, con expedientes brillantes, una mente privilegiada que se han encontrado con falta de empleo, sueldos bajos, temporalidad y horas extras invisibles.
La meritocracia se ha convertido en una especie de chiste triste. El esfuerzo sigue existiendo, incluso se ha multiplicado, pero no se traduce en seguridad, Y sin seguridad, no hay clase media. La clase media no es una identidad estética: es estabilidad, posibilidad de ahorrar, previsión, continuidad. En 2026 esto no existe.
La generación que ya no espera nada
Por eso, el dato cultural de que “ya no salen” no es anecdótico. Es un indicador. Es la evidencia de que algo está dejando de funcionar. Y lo peligroso de todo eso es que se está normalizando. Si una generación aprende a pedir menos, a esperar menos, a vivir con lo mínimo, el país pierde vitalidad. Pierde natalidad. Pierde consumo. Pierde confianza. Y, con ello, pierde capacidad de futuro.
Y la solución a todo esto no es culpabilizar a los jóvenes, que ya demasiado tienen. Lo que hay que hacer es recomponer la estructura del sistema. Vivienda accesible, salarios dignos, trayectorias laborales estables, incentivos que permitan proyectos vitales. Si el país quiere retener talento e impulsar innovación, necesita que la vida adulta deje de ser una carrera de obstáculos.
Porque el problema no es que los jóvenes no vayan a los bares. El problema es lo que eso significa: una generación que calcula antes de vivir. Y un país que obliga a la gente joven a sobrevivir está hipotecando su futuro de manera más seria que cualquier crisis puntual.
